Amor por el aspirador

Esta mañana tampoco salí a correr. Ya van tres días seguidos. Todavía metiendo las vértebras lumbares en su sitio, elegí practicar una yoga uncrunching session antes que echarme a la calle a dar una carrera.

Lo bueno de trabajarme tanto la columna vertebral es que le estoy pillando el tranquillo. Llevo casi ocho años metiéndome las vértebras en el sitio. Cuando por lo que sea se salen, sé ponerlas en su lugar con cierta rapidez y eficacia. El día después de los latigazos lumbares ya estaba mucho mejor y, esta mañana, después de la tercera sesión de yoga consecutiva, todavía progresaba adecuadamente. Cuando estén todas en línea, de la primera a la última, esto se va a sentir muy bien. Qué gran importancia tiene eso. Desde luego ha sido una de mis constataciones fundamentales en este proceso.

Tras la sesión de yoga, meditación. Algo menos de media hora hoy, pues la familia se ha levantado relativamente pronto. Con tan poco dolor y retorcimiento ya, las meditaciones se hacen, en algunos momentos, realmente agradables. Me siento como una trucha ascendiendo por los torrentes de mi percepción hacia ese lugar pacífico y en calma hacia el que se precipita la información que traen mis sentidos. Esa sería una buena manera de describirlo.

Así que, hasta ahora, casi hacia el mediodía, no había tenido un momento para sentarme y escribir la columna del día. Siento el retraso.

La verdad es que había sido muy agradable, en los últimos días, haber podido completar la escritura antes del desayuno. Más que nada por la rutina, por tener un momento fijo del día, tranquilo y sosegado, en el que poder sentarme y escribir.

Nos acabamos de hacer el tercer test rápido de la última semana. No, el cuarto. También negativo. Nos vamos a tener que ir rindiendo a la evidencia: estamos sanos. Demos las gracias por ello.

Hace un par de días, el mismo día de la inauguración, tuve que bajar el Bobbycar al sótano. A última hora de la tarde, Luqui se empeñó en empujarlo arriba y abajo. Sin supervisión, apenas tarda un momento en atascarlo contra una pared o una puerta, con la consiguiente frustación y rotura a llorar, así que tuve partirme el lomo agachándome, caminando casi en cuclillas, recorriendo la casa arriba y abajo y dirigiendo al vehículo con el pequeño volante. Así que, cuando Luqui se fue a dormir, cogí el Bobbycar y lo bajé al sótano. Suficiente.

Al día siguiente, estaba muy contento de ver que Luqui se entretenía con sus otras cosas habituales.

Sin embargo, está descubriendo los secretos del armario de mi habitación. En particular el aspirador.

Luqui adora el aspirador. Sacarlo y pasarlo es una baza segura cuando Daniela se pone a trabajar y Luqui ya ha destruido torres de piezas de construcción en madera, cuando hemos jugado arriba y abajo con el arco iris desmontable que nos regaló mi hermana, cuando los cochecitos de madera han recorrido el comedor en todas sus direcciones muchas veces y cuando hemos jugado al fútbol y tocado el piano. Cuando todo falla, queda el aspirador.

Además de por el entretenimiento, resulta práctico pasar el aspirador a diario, pues es mucho lo que Luqui tira al suelo, especialmente en la cocina. Mientras lo paso, Luqui explora los botones. Un par de veces ha logrado apagar el aparato. Cuando terminamos la faena, le enseño cómo el otro botón recoge el cable. Fascinación.

Pero Luqui quiere empujar el aspirador por toda la casa.

El aspirador responde peor todavía que el Bobbycar. Con dos enormes ruedas, sin el tubo que lo estabilice como una cometa, tiende a girar sobre sí mismo. Luqui se desespera, así que hay que ponerle el tubo y tirar de él por toda la casa mientras él empuja alegremente.

Después de dos de estas sesiones, una por la mañana y otra por la tarde, el regreso del Bobbycar se convirtió en una idea atractiva.

Esta mañana bajé de nuevo al sótano. De hecho, bajé con Luqui. Subimos el Bobbycar. Eso sí, algo tenía que cambiar.

Tomé nuestro mejor cordel e hice dos nudos corredizos, uno en cada lado del volante. Del resto de metros de cuerda, hice un ovillo. Ahora Luqui podía empujar el vehículo y yo, erguido cómodamente, tirando de los extremos del cordel, podía dirigir el Bobbycar por toda la casa. Eso era, definitivamente, otra cosa.

Al cabo de un rato probamos incluso subirle. El cochecito respondía todavía con cierta agilidad a mis comandos. Luqui arrastraba los pies en los laterales con una sonrisa en la boca, especialmente cuando pasábamos por delante de la puerta del comedor y podía ver a su madre.

Incluso de esto se cansó un rato más tarde.

Quisiera desarrollar un método similar para sacarle a pasear por la calle. Tal vez hacer un par de anillas con el cordel, de manera que pueda cogerlas con las manitas y ayudarse para caminar mientras yo puedo permanecer erguido y acompañarle cómodamente en lugar de partirme el lomo en como los últimos días.

Más allá de esto, decir que ayer, finalmente, después de tal vez un año de cocción a fuego lento, aproveché una siesta larga de Luqui para sentarme y escribir del tirón, en hora y media, los tres primeros capítulos de ese nuevo libro que tengo en mente: “This way up (por aquí hacia arriba)”, donde quiero compartir lo que aprendí mediante el Big Crunch. La verdad es que lo disfruté, escribiendo libremente y de una manera fluida. Me encanta entrar en ese estado y perderme en la escritura.

El SinnerBOFH me envió una foto. Se veía el salpicadero de su coche, conduciendo por una de esas carreteras características de North Carolina en los USA, a primera hora de la mañana. En la pantalla central del vehículo se podía ver al pequeño astronauta verde con el banderín de ESDLV. Estaba escuchando el capítulo 130 del podcast: “Gramática 101”. Caray, qué alegría ver lo lejos que ha llegado el pequeño. Y el SinnerBOFH… ¡El tío se está chupando todos los podcasts, uno detrás de otro! Vaya, me sentí muy alegre de saberlo.

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#bebé#coche#jugar#podcast#yogarecuperación

Contribuciones:

  1. PrometoRegistrarmeUnDia - 26 de febrero de 2022 @ 16:57

    Dan ganas de ponerse con el podcast 🙂

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