La D

Entré en la tienda de guitarras de la Pariserstrasse que, por cierto, según la reseña en Google había sido fundada por el guitarrista líder de los Scorpions. ¿Los Scorpions? Por supuesto: “Still loving you”, que venía en el recopilatorio de “Noches de blanco satén”, y también “Wind of change”, que al parecer soó fuerte por aquí cuando cayó el muro de Berlín.

No sé si me atendió él. No creo. No parecía tan mayor. Me imagino al guitarrista líder de los Scorpions con una barba blanca y hecho polvo.

Otro de esos pequeños recados estresantes. Voy a comprar una cuerda de guitarra pero me siento como si fuera a desenterrar una mina en la playa de Omaha. En el frío y la fina lluvia, me puse la mascarilla y empujé la puerta.

Ahora tengo mi guitarra acústica Yamaha aquí, desde que en verano me la trajera entre el equipaje que metí en el coche. Además de la maleta, el monitor y la guitarra. Estas cosas enseñan acerca de uno mismo, y sigo con la sensación de que sigo minusvalorando estos aprendizajes. ¿Cómo hago para valorarlos en su justa medida?

Hasta entonces estuve tocando una guitarra española, aquí las llaman “clásicas”, que me prestó la hermana de Daniela. Una de esas guitarras para que los niños aprendan… o no. Yo la recibí con un profundo agradecimiento. Ha habido épocas en las que toqué cada día; ahora algunas veces a la semana. Sigo disfrutando de descubrir lo bien que puede sonar mi voz a medida que las vértebras van entrando en su sitio y mi pecho puede llenarse de aire y resonar.

El caso es que se rompió la cuerda. Con un crujido y un “zwwwinnnnnng“, un día la cuerda se deshilachó y quebró. Extraje los extremos y metí en la lista de tareas una nueva entrada:

“Comprar cuerda de guitarra”

—Buenos días. Venía a por una cuarta cuerda de guitarra española.

—¿La D? —me preguntó el hombre, que definitivamente no tenía aspecto de haber hecho los solos de “Wind of change”.

¿Cómo que la D? La cuarta.

—La cuarta —respondí.

—¿La D? —replicó el hombre de nuevo.

Caray. Repasé el cordaje de la guitarra. Mi, La, Re, Sol, Si, Mí… Sí, la D.

—Sí, la D.

La D. Claro, la D.

El hombre rebuscó en un cajón con mucha atención. Finalmente extrajo un sobrecito de plástico.

—Aquí tiene. Son tres euros.

Caray, tres euros. ¿Cuánto costarán todas juntas? ¿Quince?

¿Cuándo fue la última vez que compré cuerdas de guitarra? ¿Las pagué en pesetas?

Pero qué más daba. Necesitaba la cuerda. Ahora que tenía la guitarra acústica que me había traído de España, quería cambiar la cuerda rota a la guitarra española, meterla en su funda y devolvérsela a la hermana de Daniela en la próxima visita a Augsburgo.

—Aquí tiene.

Me despedí y salí de nuevo a la calle. La mina no había explotado. Había sido un momento tenso, pero seguía vivo. Caminé por la arena de la playa sintiendo la fría brisa y oyendo el sonido de las olas.

Llegué a casa y me puse a hacer otras cosas. Dejé la cuerda en su funda de plástico, hábilmente enrollada en su interior cual fina ensaimada metálica, sobre la mesa junto a la cocina.

Por la tarde, saqué la guitarra española del armario, cogí la cuerda y me senté en el sofá.

Tomé una inspiración y volteé la guitarra.

Una, dos, tres, cuatro…

No podía ser. Uno dos tres cuat…

Mierda.

No era la cuarta; era la quinta.

No era D, era A.

“¿La D?”, preguntó el hombre de nuevo en mi cabeza.

No, la puta A.

Qué bella metáfora musical para explicar tantas cosas en mi vida.

Gracias por la lección.

Otra vista otoñal de la Johanneskirche
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#aprendizaje#cuerda#guitarra#música

Respuestas

  1. Dani - 30 de octubre de 2020 @ 12:41

    Jajajaja. Lo siento pero no he podido evitar reírme, también porque recordaba cuando contaste la primera parte en el podcast e insististe mucho en que el hombre te preguntaba si la D….

    • Javier - 31 de octubre de 2020 @ 11:08

      Jejeje. Lo comprendo. De hecho a mí me recordaba a chiste de Eugenio de un tipo que iba al oculista…

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