La plétora de terapias encauzantes (I de II)

Ayer fallé, por primera vez en un mes, las páginas matutinas. Fue un día sumamente movido que empezó cuando nos levantamos a las seis de la mañana. Importante notar que era sábado. La razón del madrugón: participar en la segunda sesión de mi grupo de estabilización (y reorientación).

Así que me estoy estabilizando y reorientando, y eso bien vale la pena un madrugón en sábado. Pero además de eso había un plus: directamente después de la sesión de estabilización nos iríamos a Ausburgo, donde viven los padres de Daniela. Así que había que ir a por el coche, traerlo a casa, cargar las cosas y salir hacia la susodicha estabilización.

Aparcar en Múnich es asunto peliagudo, especialmente por el centro. En nuestro barrio, por ejemplo, sólo se puede aparcar con un permiso especial que hay que pedir al ayuntamiento y del que carecemos, así que solemos aparcar a unos quince minutos andando de casa, en un lugar más apartado en el que suele haber sitio. Así, paseo hasta el coche, conducción de vuelta, carga de bártulos y partida.

Después del grupo de estabilización, en el que por fin empezamos a dibujar, condujimos hasta Ausburgo. Allí, celebración del cumpleaños de una sobrina adoptiva de Daniela. Fiesta por todo lo alto con piñata incluida que terminó a eso de las nueve de la tarde. Luego a cenar y al catre. Imposible escribir las páginas matutinas.

Ese es, afortunadamente, un asunto sumamente menor, incluso por mucho que quiera flagelarme al respecto. Sí, ayer fallé, pero es la primera vez en un mes. He cumplido con más que creces. Además tenía seis columnas ya escritas en la recámara; así que, incluso con la carencia, de ayer tuvisteis vuestra columna como cada día. Bien puedo felicitarme por ello porque sigo muy bien encarrilado.

Y hoy estoy aquí, en este domingo, en el Waldheim, la casa del bosque, que llaman. En los lindes de un precioso bosque, rodeada de altos árboles y pájaros que trinan con estruendo en la mañana, y aquí amanece muy pronto. El portátil, un Fujitsu Siemens del año de la carrasca al que también le puse Lubuntu, sobre la mesa. Llámame el resucitador de portátiles moribundos. Detrás, una amplia explanada verde rodeada de frondosos árboles. Paz, tranquilidad y el eventual crujido, de vez en cuando, del techo de uralita desperezándose a medida que el sol aparece y desaparece entre las nubes. Me quito las zapatillas para estar más cómodo. Alucino un poco más con cómo me enrollo y me enfoco en el tema central de hoy antes de irme por las ramas de nuevo.

El otro día dejó Jose un comentario (gracias Jose):

«¿Has pensado en escribir acerca de las conclusiones del proceso? Por ejemplo cuáles fueron las estrategias de éxito y cuáles los caminos sin salida a lo largo de estos años, aciertos y equivocaciones, estados de ánimo… Sin necesidad de incidir en intimidades ni hechos concretos, por supuesto. Seguro que resultaría inspirador para muchos sin necesidad de enfangarte en sus problemas».

Gracias por tu pregunta.

Pues sí, lo he pensado, pero:

1. El proceso sigue en marcha. Todavía me queda terminar de meter vértebras en su sitio, y con ellas tendones, cartílagos y músculos. Ya queda menos, pero todavía queda. Y luego todavía quedará terminar de estabilizar el asunto a nivel emocional. Hoy estuve llorando una vez más. Qué alivio, que imagínate las ganas de celebración multitudinaria que tuve ayer en el estado en el que estoy.

2. Me da que voy a tener pocas ganas de escribir acerca del asunto, así en profundidad, en los próximos años. Me conformo con alegrarme de seguir dejándolo atrás poniendo cada vez más distancia.

En cualquier caso, es un asunto interesante el que propones, así que haré algunas reflexiones en la columna de hoy en torno a la sugerencia que me haces.

Al principio del proceso de recuperación, que empezó en 2008 cuando descarté suicidarme y encontrar lo que me ocurría, comenzó la etapa de descubrir el Big Crunch. Estaba verdaderamente perdido. No sabía por dónde empezar y empecé a dar palos de ciego.

Hubo algunas cosas que probé entonces y que finalmente descarté por diferentes razones. Podemos empezar por la reflexología podal.

La reflexología podal consiste en la idea de que las diferentes partes del cuerpo están reflejadas en los pies y que por tanto, estimulando estas partes, se puede estimular las partes reflejadas. Por desconocimiento, básicamente, me abstendré de hablar acerca del reconocimiento de esta disciplina, de los estudios que la avalan o la desacreditan y otros asuntos relacionados. Procuro respetar a la gente y lo que hace. Todos tenemos buenas razones.

Yo llegué a esto porque la chica con la que salía entonces tenía una consulta en la que prestaba este servicio. Ella era enfermera y, poco a poco, se había ido interesando por el asunto hasta el punto de hacer este tipo de… ¿masajes? ¿estimulaciones? ¿intervenciones? Una vez me hizo una sesión y, posteriormente, acudí a su consulta un par de veces.

Yo noté poca cosa, la verdad. Lo que sí que me impresionó fue el hecho de que pudiera dedicar tres cuartos de hora a masajearme los pies, una parte de mí a la que yo prestaba muy poca atención, lo cual me impresionaba doblemente. Lo que hacía me llegaba como un acto de amor y humildad, y por tanto me resultaba impresionante. Si ella podía dedicar una hora de su tiempo a frotar y presionar mis pies, yo bien podía cuidarme un poco más y tratarme con un poco más de amor y respeto. Tal vez no fuera un horrible monstruo después de todo. Más allá de eso, poco más puedo decir; pero esto que digo ya es muchísimo en sí mismo.

