Superación y algo más (II/II)

Yo era más alto que aquel tipo, pero aquel tipo saltaba como un gamo y tenía una buena técnica. Tenía unas piernas como columnas del Partenón y estaba más desarrollado que yo además de contar con mejor material. Consistentemente, superaba el listón una y otra vez. Yo saltaba por la derecha y él saltaba por la izquierda, lo que parecía aumentar la competitividad y plasticidad del asunto. Empecé a temer que el tipo se llevara la prueba y, además, yo perdiera la apuesta, por bocazas y fanfarrón. Me estaba pero que muy bien empleado. Pero yo no me iba a rendir así como así.

Hacía tiempo que yo no practica el salto de altura, no recuerdo por qué, pero pronto llegamos a la que era mi marca personal. La superé. Después nos fuimos poniendo de acuerdo en cuánto subíamos el listón cada vez. Tras varias entradas más, llegamos al 1.80m.

Un metro ochenta es una cifra mítica. Ten en cuenta que yo tenía catorce años y medía alrededor de un metro setenta. El listón me quedaba por encima de la cabeza.

Me acercaba, lo miraba y tenía que mirar hacia arriba. Era surrealista. Parecía sencillamente imposible pasar por encima de aquel listón, un listón que se sostenía esbelto en el aire formando un muro invisible. Era como saltar por encima de una pared. Era ciertamente irreal siquiera pensar que algo así fuera posible. Sí, había visto a los atletas pasar por encima de los dos metros en la tele durante las olimpiadas, pero desde luego saltar por encima de mí mismo no era algo que fuera realista para mí. Pero allí estábamos los dos. Tal vez el otro se estaba preguntando: “¿De dónde ha salido este mocoso?”.

Hizo su primer intento sobre el uno ochenta y tiró el listón. Luego hice yo lo propio.

Cuando tiras el listón en el primer intento, no pasa nada. Tienes todavía uno más en el que ni siquiera así pasa algo, pues tienes un tercero. Te relajas, te das cuenta de lo que has hecho mal y te reajustas para el siguiente intento.

Hizo su segundo intento y volvió a tirar el listón. Yo hice lo propio.

Cuando tiras el listón en el segundo intento, buf. Eso es otra cosa. Sólo te queda un intento. Las oportunidades pasan rápido en el salto de altura y, cuando te das cuenta, te enfrentas al último y definitivo intento. La presión es enorme. Sólo te queda una posibilidad más, y quién sabe cuándo volverás a tener una oportunidad así.

Hizo su tercer intento. Tiró el listón.

Qué alivio. Ahora todo dependía de mí.

Yo no sé cuánta gente había allí, pero todos me miraban. La tensión se podía cortar y el silencio era demoledor. Me fui a mi marca, miré la pared invisible y me vi corriendo hasta ella y superándola. Entonces tomé una inspiración y empecé a trotar.

Troté y troté y troté, rítmicamente, dando los pasos como si tuviera muelles en vez de piernas, trazando la curva de la manera más natural para llegar a ese punto imaginario en el suelo, lo bastante cerca del listón como para saltar por encima pero lo bastante lejos como para tener el espacio suficiente como para hacer la maniobra adecuada que me permitiera superarlo. Entonces, cuando fui a tomar impulso con el último paso, alguien tosió estruendosamente.

Era uno de los murcianos, el rubito de gafas. No estaba dispuesto a perder la libra que había apostado y había decidido jugar sucio, tosiendo con estruendo mientras yo intentaba superar el listón.

Sobresaltado, tiré el listón. No sé si lo hubiera superado sin aquel susto, pero con él no lo hice.

Me incorporé sobre la colchoneta y levanté las manos quejándome. Aquel centenar de caras se volvió sobre el murciano rubio, que se hizo tan pequeño como pudo. La mujer que hacía de juez de la prueba, con el ceño fruncido y un enfado evidente, me hizo saber que me otorgaba un nuevo intento. Aliviado, volví a mi marca.

Repetí el proceso, rítmicamente, y salté de nuevo sobre el listón. No recuerdo si lo rocé o si salté limpiamente. Me gustaría decir que lo rocé, que lo rocé y se quedó vibrando, ondulando sobre los sostenes a ambos extremos del mismo; pero la verdad es que no lo recuerdo.

Lo que sí recuerdo es la sensación… Sí, se quedó ondulando. Ahora lo recuerdo.

Recuerdo caer sobre mi espalda sobre la colchoneta, levantar la vista y ver el listón sacudiéndose sobre sus extremos pero todavía en su sitio.

Rápidamente, di un salto y bajé de la colchoneta. El intento era válido.

Había saltado por encima de un metro ochenta. Había saltado, con creces por encima de mi altura. Había saltado por encima de mí mismo. En todos los sentidos, me había superado a mí mismo.

La gente aplaudió como loca. El murciano rubito mordió el polvo y pagó su apuesta. Mi contrincante me felicitó. Vaya momentazo. Estaba pletórico.

Fue un momento increíble, uno de esos momentos que he recordado algunas veces pero que hoy, en el grupo de estabilización, se hizo presente de nuevo. Me preguntaba qué tipo de historia era y es, evidentemente, una historia de superación. Pero eso es obvio.

Había algo más que no podía identificar. Tal vez “incredibilidad”, me dije en un intento de expresarlo. Esa sensación de “es imposible”, “no puede ser”, “no me lo puedo creer”. He saltado por encima de mí mismo.

No puede ser. Es imposible.

Pero lo había hecho. Era un hecho. Lo había conseguido. Había saltado por encima de mi propia altura. Había llegado más lejos de lo que podía creer. Mi desempeño había superado lo imposible, y eso era todavía más importante para mí que ganar aquella prueba y aquella apuesta.

Había conseguido algo asombroso.

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Respuestas

  1. Jose - 20 de julio de 2020 @ 11:20

    ¡Joder has vuelto a escribir en este dominio! ¡Y qué bien escribes! Felicidades y gracias por compartir.

    • Javier - 20 de julio de 2020 @ 12:18

      ¡Hola Jose! ¡Caray, gracias! Gracias, un placer 🙂

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