Un momento robado al azar

Venimos de un largo paseo con el bebé. Por primera vez nos hemos aventurado más allá del cementerio del barrio, un extraño pero tranquilo lugar por el que pasear en calma durante estos coronatiempos. Daniela se acuesta. Lucas, todavía enfundado en su cápsula del carrito, duerme sobre el sofá. Tal vez me dé tiempo para una columna rapidita.

Mi tiempo ya no es mío; ha desaparecido. Ahora vivo en una sucesión de tareas entre urgentes e importantes que deben ser realizadas en un orden óptimo. O bien tengo que limpiar y esterilizar biberones, o vacío el lavaplatos, o pongo una lavadora, o preparo la comida, o tiendo la ropa, o preparo un biberón o… Mi vida ya no es mía: ahora es a tres. Diría que, si hubiera sabido que iba a ser así, no lo hubiera hecho… Pero sería mentir.

Eso sí, la mentira tiene sus ventajas. Tiene sus funciones.

En clase de alemán, cuando empecé a trabajar como programador y nos enviaron a hacer un curso, leímos un artículo acerca del valor de la mentira. A mí eso me sorprendió, que la mentira pudiera tener valor.

Al parecer lo hacen los animales. Los seres humanos… pues bueno; qué os voy a contar.

Pero que eso tuviera un valor.

Pero claro, me puse a pensar.

Llevo mintiéndome a mí mismo desde 1990:

—Estoy bien. Aquí no ha pasado nada. Nada que ver. Seguimos para bingo.

—Tranquilo, Javier: este es todo el dolor que hay.

—Tranquilo, Javier, que esto ya casi se ha terminado.

La de veces que me he engañado a mí mismo y lo que eso me ha permitido avanzar de diferentes maneras y a través de diferentes territorios. ¿Os ha ocurrido alguna vez?

El valor de la mentira.

Se me hace un poco raro: sentarme a escribir en este azaroso momento y ponerme a relatar acerca del valor de la mentira. Pero bueno, que sea lo que tenga que ser.

Una de las cosas que Lucas ha introducido en mi vida ha sido el azar, la improvisación, ese… no se sabe lo que va a pasar.

Puedo creer que sólo tengo que cambiarle un pañal por otro y vestirle y ya he terminado y, de pronto, zas: de su pilililla surge un chorro amarillento que le empapa la ropa. En un momento, el plan ha cambiado de arriba a abajo. Como su vestimenta.

Puedo creer que le doy el biberón, lo paseo un momento y se lo entrego a su madre y, un momento después, le entra un hipo que le dura quince minutos. Luego se pone a llorar durante media hora. Luego le oigo cagarse encima estruendosamente. Una hora después de mi creencia inicial, cuando ya me hacía en la cama plácidamente, todavía estoy cambiando un pañal y rezando para de su culo no empiece a brotar mostaza justo en ese momento en que extraigo un pañal para sustituirlo por otro.

El componente azaroso. La imprevisibilidad. Esa cosita con diferentes nombres que llevo fatal, que viene fatal a cualquiera que, como yo, se sustente en estrictas rutinas para encontrar un poco de estabilidad en el dolor y la marejada emocional.

Pero en fin… Como he oído últimamente, el bebé crece y uno crece con él. Ya puedo dar las gracias por haber superado las quinientas palabras. De lo que más me alegro es de que su madre encuentre un rato de descanso, la pobre.

Aprovechando el rato de tranquilidad, voy a seguir tirando a ver hasta adónde llego. Seguramente no me dé tiempo a volver al principio y revisar lo escrito, así que ruego se me disculpen los gazapos y las inconsistencias.

Con los bebés es como con cualquier otra cosa: cuando estás de buen humor son un primor. Cuando estás de mal humor… Bueno, no lo son.

Yo me he dado cuenta de que oscilo entre dos extremos.

Me refiero a esos momentos en los que son las dos de la mañana y me quiero ir a dormir, desplomarme sobre la cama, más que cualquier otra cosa en el mundo. El bebé llora y llora y llora sin parar, alternando entre el sonido de “se acaba el mundo” y el sonido de “alien alcanzado por un lanzallamas”. Me he descubierto hasta en dos extremos diferentes:

Actitud 1: Este bebé es un ser malévolo que me quiere robar el tiempo, las cosas que disfruto y, en última instancia, el sueño mismo.

Actitud 2: Este bebé es una pobre criaturita que hay que ver lo que está sufriendo el pobre.

Básicamente, depende del agotamiento, pero ahora que me he dado cuenta de esto me he puesto a cultivar la actitud número dos. Empatía, compasión… piedad incluso. Por ahí va la cosa.

Y podría contar y contar, pero voy a dedicar un momento de mi suerte a releer la entrada desde el principio y a darle consistencia y os dejo con la pregunta, para aquellos que tenéis o habéis tenido bebés:

¿Sabéis a qué me refiero con el sonido de “alien alcanzado por un lanzallamas”?

¿Sabíais que un estudio de alguna prestigiosa universidad norteamericana concluyó que el sonido más desagradable del mundo es el llanto de un bebé?

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#alien#azar#bebé#paciencia#sonido

Respuestas

  1. Juanda - 24 de febrero de 2021 @ 09:52

    Mi respuestas son:
    1) Sí, me parece una buena descripción.
    2) No, pero me creo que sea así. Supongo que va en los genes.

    Mucho ánimo. La buena noticia es que son cosas temporales. La mala es que surgirán otras.

    Yo también diría que, de haberlo sabido, yo tampoco lo habría hecho. Pero también estaría mintiendo. Muy buena esa reflexión.

    Saludos.

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