Repost: Amor entre dientes

Hoy vamos con un formato especial. Para esta ocasión voy a rescatar una antigua historia de Los viejos tiempos de ESDLV titulada “Amor entre dientes”. Es el relato de una visita al dentista cuando vivía en Alemania que, por algún extraño motivo, no se encuentra recogido en El Diario Teutón. Lo que no recuerdo es si la incluí en la colección de ESDLV: The greatest hits. De cualquier modo, como viene al caso, la incluiré al final de la columna de hoy.

La estuve releyendo ayer, esa historia de “Amor entre dientes”. Recordaba haberla leído hace unos años, en un periodo en que me dio por releer cosas antiguas que había escrito y poder disfrutarlas con la distancia y la perspectiva. Y la encontré muy divertida, tan divertida que me saltaron las lágrimas. Hubo también otra historia con la que me reí hasta llorar, la de “Entrevista con el vampiro”, en la que detallaba una entrevista que había tenido con mi jefe de entonces, el payo Pork. No es un sobrenombre muy apreciativo. Debo reconocer que no era fácil ser mi jefe, sino más bien difícil. Me pregunto cuánto más fácil es ahora.

Yo estaba muy perdido, la verdad. Desde entonces, me he encontrado, al menos en gran medida. Y me encontré hecho un Cristo. Pobre Javier. Me encontré en un estado… ¿deleznable? ¿devastado? ¿desesperado? Afortunadamente, llevo ya mucho de este camino de reconstrucción ya recorrido y lo peor ya quedó atrás.

Ayer lo pasé genial. Comimos en una terraza y fue la primera experiencia terracera de Lucas. La segunda vez que comemos en una terraza desde hace año y medio que empezó la pandemia. Como suele ocurrir cada vez que vuelvo a hacer algo que hace tiempo que no hago, noto la diferencia en cómo me siento, y la diferencia fue muy grande.

Disfruté, a pesar del día frío (17 grados) y del cielo amenazando lluvia, como un enano de mi Weissbier y mi Schnitzel con patatas. Y por cierto, un rato antes me encontré un billete de cinco euros por la calle. Es la primera vez en mi vida en que me encuentro dinero por la calle. Debe de ser una señal de prosperidad. Eso sí, terminando la comida, pasó un pobre hombre gordo como una morsa caminando penosamente con muletas y nos pidió dinero señalando lo que parecía una gasa que cubría una herida en su enorme panza, así que, metí la mano en el bolsillo, y le di los cinco euros. Mira, se sintió apropiado, y de la misma manera en que los cinco euros vinieron, se fueron. Aunque la verdad es que no fue de la misma manera sino que fue de una manera diferente. Pero eso da igual ahora.

Y me sentía bastante bien. Digamos que mejor, porque en un proceso de sanación continuo más vale expresar el estado interno en términos relativos al pasado. Hace un par de días estuve jodido, como mencioné, y por la tarde estuve llorando y desahogándome de nuevo. Tras ello me entraron los huesos un poco más en el sitio y me sentí todavía un poco más aliviado. E hice de buena gana cosas que, anteriormente, hubiera hecho a regañadientes, como caminar varias manzanas llevando carpetas y un monitor del trabajo de Daniela hasta el coche en dos viajes para tenerlo todo listo para hoy, de muy buena mañana, desayunar y partir los tres para dejar estas cosas en su oficina y dejar a Daniela y a Lucas en casa de una amiga para después volver conduciendo hasta a casa. Esta tarde, en algún momento, me llamará y tendré que coger el coche para cruzar medio Múnich para recogerles y traerles de vuelta, y lo voy a hacer con gusto, porque estoy encantado de sentirme lo suficientemente bien como para hacerlo de buena gana.

En la casa del bosque de mis suegros hay un poco de todo por las paredes, pero me fijé en uno de esos pequeños azulejos con una inscripción que venía a decir, en lengua bárbara bávara, algo así como:

“No hay mayor alegría que trabajar para los seres que amas”

Y bueno, mientras aprendo a amar a cada vez más seres, empiezo por los que me resulta más fácil.

