Orgullo navideño

Quedan atrás las navidades y llegamos a esos días tontos que quedan entre navidad y fin de año, similares a esos días muertos que quedan entre fin de año y los reyes magos. Esos días en los que se trabaja pero no se trabaja y no sé sabe muy bien qué hacer ni qué clase de días son esos. Pero bueno, ya hemos superado la nochebuena y también la navidad.

Estas navidades han sido especiales para mí. Por un lado porque son las segundas navidades que paso en Alemania. Por el otro, porque son las primeras que paso en familia alemana, ya que el año pasado estuvimos Daniela y yo solos por el covid y el, en ciernes, Luqui. Por un tercer lado, han sido especiales porque las he pasado esencialmente sobrio.

Yo no sé tú que haces, pero yo soy un friki y en las reuniones sociales me pongo muy nervioso. Aunque he mejorado mucho en los últimos años, lo sigo haciendo. En la universidad, por ejemplo, para poder sobrellevar estar en una fiesta, tenía que beber hasta la inconsciencia. Me sucedió lo mismo hasta hace unos años, cuando dejé de ir a fiestas. La última resaca la tuve hace casi un lustro.

Este año, con el Luqui, fuimos conduciendo a casa de mis suegros. Son seis minutos andando, pero llovía y además llevamos bolsas con regalos y la sillita del Luqui para que pudiera sentarse a la mesa de la nochebuena. Así, me moderé mucho en lo que bebí; tanto que todo lo que bebí fue una cerveza de trigo durante la cena.

Ya es triste que utilice el verbo “beber” para referirme a beber alcohol, como si fueran sinónimos. Como si beber alcohol y beber agua fueran dos cosas igual de naturales.

En otras circunstancias, aunque quizá no, que estoy cambiando mucho en los últimos años, me hubiera puesto fino. Me hubiera emborrachado a base de bien.

Me siento muy incómodo en contextos sociales. Beber alcohol me permite sentirme mejor. Es como que todo el dolor y el malestar se hacen muy obvios en compañía y tengo que entumecerlos o transformarlos en algo más agradable que sentir. Para eso me sirvo del alcohol. ¿Haces tú lo mismo?

El caso es que este año tuve que conformarme con la cerveza de trigo, que pronto tuve en los pies, mientras el resto se ponían finos, especialmente los hombres. Así, tuve una oportunidad de experimentar desde fuera lo que, normalmente, siempre he experimentado desde dentro. Y menudo espectáculo.

Por resumirlo, creo que fui el único hombre que no dijo gilipolleces, ni cosas soeces, ni avergonzó a su mujer en toda la noche. ¿Sabes cuando tienes algo dentro que tienes sacar para sentirte bien? Joder, pues estar al otro lado recibiendo esa joyita es como “tírame tu basura que además te voy a poner buena cara”. Creía que me iban a saltar las costuras de tanto fingir sonreír. Esto ni es nuevo ni es un asunto alemán; esto lo he vivido en infinidad de reuniones sociales a lo largo de mi vida. Y algo me dice que, después de haberlo experimentado en sobriedad, algo va a cambiar en mi interior a mejor de ahora en adelante. Se me antoja muy valioso eso de ir a un sitio y comportarme agradable, amable y atentamente.

Pero la cosa no quedó ahí. Sintiéndome orgulloso por mi desempeño, me quedó rematar la faena a la mañana siguiente, lo que tuvo un enorme valor simbólico. Tras la cena de nochebuena, en la mañana de Navidad, me levanté pronto y salí a correr. Joder, me sentí el amo del mundo. Como mínimo el amo de mí mismo, que viene a ser lo mismo. ¡Qué orgulloso estaba de mí!

Al margen de esto, esta mañana he hecho una expedición al Obi, que viene a ser como un Bauhaus, para comprar cuatro tornillos acabados en gancho, con sus tacos correspondientes, para colgar el armario-espejo del baño. ¿Cuáles comprar?

Si algo aprendí estudiando ingeniería, es que es fundamental sobredimensionar las cosas.

El armario debe de pesar unos cuarenta kilos, así que he comprado un conjunto que debe de soportar unos cien kilos. Se me quedaría muy mal cuerpo si colgara el trasto y se viniera abajo el invento, así que he optado por irme por el lado de arriba.

