Hipnosis y meditación (I/IV)

En la columna de ayer, “El logo vectorizado“, a propósito del futurible producto de serie de audios de hipnosis que podría crear y poner a la venta en los próximos meses, Adrián hacía algunas preguntas acerca de las distinciones que hago entre hipnosis y meditación. Empecé a responder en el comentario pero lo hice por encima, más por encima de lo que podría hacerlo, y al darme cuenta me reservé esta columna de hoy para explayarme más acerca de este asunto. Vamos con ello.

Nota: Escribo esto ya durante la edición. He terminado escribiendo lo que creo que van a ser cuatro columnas, aunque me parece que ya lo has podido intuir al ver el título. Es domingo, Daniela está ocupada con un curso y puedo dedicar mucho tiempo a esto. Por ello doy gracias.

Empecé a meditar en 2010, creo recordar. Hacía un par de años que había vuelto de Alemania, había resuelto seguir viviendo en lugar de suicidarme, había descartado matricularme en Psicología y había empezado a estudiar PNL en su lugar. Por entonces iba ya por el Master, el segundo curso.

Eso me animó.

Con la PNL había comenzado a aprender reencuadres y comprensiones que me permitían asumir la responsabilidad de lo que me ocurría y técnicas que podía aplicar conmigo mismo para que me fuera mejor. Estaba funcionando, y eso fue un gran cambio y alivio para mí. Venía de veinte años de hundirme en el fango sin que pudiera hacer nada al respecto y, por fin, poder hacer algo para empezar a hacer pie era muy esperanzador.

Por entonces salía con una chica que practicaba el budismo. Acudía al centro budista de Valencia regularmente y, de la misma manera, practicaba meditación. Un día, me propuso meditar juntos. Pasamos diez minutos en la penumbra de una habitación en silencio. Fue una experiencia extremadamente rara y desagradable.

Pero algo debió de calar en mí porque, en las siguientes semanas, estuve dándole vueltas recurrentemente a la idea de meditar, cada vez con más intensidad. Un día, finalmente, me atreví a meditar yo solo.

Me senté en silencio una silla en la penumbra de una pequeña habitación. Lo que ocurrió a continuación me dejó entre horrorizado y aterrorizado.

Afortunadamente, por entonces, yo estaba más o menos instruido en la mente. Suena un poco raro, pero en PNL se aprende mucho acerca de la mente. Eso me ayudó ya mucho entonces, y probablemente me posibilitó el acercarme en primer lugar a aquella experiencia de meditación.

En la mente, básicamente, podemos hacer imágenes y sonidos. Eso es todo lo que podemos hacer. Después, tanto en un canal como en el otro, podemos hacer un enorme abanico de posibilidades y también de combinaciones. Pero, grosso modo, imágenes y sonidos. De eso se compone la mente. Este entendimiento y comprensión me permitió, al menos, echar un vistazo a lo que ocurría dentro de mí. Lo podría describir, como digo, como una mezcla de horror y terror.

Oía como cuatro o cinco o seis voces gritando en mi interior. Iracundas, furibundas; moviéndose de un lado al otro. De fondo, el sonido de un tren; ruidos inidentificables moviéndose constantemente, sonando a un volumen atronador.

En cuanto a las imágenes, enormes imágenes borrosas desplazándose continuamente, entrando por un lado, saliendo por el otro, oscuras, cambiando tan rápidamente que me resultaba imposible identificar siquiera de qué se trataba.

La combinación de los sonidos y las imágenes componía un espectáculo terrorífico. Todo era tan rápido, tan inquietante, tan abrumador. Tan caótico.

Esa primera meditación debió de durar entre 20 y 30 segundos. Después de eso, me levanté como un resorte, salí de la habitación y seguí haciendo cosas sin parar.

Me di cuenta de que no podía parar. Tenía que hacer cosas una detrás de otra. Cuando me detenía, aquello era lo que ocurría.

Aquella primera experiencia de meditación me condujo al horror, al terror, al pánico. Fue algo horrible, ciertamente difícil de describir y de digerir para mí entonces. Incluso con más de un año de PNL a mis espaldas, quedé profundamente conmocionado por aquello.

Por entonces yo vivía solo. Pasaba la mayor parte de mi tiempo solo. Salía de casa para comprar comida y para cualquier otra cosa que no pudiera eludir. No tenía a nadie con quien hablar de aquello. Me asusté. Me asusté muchísimo. Pasaron meses antes de que volviera a atreverme a meditar.

Meses después, volví a sentarme a meditar. Fue igualmente una experiencia bastante aterradora de que debió de durar cosa de un minuto. Quince días después, medité un minuto más.

A lo largo de los meses, poco a poco, fui meditando cada vez más a menudo, cada vez más tiempo. Primero cada semana un par de minutos, luego un par de veces a la semana tres o cuatro minutos. Con el tiempo, empecé a meditar varias veces a la semana varios minutos en cada ocasión. Era una experiencia horrible cada vez. Tenía que forzarme a ello.

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