Las páginas matutinas

Hace unos años comencé a escribir las páginas matutinas. Las Páginas Matutinas, así, en mayúsculas, las escribía. Tanta era la reverencia que les tenía.

Alguien me hizo llegar un libro.

Era un pdf. “El camino del artista”, se llamaba. No recuerdo quién me lo envió, tal vez fuera aquella mujer que leyó El Sentido de la Vida durante algunos años… No. ¿Quién fue? En fin, al bollo.

Era un libro contra el bloqueo artístico. Al parecer era algo común entre los artistas, en particular entre los escritores, en algún momento atravesar alguna crisis creativa. Yo debía de estar por allí, por aquellos parajes de bloqueo.

Estaba bloqueado a varios niveles diferentes. En mi cabeza, en mi cuerpo, en… ¿cuántos otros niveles tengo? Supongo que muchos.

El caso es que uno de los ejercicios que proponía el libro era el llamado “Las páginas matutinas”. Consistía en escribir tres páginas cada día, lloviera o tronara. Le pesara a quien le pesara. Tres páginas cada día.

El primer día fue como levantar una losa. Tres páginas. Buf. Veía las líneas aparecer arrastrándose sobre el papel. El siguiente día no fue mejor. Pero perseveré.

A menudo, en la vida, no hay más que perseverar. Ese es el secreto. Trabajo duro. No es un gran secreto tampoco. Si lo quieres, tienes que ir a por ello; lo tienes que hacer.

Yo lo hice. No entendía muy bien por qué. Tenía que hacerlo. Me sentaba bien. Era agradable estar allí sentado picando las teclas y viendo aparecer las palabras bajo el cursor. Era como coger mi cabeza y tirar de la cadena.

Tres páginas eran algo más de mil palabras, unas mil doscientas. En algún momento negocié conmigo mismo:

— Oye Javier, esto es mucha faena. ¿Durante cuánto tiempo vamos a estar haciendo esto?

— ¿Qué tal un año?

— Buf, entonces… ¿qué tal si lo dejamos en mil palabras? No son tres páginas pero casi, y son mil palabras.

— Ok, mil palabras están bien.

Así que empecé a escribir mil palabras cada día, eso estaba bien. Me lo hacía más fácil. Y mil palabras seguían siendo mil palabras. En un mes había reunido treinta mil palabras; eso es un libro breve. En tres meses tenía un libro.

Estuve haciendo aquello cada mañana durante unos nueve meses, momento en que debí dejar de necesitarlo. Fue como un parto. De alguna manera, nací a una nueva libertad.

No era fácil. Al principio resultó en un gran esfuerzo. Pero bueno, al fin y al cabo sólo escribía para mí. Daba igual lo que escribiera; sólo lo iba a leer yo. Y entonces surgía lo que el libro llamaba “El crítico interior”, esa vocecilla interior que se encargaba de sabotear la escritura.

— Hala, mira lo que has escrito — decía —. Y oye, ¿esto a quién le interesa?

— Puf, menuda mierda.

En fin, cualquiera que haya intentado alguna vez hacer algo creativo, o vivir una vida, sabe de qué le hablo.

Pero perseveré.

Poco a poco lo que el crítico interior fuera diciendo se fue haciendo cada vez más irrelevante. A veces tenía que hacer esfuerzo y empujar. A veces sólo tenía que teclear más rápido. A veces tenía que hacer de tripas corazón. Pero fui desarrollando estrategias internas que me permitían concentrarme en lo que estaba haciendo: sacar de dentro, dar a luz.

Con la práctica diaria, con el paso de las semanas, con el paso de los meses, la cosa llegó a hacerse fácil. Sólo tenía que sentarme y escribir, escuchar esa voz interior que hablaba pacientemente lo suficientemente despacio como para que yo pudiera transcribir lo que decía.

El contenido de las páginas matutinas no era gran cosa, pero era, y ahí residía su enorme valor y placer. A menudo era simplemente algo así:

“Estoy de nuevo aquí sentado, escribiendo. Miro por la ventana y hoy es un día gris. Las nubes espesas se desplazan lentamente sobre el cielo. Tal vez hoy llueva. Estoy un poco deprimido. Siento mis pies sobre el suelo mientras oigo el repiqueteo de las teclas a medida que las voy pulsando y veo las palabras aparecer una tras otra bajo el cursor a medida que éste se desplaza. Vaya día de mierda. Tengo ganas de hacerme una paja”.

