Las fuerzas vivas

Hoy es miércoles, día de las fuerzas vivas. Yo qué sé; mi padre llama así a esto. El miércoles convoca a la mujer que le limpia la casa, al jardinero que le cuida el jardín, al hombre que le cuida la piscina y, en ocasiones, al que le limpia los cristales. Mientras la casa es tomada por un batallón de limpieza y mantenimiento, nosotros escapamos al Carrefour. Es el día de las fuerzas vivas.

Hoy las estoy pasando canutas. El núcleo central de retorcimiento del Big Crunch, esa zona que comprende la parte de la columna vertebral en las vértebras que pasan de cervicales a torácicas, sigue rotando sobre sí misma y enderezándose, y yo la estoy flipando.

Básicamente, explicándolo de manera sencilla, estoy pagando la hipoteca del Big Crunch.

Cuando me ocurrió en 1990 dije:

—Oiga, que a mí sentir todo esto ahora me viene muy mal. ¿No puedo esto pagarlo de aquí treinta años así, a placitos?

—Claro hombre.

—Ah, pues fenomenal.

Y me olvidé del asunto, más o menos, durante vienticinco años. Al menos me olvidé del dolor. En los últimos seis años y medio, lo que no sentí entonces, lo estoy sintiendo ahora. Y la estoy flipando.

Hoy me siento como si acabara de recibir el Big Crunch, al menos una parte. Siento un estado que es una mezcla de shock y de furia. Camino por los pasillos del Carrefour entre alelado y furioso. Agilipollado e iracundo. Siento las sensaciones en la base del cuello y los hombros como de refilón, bordeándolas. Vale, está bien que hoy me toque pagar eso, pero hoy también tengo que hacer la compra de la semana, así que a ver, y a oír y a sentir, cómo coño lo hago. Hasta ganas de vomitar tengo del malestar.

Como además el nudo en la garganta es parte central de todo esto, me cuesta un huevo hablar, y me cuesta un huevo contar lo que me ocurre. En cierto modo, escribir sí se ha convertido en mi principal forma de comunicación.

[Aquí interrumpo la columna, pues vienen mis primos a pasar el día. Reemprendo la escritura a las seis y media de la tarde].

Me quedan más de 600 palabras. Ya se han ido todos. Mi padre todavía duerme la siesta, mi primo Fito ya ha venido del trabajo. Me meto en la cocina buscando un poco de tranquilidad tras embadurnarme de repelente para mosquitos. Me pongo una cerveza de trigo. Menos mal que este reto de los tres meses publicando diariamente está llegando a su fin, porque este tipo de columnas quedan un poco raras y deslabazadas. ¿Y ahora acerca de qué escribo?

Hemos recibido noticias del hombre del taller: la batería está frita. Nos ha pedido una nueva. Ahora queda ponerla y salir a dar una vuelta breve, con cuidado porque la moto carece de seguro.

Mi padre se levanta de la siesta. ¿Qué de dónde ha salido el segundo rollo de papel de cocina? Yo qué sé. Dios, quinientas palabras; hoy las estoy sudando.

Afortunadamente estoy mejor que esta mañana.

—¿Pero dónde me tengo que poner para estar tranquilo? —grito ante la entrada en tromba simultánea de mi padre, mi hermana y mi sobrino en pelotas.

—Aquí, aquí estás bien—dicen al unísono.

Pues eso, que estoy mejor que esta mañana, afortunadamente. Como escribía unos párrafos más arriba, esta mañana las he pasado canutas.

Parte de mi ritual nocturno consiste en, cuando todos se van a dormir a eso de las diez, me quedo solo en el comedor, me tumbo en el suelo frente a la tele y me pongo vídeos irrelevantes de YouTube. Eso me permite distraerme lo suficiente como para mover vértebras sin apenas darme cuenta. Basculo adelante y atrás, estiro repetidamente del cuello de una cierta manera y enderezo las vértebras con un cierto movimiento que, en los últimos seis años largos, he repetido miles de veces. En este tiempo he pasado en el suelo calculo que unas quince mil horas. Doy las gracias a la gente, de todo corazón, que se dedica al entretenimiento y a la distracción. Aprecio su oficio. Gracias a los patrocinadores que les apoyan.

Y así estoy, cada noche, durante un par de horas, tumbado en el suelo frente al televisor. Cuando el sueño comienza a llegar, apago todo, me cepillo los dientes, me paso la seda dental y me voy a la cama.

En la cama, hago una combinación de uncrunching y dormir. Cuando me despierto, me volteo en la cama, de un lado para el otro, clavando los hombros y aprovechando mi propio peso para hacer girar el esqueleto dentro de la carne. Cada micra que le gano al Big Crunch es una micra más cerca de la victoria. A veces, después de una buena sesión de suelo y de una buena noche de retorcerme sobre el colchón, he ganado mucho: donde antes había retorcimiento entumecido, ahora puedo sentir la carne. Eso es la buena noticia. La mala noticia es lo que siento.

Hace seis años largos, antes de descubrir el Big Crunch, me percibía a mí mismo como un punto flotante en el espacio.

—Pero… pero… ¿yo qué soy? —me preguntaba.

—Soy un fenómeno espacio-temporal —me respondía. Eso tenía sentido para mí.

Es difícil vivir una vida humana siendo un fenómeno espacio-temporal, pero esa es otra historia.

A lo largo de los últimos seis años, he pasado de ser un punto flotando en el espacio a ser una abominación. De ahí, a ser un monstruo. De ser un monstruo, a recuperar, lenta, penosa y trabajosamente, mi forma humana. Que esto se pueda resumir en un par de frases es, para mí, injusto. Pero es lo que hay.

Los últimos seis años y medio han consistido, básicamente, en la transformación desde ser un punto a un ser humano. Las sensaciones que he ido recuperando por el camino han sido horribles. Cada vez que recupero un poco más de mí, es una alegría y un horror. Este horror lo he ido viviendo, gracias a Dios, en cómodos plazos. Que haya podido pagar esto como si fuera una hipoteca, eso es una maravilla. Qué sabia es la naturaleza.

Espero no haber puesto ya la foto de este túnel. Pasa por debajo de las vías del Ostbahnhof. El túnel del Big Crunch es mucho más largo y mucho más aterrador.

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#big crunch#camino#horror#recuperación#túnel

Respuestas

  1. Ed - 28 de agosto de 2020 @ 18:58

    ¿Que dice la medicina traumatológica de tu caso?.
    No hace falta que contestes públicamente, supongo que estarás harto de esta pregunta.
    La cirugía ha avanzado una barbaridad. Un familiar estuvo 40 años aguantando dolores de espalda (flexiones inverosímiles de la columna fruto de la moda de la gimnasia rítmica de los ’70) que solucionó recientemente pasando por quirófano.

    • Javier - 29 de agosto de 2020 @ 12:46

      Acabo de escribir una columna al respecto. Saldrá pasado mañana.
      Buf, cualquier cosa antes que cirugía.

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