Tierno arrepentimiento infantil

Ayer vinieron a verme dos amigos: Dani y José Miguel. Son de mis mejores amigos. Les conozco desde el colegio. Fue una gozada poder disfrutar de ellos durante algunas horas.

Se enrollaron bien con mi primo Fito, que estuvo presente en el encuentro. Se dedica al mantenimiento de dos máquinas de fabricación aditiva con cobre, lo que interesó rápidamente a mis amigos: el uno ingeniero industrial, el otro «hands-on-DIY-er», a falta de un término mejor.

Por ejemplo, cuando nos pusimos ambos a darle a esto del simracing, yo me agencié una silla de playa de oferta del Carrefour. Él cogió un asiento de Volkswagen Golf y le construyó una base de madera, forrada en fieltro, a la que adosó unos raíles en las caras interiores de modo que el asiento se pudiera ajustar en sus diferentes reglajes posibles.

Estuvimos charlando durante algunas horas en el exterior, sin mascarillas pero con distancia de seguridad.

También descubrí, pues José Miguel tiene mi mismo portátil antiguo, que le puedo cambiar el disco duro original por un SSD, con lo cual va a ir como un tiro y lo voy a poder disfrutar un poco más, especialmente en combinación con el monitor que me voy a llevar desde aquí.

Es una posibilidad que ya había considerado, pero me había echado para atrás el tener que montarlo externamente, y clonar el disco duro, y que al parecer hay pegas para que Windows 10 lo reconozca. Pero mi amigo ya lo había hecho y me explicó cómo hacerlo.

Compro disco duro SSD nuevo. La clave está en que el ordenador tiene una segunda bahía para conectarlo internamente, con lo cual se pueden poner los dos en paralelo. Entonces, efectivamente Windows 10 no lo reconoce, así que he de descargar un programa de Samsung que lo reconoce y que también permite hacer un clonado del disco original. Una vez finalizado, sólo hay que cambiar las posiciones de los discos duros y el ordenador pasa a funcionar varias veces más rápido. En cuanto salga de la cuarentena, esta va a ser una de las primeras cosas que haga.

Por cierto, me ha comunicado Daniela que hay nueva estrategia para los que venimos de zonas de riesgo al regresar a Alemania. Antes se hacía un test al llegar y otro a los pocos días. Ahora tengo que irme a casa directamente, encerrarme y hacerme un único test al quinto día. Daniela me ha escrito diciendo que estuvo ayer en casa y me ha llenado la nevera para la cuarentena. Vaya cielo de mujer.

Y ahora vamos con la historia que da título a esta entrada.

Se acababan de ir mis amigos y estábamos ya pensando en qué cenar. Yo estaba en mi apogeo de crisis de recuperación: ese punto en el que me voy inhibiendo progresivamente, me voy callando todo lo que no me atrevo a decir, me voy poniendo de mala hostia y llega un punto en el que por fin me quedo solo y me pongo a llorar. Esa es la parte psicológica, que viene de la parte física, que tiene lugar cuando los huesos me entran un poco más en el sitio y se libera más carne entumecida de treinta años y entro en contacto con las sensaciones de la misma, con partes de mí que han estado tan aplastadas y retorcidas durante tres décadas que se terminaron entumeciendo. Yo diría que carne entumecida; entumecida como en tumor.

Por la tarde ya había por fin llorado. Creía que había sido suficiente.

Pero estaba sentado en la mesa hablando con mi primo cuando oímos un golpe fuerte.

Cuando levanté la vista, vi a mi sobrino en el suelo. Había subido las escaleras, al parecer con la tableta encendida entre las manos, y había tropezado en el último escalón debido al despiste implícito en la operación. Parecía que estaba bien.

Mi hermana ya le estaba gritando. Al parecer le ha dicho al chiquillo que no camine mirando la tablet. Según me enteré después, incluso se cargó la tablet de su padre de la misma manera. Mi sobrino se levantó y, aguantándose las lágrimas, salió al jardín y desapareció en la penumbra rodeando la casa. Yo salí tras él.