Cuando lees frases como esta última comprendes cuál es la labor del censor interior. Está ahí para evitar que escribas cosas así. Está ahí para ahorrarte problemas, para ajustar quién eres a la imagen que tienes de ti, a esa idea preconcebida a la que tienes que ajustarte dolorosamente una y otra vez para complacer a alguien, tal vez simplemente para cuidar de ti. Los seres humanos somos sencillos, pero también podemos ser terriblemente complejos. Pero a pesar de todo, aprendes a darle las gracias al censor interior por cuidar de ti y decides tomar el riesgo, decides ser humano, decides conectar con los demás incluso a través de tus debilidades, de tus vulnerabilidades, de tus miserias. Y eso es muy poderoso.

Incluso hoy, mientras escribo de nuevo estas páginas matutinas, pero esta vez todavía más allá, con la intención y el coraje de publicarlas en el blog, la cosa no es muy diferente:

“Estoy aquí sentado. El sol entra por la puerta acristalada de la terraza y me calienta el lomo. Ya era hora de que hiciera sol en Múnich. Tal vez, y sólo tal vez, de verdad venga por fin el verano. Ayer dijeron que mañana llovería y haría frío otra vez. Pero el caso es que aquí estoy, sentado, en la que ha sido mi mesa de trabajo como programador en estos tiempos de coronavirus, trabajando desde casa. Y aunque ya me despidieron del trabajo, sigo usando el monitor y el ordenador que me dieron mientras espero a que alguien pase y se los lleve”.

Miro el contador de palabras: 968 Wörter. Ya casi llevo mil. No es tan difícil.

Ayer me hice un blog, otra vez. Pim pam pum y ya tenía el blog funcionando. Aún tardarán un par de días en funcionar las nuevas DNS y hacer que elsentidodelavida.net apunte a este servidor, pero este nuevo sueño ya está en marcha, y yo ya he terminado mis páginas matutinas de hoy.

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#páginas matutinas#vida

Respuestas

  1. Mario - 7 de julio de 2020 @ 10:02

    Eres un genio.

    • Javier - 7 de julio de 2020 @ 10:36

      Hombre Mario, ¡qué bueno verte por aquí! Gracias por tu comentario y por tu aprecio, pero ¿y eso?

      En cualquier caso un saludo y me alegro mucho de verte por aquí. Gracias por leer lo que escribo 🙂

  2. Mario - 7 de julio de 2020 @ 11:05

    Pues te he dicho eso porque es lo que me ha venido a la cabeza a leer lo que escribes.

    Bueno no es lo que escribes ahora solamente sino un poco por por todo lo que leído a lo largo de estos años. Siempre te he dicho que creo que tienes un talento natural para esto. Por ejemplo me fascina como puedes hacer interesantes páginas y páginas escritas acerca de lo mismo sean las páginas matutinas o el Vic Grant. Bueno quería decir el Bing Chrome. Parece que el dictado no me entiende pero creo que sabes aló que me refiero.

    Me viene a la cabeza la idea de que no es el que sino el cómo. Es una idea así como muy Happy flowers pero que creo que en el fondo resulta resulta útil.

    Y en tu caso creo que es muy claro que no es acerca de lo que Escribes sino el cómo lo escribes y lo que hay detrás de esa escritura, ese misterio, ese arte, eso de lo que no se puede hablar, no se puede explicar y tampoco enseñar.

    • Javier - 7 de julio de 2020 @ 11:15

      Te pillo. Alto y claro. Gracias por apreciar lo que hago.

      Y creo que, aunque sí es muy artístico, sí que se puede hablar de eso, se puede explicar y se puede enseñar. Yo puedo hacerlo. Gracias por hacer que me dé cuenta.

      • Mario - 7 de julio de 2020 @ 11:48

        Genial Javier, pues si crees que puedes explicar y enseñar sobre este tipo de arte creo que es Estupendo y valioso para ti.

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