Superación y algo más (I/II)

Esta mañana vengo de la última sesión de mi grupo de estabilización y reorientación. En esta ocasión he ido ya muy removido. He dormido mal, me he despertado relativamente cansado y, cuando he salido de casa, me he dado cuenta de que llevaba algunas lágrimas conmigo. Odio cuando eso sucede. Voy por ahí, en cierto modo, sujetando todo eso y guardándomelo para después, para casa. Todo lo que hago necesita de un esfuerzo extra, el esfuerzo extra que me lleva aguantarme las lágrimas.

Me dolía mucho la cara, pero no de ser tan guapo sino de tener varias vértebras increíblemente retorcidas; tan retorcidas que tiran de algunos músculos que suben por mi cuello y pasan por mis mandíbulas. Me duelen, me duelen mucho. Y llevan treinta años así. La única novedad es la de, a lo largo de los últimos años, ir despertando lentamente a ese dolor que siempre estuvo ahí debido al daño subyacente. En fin, no es sorpresa que tuviera, una vez más, ganas de llorar. Duele, y ha dolido durante treinta años sin que nadie pudiera hacer nada el respecto.

En estas condiciones, tenía pocas ganas de acudir al grupo. La verdad es que no tenía ninguna gana. Pero bueno, vamos para allá. Última sesión y ya lo he hecho y ya lo he terminado y puedo poner esto detrás de mí.

Sin embargo, hoy hemos hecho un ejercicio que me ha encantado, y que me ha hecho reconectar con una experiencia sumamente valiosa de mi pasado, con un recuerdo profundamente anclado en la superación y, todavía más allá, en el asombro.

Debía de ser finales de los ochenta y mis padres me enviaban, por cuarta vez consecutiva, a pasar un mes en verano al sur de Inglaterra.

Aquello de los veranos en Inglaterra había empezado relativamente doblado. El primer año yo tenía once años y el resto catorce. Eso es como tener veinte y el resto cincuenta. A pesar de todo, repetí. Se ve que me va la marcha. Aquel era el cuarto año consecutivo que volvía y las cosas eran mucho más fáciles.

Acabé en una casa de una pareja de ancianitos que tal vez no tenían niños y se conformaban con acoger estudiantes en verano, aunque ahora que lo recuerdo no eran tan ancianitos. El caso es que nos ubicaron, a mí y a dos murcianos, en un palomar abuhardillado que le habían endiñado a la casa en todo lo alto. Se llegaba hasta allí por unas angostas escaleras prácticamente verticales que se retorcían sobre sí mismas. Los tres nos llevábamos bastante bien, aunque ellos ya eran amigos al llegar allí y yo era “el otro”.

Los monitores del asunto, además de darnos varias horas de inglés cada día, organizaban actividades con las que sacarnos de las aulas y mantenernos entretenidos más allá del aprendizaje de la lengua Shakespeare. Una de estas actividades fue un día de competición de atletismo. Nos llevaron a unas pista de atletismo y nos pusieron a competir con adolescentes de otras escuelas y países.

No recuerdo si participé en otras disciplinas, pero desde luego me apunté al salto de altura. Pensé que me lo llevaría de calle.

Yo tenía mucha confianza en mí mismo; toda la que me falta ahora la tenía entonces. Pero más que eso tenía mucha experiencia: durante años había estado saltando altura participando en competiciones provinciales. Era bastante bueno: un año había quedado subcampeón y otro campeón provincial. Aquello se me daba definitivamente bien, y yo lo sabía.

Yo era alto. Eso da una cierta ventaja. Pero además de eso, yo lo complementaba doblándome como una lagartija. Mi amigo José Miguel, por ejemplo, saltaba más que yo, pero luego solamente se encogía sobre sí mismo haciéndose una pelotilla. Eso le permitía llegar lejos, pero cuando además de saltar había que doblar la espalda como una bisagra y hacerlo coordinadamente, él tiraba el listón con el culo tres veces y estaba fuera. Yo avanzaba en la competición.

Peco mucho de soberbia, la verdad. Ya lo hacía entonces, a base de bien, y todavía estoy aprendiendo a ser humilde ahora, muchos años más tarde. Así que fanfarroneé ante los murcianos acerca de cómo me iba a llevar la prueba de calle. Tanto fue así que terminamos haciendo una apuesta simbólica por valor de una libra.

Aquello empezó. Éramos un montón. Algunos no tenían ni idea acerca de cómo pasar por encima de un listón y eso quedaba patente ya en los primeros compases. En mi colegio nos entrenaban, con todo lo que eso conllevaba. Nos quedábamos algunas tardes a la semana al terminar las clases y salíamos a correr. Luego hacíamos sentadillas, abdominales… lo que fuera que formara parte del entrenamiento de ese día. Nos explicaban pacientemente la técnica: te pones una referencia en el suelo para coger carrerilla y llegar con el pie bueno al listón, al saltar te acompañas del otro brazo para coger impulso, luego subes la mano, luego te doblas como un cabrón, metes el culo y levantas los pies. Cuando llegábamos a las pruebas, ese entrenamiento se podía notar fácilmente.

Pronto reparé en un tipo que había dejado ya la adolescencia. Parecía tener 18 ó 20 años contra mis catorce. Tenía rizos y una barba de una semana. Llevaba unas zapatillas de primera y un modelito que parecía que lo hubiera reciclado de las últimas olimpiadas. Yo tenía catorce años, granos en la cara, un bañador y una camiseta y las zapatillas con las que solía salir a la calle cada mañana. Me dio igual: le ganaría.

Si pasaras el evento a cámara rápida verías a los adolescentes saltar uno detrás de otro y el número de participantes disminuyendo poco a poco. Un rato después éramos media docena. Tras unos compases más, nos quedamos solos aquel tipo y yo. La tensión se palpaba en el ambiente.

La mayor parte de las demás pruebas ya habían terminado, así que la gente se había ido arremolinando alrededor de la colchoneta de salto de altura, curiosa ante aquella competición que todavía se desarrollaba y en la que nos habíamos quedado dos: el bueno y el malo.

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