Sábado de estabilización

Acabo de volver de mi segunda sesión de estabilización, la tercera si contamos la que tuvo lugar hace tres semanas, cuando nos juntamos todos para enterarnos de de qué iba a ir el asunto. Me ha gustado. Me ha sentado bien. Hoy he vuelto a pintar con los lápices de colores; esta vez mi lugar seguro: un amplio prado verde con un arroyo y un lago, con hierba fresca y un sol agradable.

Luego vuelta a casa en el S-Bann, el metro. Hoy estaba muy lleno. Ni siquiera me he podido sentar. Todos allí, de pie, enlatados. Al menos con nuestras máscaras. Da gusto ver que la mayoría vamos con nuestras máscaras. Da una cierta sensación de amor y respeto hacia el prójimo.

Y ahora estoy de vuelta aquí, de regreso a estas páginas matutinas. Releo el título de la columna y veo “Sábado de esterilización”. Es impresionante lo que puede hacer el inconsciente: hacer que las cosas se vean diferentes. Literalmente, cambiar una cosa por otra: cambiar lo que es por lo que, de alguna manera, a mí me sale de los cojones que es. Eso es mucho poder. De ahí mi respeto a lo inconsciente.

Tengo algunas cosas con la persona que nos dirige en las sesiones de estabilización. Son cosas que yo hubiera hecho de otra manera, y que no tengo claro que la mujer haya llevado a cabo con un propósito terapéutico o estabilizador. En otras ocasiones cuestiono las maneras. Hagamos una pequeña lista de los Verbesserungsvorschläge o sugerencias de mejora que tengo para esta buena mujer.

El primer día, el día de orientación e información, nos prohibió hablar de nuestros traumas. Yo tenía ganas de hablar del mío, así que esto me molestó. Pero nos explicó que no estábamos ahí para hablar de nuestros traumas y que el sitio apropiado es la terapia. Se trata de un curso de estabilización y orientación. No hablaremos del trauma. Ok, puesto así hasta me pareció hasta buena idea.

Pues bien: hoy, la buena mujer ha llevado a cabo lo que considero una inducción hipnótica a revivir el trauma, utilizando diferentes herramientas y metáforas, para revivir el trauma una y otra vez en una suerte de bucle durante tres cuartos de hora. Me he visto y sentido Big Cruncheado varias veces. He vuelto a 1990 de varias maneras diferentes, con todo lujo de detalles e involucrando hasta a mi amígdala cerebral. Me he tenido que esforzar para permanecer en la clase en lugar de viajar en el tiempo una y otra vez de nuevo al año mundial de Italia. Cuando ha terminado la masacre, ha preguntado ufana:

—¿Cómo estáis?

Joder, qué cómo estamos. Hechos polvo. Menudo remeneo nos acabas de meter, buena mujer. Me duele todo.

Una compañera resoplaba y se llevaba las manos a la cabeza.

Yo estaba dispuesto a pasar por todo eso una vez más, pero esperaba que hubiera una buena razón para ello, y más después del discurso del primer día. Me preguntaba qué novedosa técnica nos aplicaría en ese momento que se serviría de lo que acababa de hacer para rematar la faena con un truco sanador que nos dejara finos y estables para mi sorpresa y gozo.

—Os cuento todo esto para que no os creáis que estáis locos.

Madre de Dios. Que paren esto que me bajo.

Llevo desde la primera sesión con la mosca detrás de la oreja. Me preguntaba cómo podría reencuadrar eso de una manera útil.

—Mira, Javier —me decía—, esta mujer hace lo que puede. Si tú lo puedes hacer mejor, eso son muy buenas noticias. Por ejemplo, ella gana un buen dinero con eso que hace. Si tú lo puedes hacer mejor, entonces puedes ganar más dinero que ella.

Eso tiene sentido para mí, y me permite darle las gracias por servirme de ejemplo.

El otro día, en la primera sesión. Teníamos que pintar una planta, un árbol, una flor. Algo que nos representara en este proceso de crecimiento y estabilización. Yo dibujé un pequeño esqueje saliendo de la tierra. Muy verdecito, muy tierno, muy mono. Quise hacer un dibujo sencillo, elegante, minimalista; que usando unos pocos elementos me permitiera representar lo que la mujer decía.