A lo largo de los años he ido desarrollando una cierta actitud de apreciación que me ha ayudado en el camino. Esta actitud me ha hecho darme cuenta de que, en cada paso que he ido dando, algo valioso he encontrado. Incluso cuando me equivoqué y di un paso en una dirección que descarté, algo de valor encontré en ello todavía más allá del valioso hecho en sí mismo de descubrir que, tal vez, otra dirección sería más apropiada para mí. Es como cuando navegamos en un velero: podemos seguir avanzando incluso con el viento en contra.

Otro asunto similar, y al que llegué también a través de esta chica, a la que le guardo un gran cariño por la paciencia y la amabilidad con la que me trató, fue el reiki. El reiki consiste, básicamente y perdón por la ignorancia, en sanar mediante la imposición de manos. También probé eso.

Esta chica hizo un curso y quiso probar conmigo. Yo estaba abriéndome a lo que fuera necesario. Ten en cuenta que yo era matemático y cuadrático. Venía de estudiar una ingeniería industrial. Para mí la vida se podía expresar en números y en fórmulas. Más allá de eso se abría el formidable campo de las paparruchas y el cantamañanismo.

Me presté a una sesión de reiki. De hecho, a dos. Funcionó más o menos como lo de los pies, pero me llamó la atención el hecho de que, cada vez que ella ponía sus manos sobre mi cabeza, un grandioso dolor de cabeza se apoderaba de mí. Esto hizo que me interesara lo suficiente por el asunto como para recurrir a los servicios de una mujer que hacía sesiones de reiki… «profesionalmente».

Hasta lo que supongo que sería la casa de esta señora marché aquella mañana, con mi matematismo y mi formulismo, venciendo grandes resistencias internas, para una sesión de reiki. La cosa funcionó más o menos como lo había hecho antes. Yo podía apreciar el valor del tiempo que aquellas personas me dedicaban y el enorme dolor de cabeza que surgía de mi sesera al poco de que alguien me pusiera las manos sobre la testa.

Si me lo tuviera que explicar, y vive Dios que tuve que hacerlo, diría que el contacto humano tiene una propiedad importante, y es la de dirigir la atención hacia la zona tocada. El contacto humano tiene al menos una segunda propiedad importante: estimula. ¿Me había tocado alguna vez alguien la cabeza? Puede sonar absurdo, pero de pronto se me hacía patente que tenía una cabeza. Podía sentir su forma. Para mí, entonces, si no venía algo ese algo no existía. Mi cabeza por tanto no existía, pero aquellas manos sobre la misma me servían de recordatorio de que, aquella parte importante de mí sí estaba allí y además tenía un mensaje importante. Lo podrías resumir así: pupa.

Desde entonces he leído en periódicos y diferentes publicaciones los resultados de diferentes estudios al respecto de los beneficios del contacto humano. Las conclusiones: el contacto humano tiene cualidades sanadoras. Si me preguntas a mí, el contacto es una necesidad humana fundamental. Su carencia prolongada provoca enfermedad y su ausencia es representativa de la misma. Para vibrar, sanar y prosperar necesitamos tocarnos. Sorpresa: somos seres sociales. Eso sorprendió notablemente a mi cabeza.

Con los años me di cuenta de que una gran parte de mí se encontraba entumecidamente dolorida. Una de esas partes era mi cabeza. Las manos sobre la misma penetraban en el entumecimiento, despertando y estimulando mi cabeza, y hacían evidente la enorme cantidad de dolor que allí se acumulaba. Por entonces yo me vanagloriaba de nunca tener dolores de cabeza. Puedes darte cuenta, con este pequeño ejemplo, de lo idiota que he podido ser.

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#aprendizaje#camino#hipnosis#homeopatía#pruebas#reflexología#reiki#terapias

Respuestas

  1. Mario - 9 de julio de 2020 @ 09:06

    Eres muy duro contigo mismo Javier.

    • Javier - 9 de julio de 2020 @ 10:01

      Sí, vengo dándome cuenta de esto desde hace algún tiempo. Gracias por mencionarlo.

      ¿A qué te refieres específicamente?

  2. Mario - 9 de julio de 2020 @ 09:13

    Casi todo el mundo tiene dolores físicos inconscientes que hemos aprendido a olvidar.

    O al menos muchas personas.

    No creo que estas personas sean idiotas y los seres humanos elaboramos muchas estrategias de defensa.

    Igual cuando éramos pequeños aprendimos a insultarnos cuando nos equivocábamos, pero a mí me parece una estrategia bastante cuestionable. Como adultos no se porque razón, Parece que cuando fallamos cometemos un error o nos equivocamos al insultarnos pareciera que apareciéramos como más responsables y conscientes. Yo no estoy del todo de acuerdo con este último, Pues al final eso retroalimenta el circuito de la culpa que en última instancia también tiene parte que ver en los errores que cometemos.

    Menuda parrafada resultado he soltado. Igual me he puesto hablar de mis cosas, partiendo de tu pequeño auto insulto. Un abrazo Javier

    • Javier - 9 de julio de 2020 @ 10:03

      Jejeje, está bien. Las parrafadas son aquí bienvenidas 🙂

      Me refería a que un idiota es para mí alguien que entumece su dolor y lo olvida y a partir de ahí hace idioteces, en su ignorancia y su inconsciencia. Pero vamos, estoy abierto a paradigmas más compasivos.

      Un abrazo, Mario 🙂

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