La casa del bosque

Vengo de correr. Me levanté algo antes de las ocho, me vestí, me puse las zapatillas y salí a correr. Hoy seguimos de mini-vacaciones en la casa del bosque, ese lugar lleno de paz y tranquilidad hasta que llega la familia de Daniela en tropel. Conviene aprovechar las horas de calma antes de la tempestad.

Hoy, de nuevo, al menos por la mañana, no hace ni sol ni calor, pero sigue siendo agradable salir y correr suavemente sobre la grava, entre los árboles. Junto al campo de trigo. Pasando al lado del campo de golf. Ahí el pequeño lago que se congela en invierno.

De vuelta, Daniela todavía no se ha levantado. Permanezco unos minutos de pie mirando el amplio jardín. El verde me resulta relajante. Las ramas de los árboles está ahí, quietas, sin pedir nada, sin hacer nada. Sólo ser. Resulta verdaderamente tranquilizadora su contemplación.

Unos minutos después, cojo el portátil y me siento bajo el techo de uralita mirando al césped. El sol continúa ascendiendo tras las nubes y en ocasiones la todavía alargada sombra de los árboles aparece sobre el suelo. Tal vez me dé tiempo a escribir las páginas matutinas.

Ayer también las fallé. Mañana de compras, comida en casa de los padres de Daniela, tarde con una amiga. El breve espacio de la mañana, esa pequeña ventana de oportunidad, la pasé aprendiendo JavaScript. ¿Qué puede haber más importante que escribir las páginas matutinas? Ayer descubrí que aprender JavaScript.

Aprender un lenguaje de programación es como aprender un lenguaje humano, que es como aprender cualquier otra cosa. Lo puedes resumir en esa frase que me encanta:

“Un gramo de práctica equivale a una tonelada de teoría”

En la casa del bosque, la cobertura móvil de Internet es escasa. Tan sólo hay dos lugares en los que mi teléfono móvil puede acceder a La Red: bajo el techo de uralita y en las tumbonas junto a la pequeña piscina. Ayer llovía por la mañana, y dentro de casa carecía de conexión. Eso hizo que tuviera que escribir todo el código sin consultar en Internet. Eso hizo una diferencia importante.

Los documentos CSS que dan estilo a la página web se embeben en el fichero de HTML. Lo mismo se hace con el JavaScript. Cuando el código no se escribe directamente en el HTML sino que se pone aparte, que es lo habitual, entonces se incluye una línea para decirle al ordenador: «Aquí va el JavaScript, pero hay tanto que lo voy a poner en un fichero aparte para poder aclararme, y ese fichero es este que vas a encontrar aquí».

Básicamente esto se hace de esta manera:

<script src=»nombre_fichero.js»</script>

Esa línea la acerté.

Este punto del proceso es una de esas cosas que, normalmente, suelo hacer consultando en Internet. «¿Cómo era para incluir el JavaScript?». Breve búsqueda en Internet. «Ah, ya me acuerdo». Gracias.

Es sencillo: abres la etiqueta <script y dentro incluyes el fichero fuente con la igualdad. «src» es la abreviatura de «source», que significa fuente.

¿Pero qué pasa con el fichero de estilos? ¿Cómo se lo incluye?

Mi intento fue este:

<style src=»estilos.css»></style>

Me da hasta vergüenza, pero aprecio mi creatividad y el estar dispuesto a intentar algo.

Tuvo que venir un rato después Daniela con su teléfono móvil, y tuve que hacer una red local con el mismo para poder acceder a Internet, porque daba igual lo que hiciera que los estilos no cargaban. ¿Y así quiero hacer páginas web? Pues sí, sobre todo con una actitud de aprendizaje.

Averigüe que se hace de forma muy diferente:

<link rel=»stylesheet» href=»estilos.css»></link>

Qué diferente copiarla de algún lugar en Internet a tener que enfrentarme al reto de escribirla de cabeza. Todavía me pregunto por qué tiene este formato tan raro, pero al menos parece que ya lo he aprendido.

Así que, con estas cosas ya en marcha, hice un pequeño ejemplo para encontrar la manera de practicar lo que quiero lograr.

En mi página hay un menú de navegación. Contiene enlaces a otras páginas del sitio, como la página de contacto, la de servicios, el archivo, etc. Este menú está compuesto de elementos que, técnicamente, son elementos de una lista desordenada que han sido puestos en horizontal y despojados de los puntos que los suelen acompañar. Actualmente, con CSS, los tengo estilizados de modo que están subrayados con un color diferente cada uno. Ahora, cuando pasas por el ratón por cada uno de ellos, el subrayado desaparece y el fondo del elemento cambia de blanco al color que había en el subrayado. Es un efecto chulo.

Al principio estos elementos tenían el fondo coloreado, pero quedaba demasiado mazacote, así que opté por simplemente mostrarlos subrayados. Eso permitía darle un poco de color pero era un toque sutil y más apropiado para la parte alta de la página viniendo desde el logo.

Lo que quisiera lograr, con JavaScript, más bien como práctica que como funcionalidad, es que el color de fondo cambie progresivamente de abajo hacia arriba en el plazo de aproximadamente un segundo. Ahí entramos en el vasto territorio de las animaciones en JavaScript, lo cual es para mí territorio por explorar. De ahí lo emocionante pero retador.

Y eso es algo que tengo: me emociono con estas cosas. Me emociona investigar para encontrar la manera de explicarle al navegador lo que quiero que haga. Si ya me cuesta explicártelo a ti, imagínate encontrar las palabras exactas para explicárselo al ordenador. Primero tengo que aprender los entresijos de su propio idioma. En el fondo, igualmente se trata de comunicación.

Por lo demás, ayer le compramos un teléfono nuevo a la madre de Daniela. El suyo, algo antiguo, tenía el mal endémico de muchos teléfonos Android: el almacenamiento era tan exiguo que prácticamente había sido devorado por el propio sistema operativo. El teléfono, con algunos años a sus espaldas, funcionaba perfectamente, pero era imposible instalarle nada más. Eso también les ocurre a algunas personas con la edad, que se vuelven incapaces de aprender algo nuevo. Resistencia al aprendizaje y, por tanto, al cambio. Pero cada cual tomas sus propias decisiones.

Cada vez que voy a casa de los padres de Daniela me tratan entre algodones. Su madre me ve entrar por la puerta y me pone una cerveza de trigo. A menudo me cocina los deliciosos «Schnitzel» que tanto me gustan. Cuando nos vamos, me da chocolates. Yo soy amable, ayudo lo que puedo. Recojo platos y ayudo a poner la mesa. Pero los cacharros y la tecnología son mi sector; es lo que mejor se me da y en lo que más puedo aportar. Así que, cuando la madre de Daniela se compró una de esas pulseras deportivas y quería conectarla al teléfono móvil y no era posible porque no se podía descargar la aplicación, resolví que le regalaría un teléfono nuevo.

Más de una hora estuve poniéndolo a punto. Pero servir puede ser un placer.

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