Todavía mil palabras más

Llamé a la columna anterior “Mil palabras más”. ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Sólo tengo que poner un título. Esta se llama “Todavía mil palabras más”.

Mil palabras. Eso lo hace asequible. Eso hace el problema lo suficientemente pequeño como para ser abordado, para hacerlo con gusto. Sólo tengo que escribir hasta que el contador señale mil palabras. Luego corto; bajo la manivela y sale el churro. Haría una metáfora de mal gusto, pero lo estoy dejando.

También dejé de fumar. También dejé de hacerme daño de otras maneras. Ahora incluso medito por las mañanas. Diez minutos, pero es un buen tiempo empleado.

Encontrar un nuevo empleo. Buf.

Dos semanas. Dame dos semanas de pausa. Llevo año y medio arrastrándome por el fango de una pequeña empresa con la lengua fuera, con el corazón en la boca. Resolviendo tickets como si desactivara bombas. Si no fuera porque tengo una capacidad enorme para soportar la tensión, ya estaría muerto. A veces me sorprende estar vivo, pero lo estoy.

Ayer volví a la consulta de la terapeuta después de dos o tres meses de terapia a distancia por videoconferencia. Sí, voy a terapia.

— Pero, ¿la terapia la das tú o la recibes? — preguntaba el padre de Daniela.

Sí, comprendo que la línea se puede hacer difusa a veces.

Pero la recibo.

La di antes. Hace unos años, cuando aprendí Programación Neuro-Lingüística e hipnosis y empecé a salir del agujero. Estaba tan feliz que quería compartir aquello y me abrí mi propia consulta. Fue algo esperpéntico, pero funcionó. Pero a medida que fui avanzando en el proceso me di cuenta de que lo mío no se trataba de tirar un tabique y cambiar el váter de lugar: era más bien como levantar la Sagrada Familia. Así que tuve que dejar de alquilar la apisonadora y la hormigonera y ponerlas a trabajar para mí. Dejé de hacer terapia a resistirme a recibirla.

No sé, yo me lo podía manejar. Aquello era una bola de mierda radiactiva, pero yo la tenía bajo control. Mientras estuviera solo, aquello funcionaba.

Pero yo ya no estaba solo. Ahora vivía con Daniela en un pequeño apartamento de una habitación. Yo estaba errático y malhumorado. A veces hacíamos yoga y yo me ponía a llorar sin motivo aparente. Yo sí sabía el motivo, claro: me había recuperado un poco más y ahora podía sentir un poco más, y lo que sentía era devastación, y darme cuenta de ello era desolador. Pero, si intentaba explicarlo, apenas surgían unos balbuceos inconexos e incomprensibles.

Después de que Daniela me insistiera durante meses, fui a una terapia del dolor. En alemán sonaba mejor. Pasé una mañana entera hablando con gente en el subsuelo de un hospital en un edificio antiguo en el centro de Múnich. El veredicto: no estaba para una terapia del dolor. Sólo había que descartar una esquizofrenia y luego un poco de terapia del trauma y a volar. Pero eso era todo.

Para entonces yo había pasado seis años preparándome para descubrir por qué había pasado los últimos 25 años con ganas de vomitar, sin pegar ojo, en un estado de pánico constante y en ocasiones fantaseando con el suicidio. Después había descubierto en las brumas de un trance hipnótico auto-inducido el suceso traumático que había originado aquella pesadilla y llevaba ya cinco años matándome a yoga, auto-hipnosis, meditación, quiropraxis, fisioterapia, osteopatía y cualquier otra cosa que pudiera encontrar y que tuviera el más mínimo viso de poder funcionar, de poder seguir haciéndome avanzar en mi recuperación. Me había gastado decenas de miles de euros en el proceso: todo el dinero que alguna vez había podido ahorrar a base de angustioso trabajo. Ahora tenía una mano delante y otra detrás, seguía desenterrando dolor y sanándolo y me estaba enfrentando a una incipiente inestabilidad emocional. Había descubierto, alarmado, que tenía emociones. Había descubierto, alarmado, que era humano.

A Daniela también le costó que fuera a terapia. Cuando en septiembre de 2019 pasé las dos primeras semanas llorando prácticamente cada día, se me hizo patente que necesitaba ayuda.

Yo, necesitar ayuda. Pero si ya lo sé todo, si todo lo puedo. Pero si sé PNL e hipnosis y kung-fú. Sí, pero no sé regular mis emociones. ¿Emoqué?

