Múnich-Valencia

Sí, lo he hecho. Me he dado la panzada. Me he pasado dos días conduciendo. Anteanoche dormí en Lyon y hoy he despertado en Valencia, en casa de mi padre. Me enteré a medio camino de que Alemania había metido a toda España, finalmente, en esa categoría que llama «Risikogebiet»; esto es: lugar de riesgo. Desaconseja viajar allí. Pero yo ya estoy aquí.

Si lo hubieran hecho un día antes, probablemente me hubiera quedado. Ha venido justo. He venido justo.

Dos días conduciendo. Ha sido una gran aventura, emocionante e interesante.

Daniela está aprendiendo a hacer terapia familiar, y hace cosas como terapia sistémica o algo así. Yo conozco el pensamiento sistémico de la PNL y lo podrías resumir así: todo es un sistema. Es una manera muy interesante de considerar las cosas y, lo mejor de eso, es que funciona muy bien.

Digo esto porque yo estaba muy dubitativo acerca de la decisión. ¿Me quedo? ¿Me voy? A favor: ver a mi familia, ver a mis amigos, pisar tierra patria y salir de Alemania y cambiar de aires. También conducir, que me encanta. Me atraía más la idea de pasarme dos días al volante solo que meterme en un avión con cien personas más y liquidarlo en dos horas. En contra: dos días de conducción, ir solo, dormir en Francia. Si hubiera sabido de los atascos y el follón que me iba a encontrar en Francia, hubiera incluido este punto también en la contra. Pero estaba indeciso.

Daniela me sugirió hacer un ejercicio de los suyos en los que recorría las dos opciones, y se me hizo muy claro que tenía que bajar a España. Fue un ejercicio muy emotivo en el que terminé llorando y que me dejó muy claro lo mucho que necesitaba ver a mi familia.

No es sólo que haya estado ocho meses sin verlos y los eche de menos, sino que, a medida que me recupero, me doy cuenta de lo mal que he estado durante tantos años y de lo mucho que ha tenido que aguantarme mi familia; así que, ahora que me voy recuperando y me encuentro mucho mejor, necesito compartir con ellos este bienestar del que empiezo a disfrutar. Así, tomé la decisión y, a parir de ese momento, comenzó la organización del viaje.

Salí por la mañana en el Renault Modus a eso de las ocho y media. Daniela venía conmigo porque Augsburgo me venía de paso y ella se quedaría con su familia. Allí nos despedimos y continué con la marcha.

Puede parecer una tontería, pero llevaba años deseando, fervientemente, comprarme uno de esos sujeta-teléfonos-móviles que se insertan en la rejilla del aire acondicionado del coche. Entonces se fija el móvil ahí, se enchufa a la corriente y se puede tener el GPS por ejemplo a la vista todo el tiempo. Pues bien, por fin me lo compré, y me hizo mucha ilusión. Fue un gustazo poder ir siguiendo el mapa todo el tiempo y teniendo ahí las informaciones del viaje. Por el camino, seguí escuchando algunos podcasts.

Pero la revelación del viaje fue otra: las largas charlas que tuve conmigo mismo.

Empecé haciendo una de mis meditaciones en las que, en voz alta, me induzco un trance y me relajo a medida que conduzco de una manera segura, agradable y placentera. Cuando me di cuenta, estaba envuelto en una animada conversación conmigo mismo.

Estar metido en el coche muchas horas contigo mismo tiene algunas ventajas. Una de ellas es tener que estar contigo mismo… digamos que a la fuerza. De hecho, algunas de las mejores conversaciones que tengo con Daniela son paseando o en el coche.

Y empecé a hablarme de todo. Aproveché el tiempo para conversar conmigo acerca de algunos temas de los que tenía pendiente hablar conmigo mismo, cosas que había ido postergando, para las que no había encontrado un momento apropiado. En algunos momentos se me escaparon algunas lágrimas. Fue una conversación emocionante, y después me sentí mejor.

Luego seguí y seguí, seguí hablando, gritando, cantando, diciendo tonterías, insultando a los conductores que hacían estupideces, diciendo cosas que normalmente no diría, dándome permiso para volverme loco durante un rato. Se sintió genial: se sintió liberador. Me sentí desahogado y relajado. Sentí que podía decir cualquier cosa y hablar conmigo acerca de cualquier cosa, decir cualquier cosa que me pasara por la cabeza, tranquilamente, simplemente aceptando cualquier cosa que saliera, más allá de cualquier juicio o valoración, simplemente aceptando, aceptándome cómo soy y cómo estoy. Cuando llegué a Lyon, después de ocho o nueve horas de carretera, estaba tan animado que dejé las cosas en el hotel y salí a dar un paseo por la ciudad. Más tarde, hice algo de yoga sobre el suelo de la angosta habitación y cené un par de brezen con algo de queso y me fui a dormir.

Por la mañana, me desperté a las 6:40 antes de que sonara la alarma. Me di una ducha, me despedí del hotel y cogí el coche para salir de la ciudad.

Ese día aprendí que el 15 de Agosto es un mal día para estar conduciendo.

Encontré varios atascos. El primero de ellos de más de media hora. Luego uno de quince minutos y más tarde otro más de media hora. Cuando me detuve en un gran área de descanso, encontré que aquello era un hervidero de gente. Puse gasolina y salí de allí tan rápido como pude.

El resto del viaje fue algo cansado aunque me alegro mucho de que todo fuera bien. El Modus se portó, llegué sano y salvo y mi espalda también se portó. Me sorprendí de lo bien que llevé los dos días de conducción, y me di las gracias por todo el yoga que practico. Tener una espalda fuerte y flexible es una absoluta bendición. Una gran cantidad de consecuencias agradables se desprenden de ello. Es mucho trabajo, practicar tanto yoga, pero lo vale con creces. Después de lo que he pasado en los últimos treinta años, verdaderamente aprecio el bienestar.

Me alegré mucho de llegar. Me alegro mucho de estar aquí. Me alegro mucho de volver a ver a mi padre.

Vista del jardín de la casa del bosque al amanecer
Fuente: Javier

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#aventura#coche#conversación#reto#viaje

Respuestas

  1. Rosans - 18 de agosto de 2020 @ 19:27

    Ostras, suerte que no me aposté nada. Habría perdido. 😅

    Aunque las circunstancias se están poniendo feas, me alegro un montón que puedas disfrutar de tu familia.

    Eso de revisar las dos opciones es útil, aunque en mi caso, visualizando y simtiendo las dos opciones, la falta de seguridad me juega malas pasadas y no logra quitar las dudas. La última situación en la que me ha pasado ha sido a finales de julio-principios de agosto. La decisión se sentía clara a finales de julio. Pero llegado el día no lo hice por miedo. Ese fin de semana fue terrible. Entré en un meltdown de manual que me tuvo con secuelas hasta principios de la semana pasada. Bueno. Lección aprendida.

    • Javier - 19 de agosto de 2020 @ 11:37

      Buf, es que el miedo es mu malo. Es peor que aquello a lo que tememos, diría yo.

  2. Rosana - 19 de agosto de 2020 @ 13:03

    Sí, desde luego, pero no sé hasta qué punto es modificable. Por ejemplo sé que no seré nunca como aquella amiga arquitecta que vivía al día, sin trabajo y sin agobios. Funciono mejor con un nivel básico de necesidades cubiertas. Otras personas pueden tolerar mejor esa incertidumbre.

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