El libro gordo de Petete

Esta mañana, mientras desayunábamos en la terraza, disfrutando por fin de una mañana calurosa desde los primeros rayos de sol del día, hablábamos acerca de cortes de pelo. ¿Por qué una raya en el lado? ¿Por qué no en el centro? Algunas mujeres llevan la raya en el centro, pero ¿qué hombres se hacen una raya en el centro? Entonces me acordé de Petete.

Me empiezo a sentir como el abuelo cebolleta, contando historias de mi infancia, dándome cuenta de que cuento los años por décadas ya con una cierta soltura. Me resulta impactante, pero me estoy haciendo mayor. Ya no soy un chaval.

Tengo 44 años. Desde hace un par, por ejemplo, por las mañanas veo las cosas borrosas, muy borrosas. Me lleva como una hora enfocar las cosas, lentamente. He ido posponiéndolo, pero por fin, la semana pasada, pedí una cita para el oftalmólogo. “Vista cansada” dirá seguramente, pero en alemán. Lo primero es deprimente pero lo segundo lo hace un poco más excitante. Pero sí, me estoy haciendo viejo, y lo primero es aceptarlo. Lo acepto.

Pero me acordaba de Petete, y se lo tenía que explicar a Daniela. ¿Qué era Petete? ¿Era una patata? ¿Era un animal? ¿Era un pingüino? ¿Llevaba un gorro? Unos compases después conseguí enfocarme en el origen de mi argumento: Calculín, el amigo listo de Petete.

Petete explicaba el mundo a los niños. Molaba mucho: por qué cae el agua de lluvia, cómo se forma. Por qué los ríos descienden por las montañas. Por qué el agua puede estar fría o caliente. En fin, esas cosas de cultura general por las que los niños se interesan en su tierna infancia. Cuando las cosas se ponían complicadas, entonces Petete recurría a Calculín, que ese sí que lo sabía todo.

Calculín se peinaba con la raya al medio. Tenía como una especie de libro abierto sobre lo alto de la testa, con las páginas cayendo a ambos lados repartidas por igual. Como diseño de personaje era un auténtico puntazo, pero por entonces yo no me interesaba por esas cosas; solamente disfrutaba.

Cada semana me lo compraban mis padres y yo lo devoraba ese mismo día. Los íbamos coleccionando y, cada cierto tiempo, tal vez una vez al año, se encuadernaban todos los fascículos en un “Libro gordo de Petete”. Era lo más.

Y hoy recordé que, de mano del libro gordo de Petete, hice una de mis primeras salidas en solitario al mundo exterior, enfrentándome yo solito a los peligros de la gran ciudad. Me pregunto qué edad tenía. ¿Seis? ¿Siete?

Tenía que salir del patio, caminar por la acera a lo largo de la manzana, detenerme en el semáforo, esperar a que el muñequito se pusiera verde y cruzar. Entonces me llegaba al kiosko y compraba el libro gordo de Petete. Excitación al máximo.

Que yo recuerde, fue la primera vez que salí solo a la calle. Mis padres me dieron el dinero, tengo en mente 65 pesetas. Dios, me siento viejo y oliendo a naftalina, pero también muy tierno.

—Por favor, ¿me puede dar El Libro gordo de Petete?

—Claro niño. ¿Tienes el dinero?

—Sí, aquí está.

—Ah, muy bien.

Y conseguí sobrevivir de vuelta, porque me imagino que debí de volver a casa con la cabeza metida entre las páginas.

Por primera vez en mi vida salí solo de casa. Eso fue una gran proeza, una gran hazaña. Me enfrenté por mí mismo a los misterios y los peligros de la gran ciudad, con sus semáforos y sus complicados códigos de colores, con sus coches, con sus lobos de caperucita y su hombre del saco.

Han pasado casi cuarenta años y me siento casi igual. Cuando salgo de casa suelo salir con Daniela. Eso lo hace más llevadero. No lo confieso, pero salir solo de casa me impone respeto. Durante un tiempo me dio pavor. Me resulta difícil y vergonzoso admitirlo y compartirlo. Reconocerlo es el primer paso, y lo hice hace tiempo. Ahora, compartirlo… ese es otro cantar. Hacen falta algunas cosas más para poder compartirlo aquí en esta página. Mírale, tan buen mozo, a sus 44 años y con su 1.90 metros de altura, y se hace caquita cuando sale de casa. Pues no me hago caquita, pero sí que paso mucho miedo.

—¿Pero qué te da miedo, Javier?

Pues que un coche se suba a la acera y me atropelle, que ese tipo con mal aspecto se me acerque y empiece una conversación que se ponga rápidamente chunga, que cuando estoy esperando el metro venga alguien por detrás y me dé un empujón y me tire a las vías. En fin, ese tipo de cosas. Lo que sea con tal de ponerme el corazón a 150 y bombear un poco de adrenalina y mantener el dolor fuera de mi consciencia. Es un precio alto a pagar por entumecer el dolor, pero así está la cosa. Podría beber un poco de alcohol, coraje líquido, pero prefiero hacer todo esto a pelo, recuperándome y aprendiendo a convertir el dolor en un maestro. Un maestro severo que descubre todos los engaños.

Afortunadamente, el trabajo diario no es en vano, sino que da sus frutos. Lenta pero sistemáticamente. En la vida no hay atajos, y eso también lo enseña el maestro del dolor de maneras muy claras: cada paso debe ser dado conscientemente y, para ir lejos, hace falta dar muchos pasos. Cada paso se hace desgraciadamente sumamente pequeño, pero sigue siendo un paso y sigue contando, y el maestro del dolor enseña a apreciarlo.

¿Qué tiene que ver esto con el libro gordo de Petete? A mí también me sorprende.

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