Estaba yo de vuelta en el jardín de infancia, dibujando con mis colores alegremente, enfrascado en darle la enésima pasada al marrón de la tierra como si el mundo entero dependiera de ello, cuando la mujer se me aproximó lentamente, se puso a mi derecha y, con su máscara a quince centímetros de mi cara, me preguntó que dónde estaban las raíces.

Me dio escalofríos. Me sentí como en una película de terror.

—Las raíces no se ven. Están debajo de la tierra —le respondí en alemán sin siquiera apartar la vista del dibujo.

—Oh, pero todas las plantas tienen raíces —insistió.

—Sí, ya lo sé.

—¿Y por qué no las dibujas?

—Pues porque no sé ven. Están debajo de la tierra.

Dibujar las raíces rompía con la esencia minimalista y a la par que realista del dibujo. Evidentemente, las raíces estaban bajo tierra. Tenían que estar allí porque, precisamente, todas las plantas tienen raíces.

Ella quería que yo dibujara las raíces. Yo no quería hacerlo. Empezó a insistir hasta que me sentí lo suficientemente obligado y violentado como para ceder.

Está bien, dibujaré las putas raíces.

Mi punto es… que eso no se hace. Eso no se hace especialmente en un contexto terapéutico, en un lugar seguro en el que expresarse libremente. Me sentí coaccionado. Violentado. Doblegado.

Está bien. Ahí van las putas raíces.

Cabreado, todavía tuve la lucidez para darme cuenta de que, si iba a pintar las putas raíces, más me valía encontrar algo positivo en ello. Así que con ese ánimo y ese cabreo procedí a dibujar el asunto.

Al hacerlo, me di cuenta de que había algo interesante en dibujar aquellas raíces. Tenía que decidir qué forma tenían, cómo se extendían, cuánto, cómo de profundo iban. Después de todo, aquello era un grupo de estabilización, y una planta o un árbol son estables en función de sus raíces y de la fuerza con que sostienen. Es sólo que me hubiera gustado ahorrarme la parte en que me sentía obligado y doblegado sin motivo alguno. Esa mujer no supo hacerlo; yo sí. Eso es valioso. Gracias por hacer que me diera cuenta.

Y el último regalo de conciencia ha venido con el segundo trance de hoy.

Estaba yo sentado con los pies planos sobre el suelo, con mi trauma a flor de piel, entrando en mi lugar seguro para darme un baño en el lago de la sanación, abandonando lentamente la habitación para irme bajo el sol y sentir la frescura de la hierba bajo mis pies.

De repente, la mujer, sin previo aviso, en el silencio de la habitación, mientras continuaba profundizando en el trance, se levantó y empezó a caminar hacia mí. Pude oír su voz acercándose. En pleno trance, pude sentir su presencia moviéndose hacia mí. What the fuck?!

Las alarmas se encendieron dentro de mí. ¿Adónde va esta mujer? ¿Qué está haciendo? ¿Voy a tener que dibujar otra vez las putas raíces? ¿Qué quiere de mí? ¡Argh!

Pasó junto a mí y caminó hasta la ventana. Pude oír cómo la cerraba. Fuera había mucho ruido y eso estaba interfiriendo el ejercicio. Pero eso no me había molestado; lo que me había aterrorizado es que la mujer se levantara sin previo aviso y caminara hacia mí.

Me pregunto si esa mujer ha vivido un trauma. Me pregunto si sabe lo que es un buen trauma y el terror que de él se desprende.

Si alguna vez induces un trance hipnótico y tienes que levantarte a cerrar la ventana, por el amor de Dios menciónalo:

—Y en un momento más me levantaré y caminaré hasta la ventana para cerrarla, pues ahora hay algunas personas ahí fuera y hacen mucho ruido y, al cerrar la ventana, te podrás relajar y profundizar todavía más en la experiencia. Y mientras me levanto y camino hacia la ventana, te puedes relajar todavía más profundamente, en la certeza de que estoy cuidando de ti y asegurándome de que puedes relajarte e ir a tu lugar seguro con la seguridad y la tranquilidad necesarias, para realizar la tarea de sanación que estás llevando a cabo. Y me levanto ahora.

Pero seguramente la mujer hace lo que puede con lo que sabe, y eso es mucho. Y por eso le doy las gracias.

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