Al margen de esto, dar las gracias a Julia, a Manuel y a Ed por sus comentarios en la columna de ayer: “La ametralladora de sapos“. ¿Lo he dicho antes alguna vez? Una de mis motivaciones a la hora de escribir estas entradas es leer vuestros comentarios y, a menudo, a lo largo del día, saco el móvil del bolsillo para ver si habéis escrito algo. Esa es la razón por la que el bloque de comentarios está tan arriba, para poder ver rápidamente si hay novedad al cargar la página. Y aunque a veces he leído los comentarios con miedo (ostras, a ver qué dice), en general los espero con ilusión y los agradezco mucho, así que gracias en especial por los de ayer pues, en este momento en el que me siento tan vulnerable, a la espera de la visita de mañana al dentista, de algún modo me siento más animado y acompañado en este proceso.

Y es que mañana tengo la visita, a las 10:15 de la mañana. Caminaré hasta la Ostbahnhoff, tomaré el bus número 54 hasta la Giselastrasse en media hora de viaje y me sentaré en la butaca del dentista para tener la boca abierta durante media hora y media mientras la mujer me abre las encías con un escalpelo. Menudo planazo. Pero oye, hay que hacerlo. Del otro lado de esto estaré mucho mejor. Y este sapo se siente como un Boss de final de fase. Vendrán otros, claro, pero este me sirve para darme cuenta de lo mucho que he recorrido en los últimos meses, desde que empecé a liquidar sapos y, con cada uno, me fui creciendo. Ojalá que mi relato os anime a comenzar a liquidar vuestros sapos y superar vuestros miedos y empezar a forjar la valentía.

Y lo voy a dejar aquí. Ignoro si mañana estaré de humor para sentarme y escribir o si podré dedicarle algún tiempo a la actividad, así que hoy os voy a dejar con esta especie de entrada doble recordando esta historia de dentistas y rendición: “Amor entre dientes“.


Amor entre dientes

Enviado por GonzoTBA en Vie, 23/12/2005 – 21:39

Estaba en el dentista y aquella era una de las sesiones más desagradables que podía recordar. Llevaba casi una hora de reloj con la boca abierta. Por allí habían circulado artilugios de todas las formas y colores. En menos de noventa minutos tenía que estar tomando el tren, y todavía tenía que pasar por casa a hacer una pelota de calzoncillos y meterla en la maleta. Pero todo me daba igual. Se me cerraban los ojos.

La noche anterior me había quedado despierto hasta tarde bebiendo más vino del que debía y ahora, medio dormido en aquel potro de tortura, un tío calvo y con bigote me hurgaba los dientes. Pero me daba igual.

Estaba completamente fundido. Se me ocurrió pensar que la vida se observa mucho mejor desde el sopor. El cansancio es una espesa niebla que amortigua el ruido de la vida diaria. Desde el cansancio, sólo las cosas importantes son realmente importantes. El resto son eso, cosas.

A veces, sin que venga a cuento, sin estar en un entierro o en la sala de un hospital, se saborea esa sensación de saber discernir entre lo especial y lo trivial. Son pequeños momentos que apenas duran pero que, por unos minutos, te ponen en paz con el mundo y contigo mismo. Luego desaparecen igual que llegaron.

Ella me llamó desde la sala de espera. Yo tenía los ojos cerrados y la cabeza recostada contra la pared. Me incorporé, sonreí y me levanté.

Era más o menos como la recordaba: delgada, con el pelo rizado, la nariz respingona, los labios de fresa y un aire atractivo moviéndose en aquella túnica blanca. Debía de tener unos veintipocos. Me pregunté por qué solamente la había visto una vez. Probablemente ella trabajaba por las tardes, y yo siempre tenía tortura a primera hora de la mañana.

