Las reglas de la casa

Viernes por la mañana. Me siento a escribir. Abro la puerta que da a la terraza. Los pájaros trinan a 100 decibelios.

No sé qué desayunan los pájaros aquí. Tal vez es porque nuestra casa da a un patio interior y los trinos resuenan, pero es una pasada. En cualquier caso, hoy el cielo está azul y hace un día absolutamente radiante. Después de diez días de frío, cielo gris y lluvia, de repente es por fin casi verano. Manga corta, ventanas abiertas y pájaros trinando es estereo-sound. Diría “¡Ya era hora!”, pero voy a decir “¡Gracias!”.

El otro día hice una entrada en Facebook para compartir el enlace a esta página y decir que volvía a la carga metafórica. “Vuelvo a la carga” es una metáfora marcial. Tal vez fue la metáfora equivocada, pues vengo, mucho más que eso, en son de paz.

El hilo que vi formarse fue magnífico, con un montón de personas felicitándome por el regreso, alegrándose y dando muestras de aprecio, lo que me alegró mucho. Sin embargo, unos veinte comentarios de ese estilo después, entró un antiguo lector de ESDLV con la intención de cabrearme. Joder, qué cosa más desagradable.

Estoy ahí, en mi casa de Facebook, celebrando el regreso con los amigos, y de repente entra un tipo encabronado y arruina la fiesta. Logró rápidamente su objetivo de cabrearme.

Ahora, tengo un problema con la mala hostia, con la mala leche: paso de cero a cien muy rápidamente. Eso hace que todavía me resulte difícil soltar sus riendas.

Llevo treinta años domando una ira indomable; esa parte de mí que quedó en 1990 atrapada en un bucle en el que lucha por su vida. Lucha con todas sus fuerzas, desesperada y despiadadamente. Biológicamente con todo lo que tiene. No entiende ni de contextos ni de situaciones ni de mesura. Estaba en el colegio jugando al fútbol tranquilamente y de repente está siendo atacada y está a punto de morir.

Esa parte ha estado dentro de mí, congelada, durante treinta años. Date cuenta, por favor, de que estoy compartiendo aquí contigo, con vosotros, esta parte profunda de mí profundamente violada, ultrajada, atacada, humillada, devastada. Eso me exige un ejercicio de valentía que me lleva al límite de mis fuerzas. Lo único que pido es respeto.

Tal vez sea el momento de empezar a dármelo. Yo, a mí mismo; quiero decir.

De ahí las reglas de la casa.

¿Qué hacía ese tipo siquiera entre mis amigos? Busqué en Facebook, por segunda vez en mi vida, la manera de terminar con aquella “amistad”. Lo hice, pero comprobé con disgusto que aquel pobre hombre, ajeno al lugar y al momento en el que se encontraba, seguía expandiendo su miseria. Por primera vez, tuve que recurrir al bloqueo de Facebook.

“No, tú no”. Ese era mi mensaje. Lamentablemente débil esta vez, pero afortunadamente igualmente efectivo.

Si esto fue una bandera roja, en el mismo hilo tuve todavía otra bandera roja más y una bandera amarilla, cosas del tipo “Estoy leyendo esto y me estoy sintiendo mal pero no entiendo por qué”.

Afortunadamente, alguien más estaba allí e intervino, y les explicó a aquellas dos personas, de manera contundente y en su propio idioma, lo que estaban haciendo. Se lo agradecí en el momento y de nuevo más tarde. Le di las gracias por el ejemplo.

Esta mañana me he levantado y, tras desayunar, he ido a mirar con ilusión si había nuevos comentarios. He visto uno de uno de los lectores de antaño, uno de esos a los que hubiera levantado una bandera amarilla de haberlas tenido entonces. Estaba de nuevo aquí.

Le tengo mucho aprecio. Le conozco de su blog y de algunos emails que intercambiamos hace años. Sé de las enormes dificultades que atraviesa en su vida. Hará varios años que le dije:

—Mira, yo te puedo ayudar, pero tú tienes que querer. Si no quieres, yo lo siento, pero tengo un camino que hacer.

Desde entonces no nos volvimos a cruzar.

Ahora está de vuelta, y yo tengo una bandera en cada mano, una amarilla y otra roja.

Sirva esto como larga introducción y contextualización de esta columna titulada “Las reglas de la casa”.

Lo que vengo a decir es: esta es mi casa. Pero no es mi casa de antaño, sino que es otra, porque yo soy otro. Y lo que antes valía, ahora ya no. Y, o te adaptas, o te vas; porque esta es mi casa y aquí mando yo. Valga este aviso a los navegantes. Internet es infinitamente grande.

Llevo un par de semanas con esto. Pasé un año aprendiendo PHP y CSS mientras desactivaba bombas en mi antigua empresa. Ahora puedo hacer mis propios ajustes. Llevo dos semanas plantando semillas, escribiendo con cariño, ajustando el aspecto de la página hasta el último píxel, ajustando la funcionalidad del lugar. Haciendo de este un lugar limpio y confortable en el que se pueda estar a gusto.

Antaño quería que me quisieran, cuantas más personas más, y estaba dispuesto a llegar muy lejos por ello. Tengo mil amigos en Facebook, a la inmensa mayoría no los conozco. Algunos de ellos ni siquiera son mis amigos. Eso es mucha tristeza.

Ahora quiero estar aquí con gente que me aprecie y que me respete, con gente con la que pueda estar a gusto, con gente con la que pueda compartir mis heridas y que miren con respeto en lugar de echar tierra o hurgar con el dedo. Seré estricto; estoy dispuesto a aprender y a practicar. Cuidaré de mí porque me quiero, y estoy aprendiendo a quererme más. Quien tenga otros intereses, será invitado a largarse o se le echará directamente. No se trata sólo de cuidar de mí, sino también de cuidar de los lectores y de esta su casa en Internet.

Así que, si vienes aquí, espero que te quites los zapatos antes de entrar. Espero vengas decentemente vestido. Si traes un obsequio se apreciará.

Si pones los pies encima de la mesa, se te pedirá una vez que los bajes. Si te niegas, se te invitará a marcharte. Si te niegas, se te tirará. Esto vale para cualquiera, porque esta es mi casa.

Este es mi castillo, estas son mis reglas.

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#amor#ESDLV#límites#reglas#respeto

Respuestas

  1. Juanda - 18 de junio de 2020 @ 12:23

    Hola Javier.
    A mí desde hace muchos años que me da gusto leerte, así que estoy encantado de que escribas aquí de nuevo y sólo puedo agradecerte el tiempo que le dedicas.
    Saludos.

    • Javier - 18 de junio de 2020 @ 13:08

      Gracias por tu comentario, Juanda.
      Un saludo y un placer.

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