Naturaleza e ingeniería

Mil palabras más para este caluroso día de agosto. Si se cumplen las expectativas, hoy llegaremos a los 36 grados. Eso para mí, después de dos años en Múnich, es mucho calor. En fin, para qué me voy a quejar, que me da vergüenza. Vamos con mil palabras veraniegas para este día caluroso.

Acabo de ver una lagartija con una cucaracha en la boca. Me ha dejado patidifuso. Le asomaba claramente a ambos lados de la reptiliana boca. La naturaleza me tiene fascinado. Y yo que creía que no iba a tener nada de que escribir hoy.

La de cosas que salen de la nada…

Una tarde, haciendo yoga en la casa del bosque, justo en ese momento en el que estoy haciendo esa pose que se llama «el árbol» y en la que estoy en equilibrio sobre una pierna con los brazos en alto y las palmas planas apoyándose entre sí, vi por fin a la propietaria de la enorme tela de araña bajo la parra.

La avispa había venido alegremente para quedarse atrapada en la tela de araña. Trataba de zafarse con todas sus fuerzas pero en vano. De pronto, de una hoja de parra que se enroscaba sobre sí misma haciendo un verde cucurucho, descendió una araña del tamaño de una pelota de ping-pong.

Caminó con habilidad sobre la superficie de la tupida red hasta llegar al lugar en el que bregaba la avispa. Una vez allí, con un par de pares de patas, tomó a la avispa y empezó a darle vueltas sobre su eje longitudinal hasta que la dejó envuelta en una especie de capullo improvisado. Entonces se cirnió sobre ella y le inyectó el veneno.

No sabría decirle si le mordió con la boca o si le inyectó el veneno cual escorpión. Por entonces estaba yo ya tan conmocionado que sólo pude ver una gotita de lo que debía de ser veneno que, rezumando, se desprendió de algún lugar de la araña a medida que ascendía de vuelta a su hoja de parra envuelta y retorcida. En un momento, todo había terminado, y allí quedó aquel emparedado de avispa fresca a la espera de ser devorado más tarde. Me debí de quedar haciendo el árbol cinco minutos, helado ante el cruel espectáculo de la naturaleza.

Esta escena me recuerda algo similar que tuve a bien, o tal vez a mal, presenciar el año pasado también en la casa del bosque.

Allí las llaman «Hornesse» pero ignoro cuál es el nombre en castellano. Se trata de avispas diez o veinte veces más grandes que el tamaño avispero habitual. Son avispas descomunales. Allí había una, en el techo de madera.

Era gigantesca. Me quedé mirando embobado pensando en que, de morderme en un brazo, probablemente me lo arrancaría. Angustiado en aquel pensamiento, de pronto pasó una avispa convencional frente a la Hornesse y ésta la enganchó.

La enganchó no sé cómo. Tal vez con las fauces, tal vez con las patas, qué sé yo. Pero la cogió y se la empezó a comer como si cualquier cosa. Yo miraba aterrorizado.

La hizo fosfatina en un momento.

Cuando se la terminó de zampar, sólo quedó un ala que se desprendió de sus fauces y descendió suavemente, haciendo círculos en el aire mientras caía como una pluma, retorciéndose sobre sí misma y trazando una hélice en su descenso desde el techo.

Seguí el ala con la vista hasta que tocó el suelo y entonces volví a mirar a aquella increíble bestia, anonadado con la boca abierta. Estuve mareado cinco minutos.

Cómo las gasta la naturaleza. Y oiga, eso está bien. ¿De qué manera hay que pensar en eso para que esté bien?

En fin, volviendo a asuntos ingenieriles en los que me siento más cómodo, ayer pasé un buen rato intentando sacar gasolina del depósito del Modus en mi propósito de arrancar la moto.

Para sacar gasolina de un depósito, conozco el clásico método del tubo de goma, del receptáculo auxiliar y de la succión con más que probable enjuague bucal de gasolina. Como quería ahorrarme este último paso, así como el desperdicio de gasolina que tiene lugar entre que me saco el tubo de la boca y lo acierto en el receptáculo auxiliar, resolví aprovechar mi carrera de ingeniería para crear un ingenio que me permitiera cebar directamente el receptáculo: una botella vacía de agua mineral.

Construí lo que llamé un «sifón». Ignoro si se llama técnicamente así, pero fui directamente a la parte del márketin.

Metí el tubo de goma a través de la boca de la botella, metí una pajita en paralelo y, con cinta aislante, sellé la boca y las juntas.

La idea era succionar la pajita y extraer el aire de la botella para cebar el tubo y hacer que la gasolina cayera directamente en la botella en lugar de en mi boca, con gran jolgorio y satisfacción ingenieril.

Me llevó varios intentos darme cuenta de que la goma, por muy profunda que hubiera ido al interior del depósito, no había alcanzado el nivel de la gasolina. Con esto me pegué varias bocanadas de efluvios gasolínicos, con los que me llené los pulmones y me calenté la garganta. Para cuando me di cuenta y metí el tubo en la gasolina, ya me estaba preguntando si tenía que hacer algo especial para mantener la verticalidad. Menudo colocón.

Descubrí, algunos chutes más tarde, que la pajita no me permitía crear la suficiente succión como para elevar el líquido desde el nivel del depósito hasta el nivel de la boca del mismo. Sustituir la pajita por otro tubo como el primero fue en vano.

Para cuando un cuarto de hora más tarde acepté mi fracaso, los pulmones y la garganta me ardían como si me hubiera… qué sé yo… como si me hubiera bebido diez tequilas y fumado un paquete de tabaco. Desmonté el artilugio, acepté mi derrota y llamé a aquello una tarde.

Y ya está: listo el reto de hoy.

Por cierto, conté mal; sólo tengo una columna en búfer, así que algún día, antes de final de mes, tendré que escribir dos en una jornada. Tal vez en un día de lluvia, si lo hubiera.

Hablando de ingeniería, un edificio molón que encontré en mi paseo por Lyon.
Fuente el menda, ya sabéis.

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#coche#gasolina#ingeniería#sifón

Respuestas

  1. Rosana - 21 de agosto de 2020 @ 17:03

    Me ha hecho gracia ¿cruel espectáculo de la naturaleza? Ley de vida, diría yo.

    Para cruel espectáculo de la naturaleza lo que los humanos hacemos. Pero lo normalizamos y blanqueamos.

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