Internet en casa

La hostia. Hoy ha venido el técnico a poner Internet en casa. Menudo cifostio. De hecho, todavía está poniendo el Internet en casa. Le oigo regirar en el sótano.

Lo principal que he aprendido de la experiencia es la diferencia entre una vivienda y una casa. En nuestro caso, la casa tiene dos viviendas. Y no se trata de poner Internet en una vivienda, que suele ser algo así como “por ahí viene el cable y aquí enchufamos el router”; se trata de poner Internet en una casa, que es más como… bueno, viene a ser lo mismo pero con mucha más mala hostia porque ha habido que lidiar con mi suegro que es el propietario, y ha habido que bajarlo del andamio bajo la lluvia, donde estaba pintando unos maderos del tejado, para que diera su opinión acerca de por dónde habría que tirar los cables y por dónde hacer los agujeros.

Qué mala hostia. Qué habilidad para expresar su ira. Qué gran maestro para mí.

Yo, que acumulo cantidades industriales de ira reprimida, ya estoy disfrutando de aprender de su ejemplo.

Ha sido de hecho un choque de titanes: mi suegro versus el técnico de Vodafone. Impresionante. El primero viene enfadado por defecto; el segundo debía de venir ya calentito y el hecho de que en el encargo se hubieran equivocado con el número de la casa no ha hecho para mejorar su estado de ánimo.

—El encargo es para otro número. Yo me marcho —decía.

—¿Cómo? —replicaba yo flipándola.

El choque de titanes ha comenzado en el rellano y se ha desplazado pronto al sótano, donde los gritos entre las dos personas, que se acababan de conocer, han ido subiendo de nivel. Ha sido algo impresionante. Yo iba de aquí para allá sintiéndome como una pluma batida por la tormenta.

Por lo demás, algunas vértebras algo más en el sitio y hoy hecho una ruina, llorando un par de veces y dándome cuenta de que todavía me da vergüenza reconocerlo aquí. Pero vamos; con la verdad por delante.

Hemos avanzado algo más vaciando cajas y llenando armarios, y ya me ha surgido una oportunidad para trabajar con mi cuñado vendiendo armas, óptica deportiva y microscopios. Mi vida es puro surrealismo.

Ahora, horas más tarde de todo esto, tras el paseo vespertino y la cena, ya estoy algo más tranquilo y relajado.

Al final el técnico ha puesto el router en el sótano. Al parecer el vecino de arriba tiene el Internet por el cable telefónico y a nosotros, por tener contratado medio Giga, nos llega la conexión por el cable de la tele, que parece que aquí lo aprovechan para tirar los bits. Desde el sótano llegaba la señal débil a las habitaciones, así que he puesto un repetidor en un enchufe más o menos encima de por donde queda el router y ahora tenemos Internet a tope por toda la casa.

Con Vodafone, pagamos 53 euros al mes por el medio Giga. He hecho una prueba de velocidad y han salido unos 150Mbits/s de descarga. El vecino me ha comentado que tiene unos 30, lo que le da para llamar por teléfono y ver la tele. Siguiendo las indicaciones de mi suegro, y la verdad que para aprovechar el pedazo de tarifa que tenemos, le he propuesto al vecino compartir la conexión y los gastos, a lo que ha accedido. Así me ahorro cambiar la tarifa, que los enfrentamientos con las compañías telefónicas me dan mucho miedo.

Y con esto podemos decir que, por fin, tenemos Internet en casa.

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