Gracias, mosca.

Tal vez recuerdas que, hace casi una semana, hice lo que llamé «la prueba de la foto». Puse una foto a una de las columnas, una foto de un lago. Pues bien, hoy ha salido publicada. Sigue habiendo un desfase, creo que todavía de seis días, entre lo que escribo y lo que publico. Esto causa un poco de confusión, pero ahora que he conseguido fortalecer este hábito, me resulta más fácil seguir escribiendo que dejar de hacerlo. Este es el poder de los hábitos (poner sonido de golpe de orquesta). No, en serio: es algo sumamente poderoso.

Tenía ganas de ver cómo quedaba. Supongo que en el ordenador se ve como me salía a mí en la vista previa, o sea, bastante molón. En el teléfono móvil, sin embargo, me he llevado un chasco: la foto se ve muy pequeña. Debería extenderse de lado a lado de la pantalla para aprovechar el espacio pero no lo hace. No pasa nada; para eso son las pruebas. Ahora toca meterle mano al CSS, en particular a la parte en la que se especifica cómo se van a mostrar las cosas cuando se vean en una pantalla pequeña como puede ser la de un teléfono móvil. Pero eso será después de las páginas matutinas.

Hoy es miércoles, y ya hacer calor de buena mañana. Me he levantado a las ocho y he salido a correr. Daniela todavía duerme, así que, de vuelta, aprovecho para escribir las páginas matutinas. Pero ya hace calor.

Estaba previsto. De hecho, nos queríamos haber marchado ayer; pero viendo la previsión, Daniela se tomó un día más de vacaciones para disfrutar del buen tiempo. Después de todo, estamos en verano, y hemos tenido unos días bastante frescos y uno lluvioso. Pocas cosas tienen aquí más valor que un día caluroso y soleado. Lo que están dispuestos a pagar por volar a Mallorca o a las islas Canarias. Después de haber vivido ya seis años en Alemania (4+2), lo comprendo muy bien.

Y hoy hace calor. Son las nueve de la mañana y el sol está ya muy alto sobre el horizonte. El cielo está despejado y se nota la pesadez calurosa en el aire. Yo estoy aquí de nuevo, a las teclas del viejo portátil, sentado con vistas al jardín y cumpliendo con este ritual matutino. Pero con esto ni siquiera he llegado a la mitad de las mil palabras para hoy.

Daniela quería que escribiera una columna titulada «Historia de amor con una mosca», pero no estoy por la labor. Sin embargo me hace gracia. Cuando las cosas se ponen aburridas, la emoción se encuentra hasta en las cosas más pequeñas. Sólo es cuestión de cambiar el enfoque. Hagamos un pequeño ejercicio aquí.

Estábamos cenando en una de estas mesas bajo el techo de uralita. Ya era casi de noche y los últimos rayos de sol del día iluminaban todavía tenuemente el jardín. Me giré para tomar el gran vaso de cerveza de trigo y reparé en una mosca sobre la mesa. Lo que más me sorprendió es que ni se inmutó en mi movimiento; todo mi brazo había pasado por encima de ella. Le dio igual.

Repetí de nuevo la operación. A la mosca no le importó una mierda, hablando pronto y mal. Me quedé mirándola.

Caminaba lentamente y se detenía a cada poco, succionando repetidamente el mantel como si allí se encontrara su cena. Era una mosca algo más pequeña de lo habitual y sus alas estaban algo más paralelas al cuerpo de lo que suele ser común en otras moscas. Por lo demás, era una mosca normal y corriente, salvo que parecía que le habían quitado el miedo.

Le pasé la mano por encima un par de veces más. Después puse mi dedo índice en vertical sobre ella y lo hice descender lentamente. Le dio igual. Bajé el dedo hasta prácticamente tocarla. Podría haberla acariciado. Yo no había visto nunca nada igual: aquella mosca no me tenía miedo en absoluto.

Dejé caer mi dedo un centímetro por delante de ella hasta hacerlo reposar sobre la mesa. La mosca reculó algunos pasos e, inclinándose hacia delante como indignada, parecía recriminarme la maniobra incluso amenazante. Decidí dejarla en paz. La mosca continuó su paseo succionador. Yo continué con mi cena.

Me di cuenta de que le había tomado cariño. Nos habíamos hecho amigos. Sentía aprecio y admiración por aquella pequeña mosca que vivía con un coraje inusitado, casi insultante, con desprecio a aquellos humanos como yo, temerosos de todo y, especialmente, temerosos de morir. Aquella pequeña mosca vivía a tope, y yo apreciaba sus enseñanzas de insecto pero, sobre todo, de ser vivo.

Cené, ufano, a su lado; tomando algo de pan y queso, extendiendo mi mano repetidamente sobre ella para beber de mi cerveza de trigo. De alguna manera creí que nuestra amistad duraría para siempre o, al menos, mientras yo quisiera.

Entonces me volví una vez más a por una trago de cerveza para darme cuenta, apesadumbrado, de que ella ya no estaba allí. Sin previo aviso, sin una despedida, había tomado aquellas extrañas alas y había volado más allá de la mesa, a otro lugar.

Me sentí hasta despechado. ¿Cómo había podido hacerme algo así? ¡Creía que éramos amigos!

Pero ya no estaba, y de pronto un extraño vacío se hizo notable en mi interior.

Gracias mosca. Gracias por tus breves y diminutas pero poderosas enseñanzas acerca de vivir con coraje y con valor.

Y algo así sería sería la historia de amor con una mosca.

A veces me encuentro con personas que dicen que no saben escribir. Para saber escribir sólo hace falta experiencia, y para tener experiencia sólo hace falta practicar. Para practicar hay que estar dispuesto a equivocarse, hay que estar dispuesto a hacerlo mal. Hay que estar dispuesto a poner esa foto y que se vea mal. Da igual. Es un paso más que ayuda a preguntarnos: «¿Cómo sería si se viera bien?» y aprender a distinguir el bien y el mal. Aprender a distinguir lo que todavía no está como queremos que esté, dándonos por tanto la oportunidad de hacer algo nuevo y diferente.

¡Gracias mosca!

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Respuestas

  1. Dani - 7 de julio de 2020 @ 13:48

    Buena historia!!

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