Ahí estoy llorando desconsoladamente. Sentado en el sofá, abrazando un enorme almohadón, sonándome la nariz con otro pañuelo de papel. Lo arrugo y lo tiro al suelo. Pronto hay media docena sobre el parqué. Después me siento mucho mejor.

Soy un hombre hecho y derecho. Mido casi un metro y noventa centímetros. Tengo 43 años. Ahí estoy llorando como una magdalena, desconsoladamente, como si no hubiera un mañana. Como si tuviera tres años y mi hubieran quitado mi juguete favorito. Los pañuelos de papel arrugados y empapados se amontonan en el suelo. Voy a trabajar seis horas cada día. Camino como un zombi entre los coches del aparcamiento subterráneo. Regreso a casa y me pongo a llorar. ¿Fue el año pasado o el anterior? Buf, ni lo sé ni me importa ahora mismo.

Ahora estoy en terapia. Es una pequeña habitación de techo abuhardillado. Por la ventana se ve el campanario de una iglesia. Ayer un colega de trabajo nos invitó a mí y a otro colega a su casa a una improvisada timba de póker a tres. Cuento que me sentí acogido, me sentí apreciado. Me sentí humano. Me sentí uno más y me sentí conectado. Me echo a llorar mientras rememoro la velada y me doy cuenta de que hay algo profundamente jodido en mí. Ya lo intuía, pero saberlo a ciencia cierta lo hace extremadamente doloroso, especialmente desolador. No es el dolor físico de esas articulaciones retorcidas, de esas vértebras presionando la médula espinal. Es el dolor en el corazón, es el dolor en lo más profundo del alma. Es un tipo de dolor que está cobrando sentido para mí, pero que no lo tuvo antes.

Miro el contador de palabras. Me faltan cinco. Unas pocas más y ya habré terminado.

0

#dolor#hipnosis#lágrimas#PNL#terapia

Respuestas

  1. Daniel Garcia Llorente - 8 de junio de 2020 @ 22:30

    Hola Javier,

    Describí el Diario de Nantes ahora hace casi 10 años cuando hacía mi Erasmus. Un día comí espaguetis sin nada nada, ni si siquiera aceite, sólo por que mencionabas que como buen erasmus era mi destino o algo así. Estaba asqueroso por cierto.
    He vuelto a abrirlo hoy por casualidad mirando los marcadores antiguos de Chrome. ¿Puedo preguntar por ese “suceso traumático que había originado aquella pesadilla”?

    Daniel

    • Javier - 9 de junio de 2020 @ 10:40

      Hola Daniel,

      Jejeje. Es cierto, están asquerosos. Yo estaba tan entumecido que me los podía comer sin rechistar. Yo suelo comparar la mala comida con la ausencia de comida. A veces algo está malo, pero algo malo está mucho mejor que nada. Y entre comerme unos espagueti a pelo y no comer, joder, los primeros están buenísimos. Por lo demás, siento la experiencia O:-)
      Me alegro de que estés aquí de vuelta por casualidad. Gracias por pasarte y por el comentario. Al suceso traumático lo llamo el “Big Crunch”. Le puse ese nombre con la intención de empezar a reírme de ello lo más pronto posible. Han pasado más de seis años desde que lo descubrí y sigo sin reírme. Siendo que estoy saliendo por fin de ese enorme agujero negro, estoy algo reacio a hablar del asunto, en curiosa contraposición a lo que me ocurría hace unos años. De todas maneras lo tengo en cuenta y haré una página matutina al respecto.

      • Daniel - 11 de junio de 2020 @ 15:00

        Hola Javier,

        En el fondo me alegro de haberlos probado. Fue una gran experiencia que me hizo crecer como persona 😀

        ¡Espero con ganas esa página matutina! Pero por supuesto no te fuerces a ello si no te apetece.

        ¡Muchos ánimos! Y decir que me gusta mucho tu estilo narrativo.

        • Javier - 11 de junio de 2020 @ 15:12

          Hola Daniel,

          Jejeje, gracias por la aclaración. Ya me siento mejor 🙂

          Gracias por hacerme saber que esperas con ganas esa página matutina. Tengo el compromiso por lo menos hasta finales de agosto. Saber que la esperas con ganas es un motivo más para escribirla.

          ¡Gracias! Qué bien 🙂

Deja una respuesta

Tu direción de email permanecerá oculta.
Los campos requeridos tienen un asterisco (*).