He comprado cuatro pequeñas bestias que vienen con unos tacos de colores gris y rojo. Mis suegros me dijeron que, en el sótano, teníamos no uno ni dos sino tres taladros. Uno no tenía batería, a otro no le entraba el pedazo de broca de un centímetro (a ojo) de diámetro; así que sólo ha quedado uno. Preparativos.

La noche anterior había hecho marcas sobre un corcho con las distancias de los herrajes entre sí, y cortado un segundo corcho con la altura del armario. Con este patrón y la ayuda de un nivel, hice marcas en la pared donde haría los agujeros. Pueden ir tantas cosas mal…

Así que al volver del Obi esta mañana, me he puesto manos a la obra. He retirado todo lo que había sobre la encimera del baño, me he encaramado en una silla y ha comenzado la operación. Pedazo de agujeros. Cuatro, uno detrás de otro. ¿Es esto bastante profundo?

Terminados, he tomado un taco y he intentado meterlo en un orificio. Se ha quedado a medias. Dios, es demasiado estrecho. He tirado a sacarlo, pero por eso los tacos tienen esas formas: para que no salgan. Dios.

Alicates. Tal vez metiendo el tornillo y estirando, que lo vi en un vídeo de YouTube. Alicates. Daniela que entra en el baño, que qué tal me va.

—¡De la puta mierda! —. Mal momento ha elegido para preguntar.

Tomo el taladro y, en plan chapucero, repaso los agujeros agrandándolos a base de hacer girar el aparato dentro de cada orificio. Mis suegros sólo me dieron tres brocas y estoy con la más grande y se está demostrando que voy muy corto. Los boquetes se hacen enormes.

Pero no me he pasado; el taco entra justo. Meto el tornillo gancho. Con ayuda de los alicates y mucho esfuerzo, hago girar el tornillo dándole vueltas durante lo que se siente como una eternidad. Bien, uno menos.

Sólo queda la bestia parda, el agujero en el que se ha quedado medio taco taco dentro, al sacarlo retorciéndolo y haciéndolo puré en el proceso. Meto la broca y taladro sin piedad sobre los restos de plástico. Convierto el agujero en un boquete.

Tomo el churro de restos de taco y lo meto dentro. Meto el tornillo. Giro. Hace tracción. En el peor de los casos el conjunto aguantará 80 kilos.

Me bajo de la silla. Admiro mi obra.

No está mal. Y lo mejor, ya está hecho. Podría incluso funcionar.

Lo único que me aterra es que, con gran esfuerzo, alcemos el armario y los herrajes no encajen con los ganchos. No lo quiero ni pensar.

Ahora sólo queda encontrar a alguien que me ayude a levantar el muerto y colgarlo en la pared.

Y después de eso quedará la instalación eléctrica, como me recuerdan los cables saliendo de la pared por encima de los gruesos tornillos.

Pero bueno, hoy ya he cumplido. El baño está de nuevo montado, todo en su sitio a la espera de que Luqui despierte y pueda pasar el aspirador.

Mencionar que mañana es mi cumple, 46, y que me encantaría regalarme un Uncrunching completo, pero me temo que no voy a llegar. Me conformaría si me metería el último hueso en su sitio antes de que acabara el año. Pero en fin: las cosas están como están y también en eso puedo encontrar satisfacción.

Ya estoy ahí.

Esta mañana, nueva carrera y media hora de meditación.

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Comentarios

5 respuestas a «Orgullo navideño»

  1. Avatar de Adrián
    Adrián

    ¡Feliz cumpleaños!

  2. Avatar de manuel
    manuel

    ¡Feliz cumpleaños!

    Y felicidades por haber terminado tu bricotarea 🙂

    1. Avatar de Javier

      Gracias Manuel! Oyoyoy, qué vergüenza! No soy digno ni de MA ni de McGyver…

      1. Avatar de Manuel
        Manuel

        Jajaja, incluso a los más expertos nos toca algunas cagadas épicas. Puse todas las luces, muebles, cortinas y espejos de la casa de mi hermano sin problema. En la mía pillé en TODOS los agujeros un perfil del pladur, partí la broca o el enganche de la cortina se partió… ni hubo ninguna tarea que saliera bien a la primera….

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