Me colocó el babero y supe que lo iba a pasar mal. No me equivoqué. Después de cuatro años de ortodoncia uno aprende algunas cosas. Me colgó del labio inferior el tubo aspirador de babas como quien deja un paraguas en un recibidor y tomó la fresa.

En los países avanzados no existen los aparatos que se llevan por la noche cuando termina el tratamiento ortodóncico, sino que te pegan un hierro a la parte interior de los dientes que hace que se mantengan en su sitio. Algo así era lo que me estaba sucediento a mí, sólo que aquello no era ni mucho menos el término del tratamiento ortodóncico.

La operación exige atención y buen pulso, y además hay que estar cerca de los dientes que se fresan, así que llegó un momento en el que nuestras bocas estaban a escasos centímetros de distancia. Podía sentir su aliento sobre mí.

En otras ocasiones hubiera temblado como un flan. Hubiera sudado como un cerdo. Hubiera tenido escalofríos en la espalda y hubiera sentido vergüenza propia y ajena. Tenía dos rollitos de algodón separándome los labios de las encías y un tubo de color rojo que me sorbía las babas colgando del labio inferior, y el tubo ni siquiera hacía bien su trabajo. Hubiera podido desear que se abriera el suelo de la consulta y me tragara, pero, con el aplomo y la tranquilidad de quien se sabe en la cresta de la ola, cerré los ojos y pensé: “Bésame, nena”.

Al minuto vino el calvo y me metió un enorme trozo de goma en la boca. Lo empujó hasta el fondo y me dijo que lo mordiera con fuerza. Siempre había querido hacer un trío, pero desde luego aquello estaba a mil kilómetros del peor escenario posible. El doctor Zoidberg se reclinó sobre mí. Nuestras bocas quedaron a escasos centímetros de distancia. Podía sentir su aliento sobre mí.

El trozo de plástico me empujaba la lengua contra la campaneta y me hacía cosquillas en el paladar. Al poco tiempo apenas podía respirar. Por lo menos, sobre el hombro del calvo, podía ver el rostro de mi amada siguiendo la operación atentamente. La miré y ella se ruborizó y miró a otra parte. Quizá podría pedirle el teléfono o preguntarle a qué hora salía. Se notaba que allí había química.

El sistema parasimpático es aquel que controla todos los mecanismos fundamentales para la supervivencia del cuerpo humano. Regula la tensión arterial, la temperatura corporal, mantiene el corazón latiendo y, en general, lleva a cabo una serie de funciones básicas para la vida de manera totalmente involuntaria.

El trozo de plástico se precipitó finalmente sobre la campaneta activando los mecanismos de supervivencia. Empecé a hacer ruidos extraños con la garganta y en menos de quince segundos el ojo derecho empezó a llorar. Una enorme lágrima rodó por mi mejilla y terminó desintegrándose en su camino por el cuello. Mis manos agarraban con fuerza los bordes del sillón. Aquella era, de nuevo, una de esas ocasiones en las que uno se ve despojado de toda su dignidad.

El doctor Zoidberg me preguntó si me molestaba el trozo de plástico que me estaba impidiendo respirar. Le dije que no se preocupara, que yo lloraba incluso viendo Bambi. Me dijo que se daría prisa. Pasaron unos quince minutos hasta que terminó de darse prisa.

Quién sabe, quizá mi amada estomatóloga todavía me encuentre atractivo de alguna retorcida manera. La fase uno es pasarme al horario de tarde. De todas maneras, por mucho que quiera engañarme, las ocho y media de la mañana tampoco es “a primera hora de la mañana”.

#amor#apreciación#aprendizaje#dentista#dientes#rendición

Contribuciones:

  1. Adrián - 15 de julio de 2021 @ 15:21

    Curioso que en ambas historias hay algo que tal como vino se fue, en una son 5 euros y en la otra momentos.

    ¡Ánimo con esos sapos dentales!

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