Mil palabras para un sábado

Me siento aquí de nuevo dispuesto a cumplir con mi compromiso de mil palabras. Hoy es sábado para mí, seguramente otro día distinto para ti, pues ahora mismo tengo un “buffer” de seis columnas programadas, así que todavía hay un cierto desfase entre lo que vivo y lo que escribo y comparto. Compartir es amar. Y es cierto.

Pongo la primera letra en grande. Me gusta como queda. Se llama “drop cap”. No lo sabía; lo aprendí.

Y aquí estoy, aprendiendo, como cada día, las lecciones de la vida.

Ayer estuvimos en Augsburgo en casa de mis suegros. Pasamos un día fenomenal disfrutando de un sol radiante y de una temperatura veraniega. Por la noche, cenamos y tomamos unos chupitos. Yo no supe decir que no, una vez más, y bebí al menos un chupito de más. Daniela condujo de vuelta. Hoy me levanté con una leve resaca.

Hacía unos dos años que no me levantaba con resaca, la última vez mucho más fuerte. Me doy las gracias porque pasó mucho tiempo desde la última vez, y me doy las gracias porque esta vez es mucho más leve que la vez anterior. Me pido continuar la progresión.

Para mí, el alcohol es una droga, una droga socialmente aceptada, culturalmente aceptada. Tiene algunas ventajas, como sacarnos de nuestro punto de equilibrio y permitirnos percibir el mundo y a nosotros mismos de otra manera. Nos permite sentirnos diferentes y, por tanto, pensar diferente y acceder a otras perspectivas. Hace sentir, rápida y artificialmente, un agradable calorcillo que, prescindiendo del alcohol… ¿qué hay que hacer para sentir ese calorcillo prescindiendo del alcohol? Es decir, ¿cómo lograr esa misma sensación, ese mismo estado, de una manera saludable, sana y sostenible?

Porque, después de la subida, viene la bajada. Esa es la pega. Ayer el calorcillo, hoy el precio a pagar. Disfruto hoy y pago mañana. ¿De qué me suena ese eslogan?

Pan para hoy y hambre para mañana.

¿Qué tiene que suceder para que beba cada vez menos y sienta ese calorcillo en el pecho igualmente cada vez más? Que comience la exploración. A experimentar.

Igualmente, me levanté relativamente pronto, abrí la ventana del comedor y me tumbé sobre la esterilla de yoga. El sol, el aire fresco de la mañana, la tranquilidad del patio interior, los trinos de los pájaros. Me revolví unos minutos sobre el suelo moviendo las vértebras de la parte alta del tórax.

En esas vértebras hay todavía una especie de nudo. Es impresionante lo que siento ahí. Son tres o cuatro vértebras que se encuentran increíblemente retorcidas de algún modo. Son el núcleo radiactivo del Big Crunch, la fuente de la mayor parte de mis males. Sintiendo el dolor, apoyo esas vértebras sobre la esterilla de yoga, empujo contra el suelo y masajeo. Muevo el lugar, estirando y presionando, haciendo sitio, dando a las vértebras una oportunidad para que bailen y se recoloquen. Se moverán décimas o centésimas de milímetro hoy, pero será un paso más en el camino.

Minutos después, me incorporo. Me siento con las piernas cruzadas. Tengo ganas de meditar. Cierro los ojos y me relajo.

Estoy pensando en el blog. Está bien. Un momento después estoy pensando en lo que soñé anoche. Está bien. Después estoy pensando en la leve resaca. Está bien.

Me muevo y me ajusto sentado sobre la esterilla. Traigo mis pies todavía más hacia mis muslos. Me inclino hacia adelante. Poco a poco, con el paso de los minutos y las respiraciones, los músculos y los tendones se van estirando.

Unos diez o quince minutos más tarde me empiezo a sentir cómodo. Alcanzo ese punto en el que me resulta más agradable profundizar en el estado que salir del mismo. Es una sensación maravillosa, como si me zambullera en mí mismo. Como si corriera a mi encuentro. Como si me diera la bienvenida y me abrazara a mí mismo. Siento que me muevo suavemente en mi interior, como si flotara en un enorme mar, suavemente sobre las olas. Oigo el trinar de los pájaros y siento la agradable temperatura en mi interior. Poco a poco, lo exterior se amortigua más y más, llegando cada vez más distante mientras floto agradablemente suavemente dentro de mí.

En un cierto punto, me siento como en un cine. Mis pensamientos son películas que proyecto sobre mi pantalla particular. Es como si viera la tele, como si viera vídeos de YouTube, como si viera una película, como si viera series. Pero son mis vídeos, son mis películas, son mis series. Es fascinante. Disfruto de estar aquí, flotando suavemente, disfrutando de mi propio entretenimiento, educativo y hecho a medida.

En un momento más, entro en un estado más profundo. Floto todavía más suavemente y el entretenimiento se disuelve y queda una agradable sensación de paz que me envuelve. Este estado se prolonga todavía un poco más hasta que, tal vez una media hora después de sentarme sobre la esterilla, el leve dolor de mis piernas cruzadas es lo suficientemente molesto como para requerirme salir de la experiencia.

Junto las manos y me doy las gracias por la meditación. Lenta y cuidadosamente, me recuesto sobre la esterilla sintiendo mi espalda retorcida contra el suelo, bendito suelo. Pongo los pies planos sobre el suelo y, poco a poco, coordinando los movimientos con mis respiraciones, voy estirando las piernas levemente doloridas hasta poder reposarlas sobre la esterilla. Permanezco todavía un poco más, relajado, en silencio y en paz, disfrutando de las sensaciones. Un momento después oigo el sonido de Daniela abriendo la puerta.

Miro el contador de palabras: 911. Ya lo tengo casi.

Es una mañana de sábado, con minúsculas. Estoy aquí, sentado, escribiendo las páginas matutinas. Para mí, para ti. Para nosotros. Gracias por estar ahí, al otro lado de esto. Gracias por leer lo que escribo.

¿Y qué más puedo escribir para llegar a las mil palabras? No me gustaría romper este estado, así que lo voy a enriquecer todavía un poco más hasta terminar. Tan sólo veinte palabras más.

¿Cómo disfrutar del día de hoy? ¿Cómo hacer que estas sensaciones, me acompañen durante el resto de la jornada?

Listo.

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