Me lo encontré en la terraza, llorando.

—No pasa nada, Coqui —le dije mientras le acariciaba la cabeza.

—Sí que pasa —respondió—: mi madre me lo ha dicho muchas veces antes.

Fue tal su ternura, tal su pureza, tal su sincero arrepentimiento, libre de todo fingimiento, tan sentido, que se me encogió el alma. El pobre niño estaba completamente devastado ante lo que había hecho. Desolado. Como preguntándose:

«¿Qué voy a hacer conmigo mismo? ¡No tengo remedio!»

Estaba verdaderamente compungido.

De pronto, tal vez inspirado por su bellísimo y puro arrepentimiento, me eché a llorar yo también, tal vez compadeciéndome de mí mismo, tal vez acunando a ese niño de siete años en mi interior que ha tenido que vivir esta retorcida historia del Big Crunch, que ha tenido que vivir 25 años de confusión, angustia, incomprensión, sorpresa… y ya más de seis años de insoportable dolor y delirio. Y lloré y lloré.

—¿Por qué lloras tú? —me preguntó.

—Por que estoy muy triste.

Eso fue todo lo que me salió, por resumir esos treinta años de pura locura.

Me quedé llorando todavía cuando él terminó con sus lágrimas, se incorporó y se marchó. Lloré y lloré todavía un rato más, antes de terminar yo con mis lágrimas, al menos las de esta semana.

Este es el momento en el que me doy cuenta de que me quedan cien palabras. Podría terminar aquí, pues ha habido días en los que he escrito mucho más de mil palabras, pera sigamos con el reto, que va de mil palabras diarias durante tres meses. Por cierto, me quedan solamente dos entradas para superarlo. Parece que fue ayer cuando empecé (música suave de violines).

En fin, pronto terminaré el reto, y será el momento de hacer balance de la experiencia y relación de lo aprendido.

Y aquí ya, empezando a pensar en el viaje de vuelta y comenzando a hacer los preparativos para el mismo. De momento el hotel ya está reservado.

Otra de esas imágenes que habían quedado pendientes, esta vez una curiosa veleta al atardecer en el vecindario de la casa del bosque.
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#aprendizaje#arrepentimiento#infancia#veleta#viaje

Respuestas

  1. Edu - 31 de agosto de 2020 @ 00:10

    Los enanos son adorables y no dejan de sorprendernos. Una de los mías, antes de que me diese tiempo a echar la bronca me respondió: “tranquilo, no te enfades, ya me castigo yo sola” 😉

    ¿Merece la pena “perder” tiempo en mejorar tu viejo Netbook Samsung N120 con un SSD?.

    Yo tuve uno idéntico y era una cucada (pequeño y barato para llevarlo a todos los lados, sin miedo a que se rompiese), pero en su momento ya iba justo de potencia. CPU Intel Atom, 1 GB RAM, 10″ con poca resolución, teclado incómodo.
    Va a ser tu herramienta de trabajo y vas a usarlo muchas horas. Hoy hay portátiles básicos por menos de 400€ con CPUs 10 veces mas potentes, 8GB RAM, SSD, FullHD.
    En momento de “lonchafinismo” 400€ puede ser mucho dinero y frikear no es “perder” el tiempo (yo aun tengo uso portátiles de hace 12-15 años).

    • Javier - 2 de septiembre de 2020 @ 13:02

      Jejeje 🙂

      El ordenador que quiero mejorar no es ese, sino un Dell XPS de 2011 o así. De todas maneras, ahora que le he enchufado un buen monitor y oigo al pobre ordenador bufar y bufar para hacer sus cosas, me doy cuenta de que es el momento de invertir en un ordenador nuevo, por mucho que sea momento de “lonchafinismo”. Es una herramienta de trabajo fundamental para mí.

      Gracias por el comentario, Edu.

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