Aclarando sombras del Big Crunch

Esta mañana tenía otra columna en mente. Después de repasar algunas ideas, o más bien la carencia de ideas, me había decidido por un tema que tenía apuntado ya desde hace un tiempo pero que no había encontrado la oportunidad de desarrollar. Sin embargo, hoy también me he puesto a leer los comentarios que habíais dejado ayer antes de ponerme con la columna de hoy y me he encontrado con uno de Julia que me ha removido profundamente por dentro. Así pues, cambio de planes, o más bien de no planes. Vamos con ello.

Este es el comentario en particular.

Antes de empezar, gracias a Julia por escribirlo y compartirlo. Me hace reflexionar. Ya digo que me ha removido mucho por dentro, lo cual aprecio.

Cuando en Marzo de 2014 empecé a meditar diariamente largamente, me llamó rápidamente la atención algo ciertamente llamativo: no me sentía.

Podía verme, pero no podía sentirme. Eso me resultó, naturalmente, muy alarmante.

Me quité la camiseta y me puse frente al espejo.

Hasta entonces, podríamos decir que, durante las dos últimas décadas, me había mirado al espejo pero no me había visto. No me había ni mucho menos observado, y todavía mucho más lejano me quedaba observarme con curiosidad.

Cuando aquella mañana me puse con el torso descubierto frente al espejo y me observé, por primera vez a mí mismo con curiosidad, con la horrible curiosidad de “¿Por qué no me siento?” y la determinación de obtener una respuesta, me quedé horrorizado con lo que encontré.

Mi cuello salía retorcido de mi tronco. Mi hombro izquierdo estaba notablemente más alto que el derecho. Mi caja torácica estaba torcida. En su parte inferior, en el lado izquierdo, las costillas sobresalían mientras que en el derecho se hundían en la piel.

Estaba increíblemente retorcido.

¿Cómo había podido pasárseme algo así durante tanto tiempo? Era increíble.

Decidido a obtener más respuestas, me senté y me auto-induje un trance hipnótico. Así, como quien no quiere la cosa.

Descubrí el Big Crunch, nombre divertido, repito, que le puse a una maniobra de lucha libre profesional, prohibida en la lucha libre universitaria por su peligrosidad. Imagina lo que, en un contexto de lucha libre, puede ser considerado peligroso.

Lo llamé Big Crunch para poder reírme de ello, pero estamos hablando de algo serio y grave que puede llegar a ser letal.

Podría haberme quedado en una silla de ruedas aquel día. Podría haber tenido que ser alimentado por alguien más. Podría haber tenido que respirar a través de un tubo desde entonces. Mi cuello podría, simplemente, haberse partido en dos y me hubiera quedado allí, cadáver, tendido sobre el patio del recreo.

En el fondo doy las gracias por lo bien parado que salí de aquello. Doy las gracias por poder caminar. Doy las gracias por poder respirar por mis propios medios. Doy las gracias por poder alimentarme yo solo. Doy las gracias por seguir vivo. Cada día que viví desde entonces fue un regalo. Estoy viviendo una segunda oportunidad, verdaderamente una segunda vida.

Cuando salí de aquel trance, me pregunté:

¿Cómo es posible que todo esto me haya pasado desapercibido durante tanto tiempo? ¿Cómo he podido ignorar esto durante tanto tiempo? Hablamos de veinticinco años ignorando algo ciertamente obvio.

Me dije:

Mira, Javier, es muy sencillo. ¿Recuerdas la catástrofe nuclear de Chernóbil? El reactor explota, se monta la de Dios. ¿Qué hacemos? No tenemos ni idea. Cubrimos el reactor con hormigón y establecemos un radio de exclusión. A partir de ahí rezamos para que, en el futuro, la tecnología avance lo suficiente como para volver allí, levantar el hormigón y hacer algo útil con todo aquello.

La tecnología fue la PNL y finalmente la hipnosis. Sólo cuando conté con aquellos recursos tuve la confianza y el coraje de empezar a levantar el hormigón bajo el que había enterrado todo aquello y comenzar a hacer algo útil con ello.

Los primeros dos años los pasé desenterrando dolor. Cada día, durante dos años, sentí cada vez más dolor.

Me despertaba al dolor, a un dolor que desbordaba mi conciencia (eso es lo que significa el dolor inconsciente), y más que dormirme perdía la conciencia al final del día de puro agotamiento. Cada respiración que daba era contra una enorme masa amorfa de puro dolor. Usaba la hipnosis para entrar en un estado vegetativo en el que minimizaba el número de respiraciones que hacía a cada minuto.

Dos años después, del dolor dejó de aumentar. No es que hubiera desaparecido, ni mucho menos. Simplemente, dejé de encontrar más dolor. Aquel era todo el dolor que había. Llegar hasta allí fue una gran alegría para mí.

Todo ese dolor estuvo allí los veinticinco años anteriores, simplemente entumecido; oculto, aislado. Que el dolor esté entumecido no significa que no tenga efecto; más bien lo contrario. El dolor entumecido, fuera de la conciencia, campa a sus anchas, y las partes afectadas hacen y deshacen a su antojo intentando llamar la atención acerca de su estado.

A los veintiocho años, después de diez años de pasear por las consultas de los médicos y cansado de someterme a pruebas que resultaban una tras otra negativas, me resigné: nadie parecía poder ayudarme. Tendría que aceptar aquello y aprender a vivir con ello. Con la angustia, con las náuseas, con el insomnio, con la incomprensión, con el pánico… y con todo lo que emanaba de aquello.

Por entonces, dejé de hablar de ello. Dejé siquiera de mencionarlo.

¿Para qué?

Si hasta entonces había hecho un gran esfuerzo para vivir una vida normal, en aquel momento redoblé el esfuerzo. No dejaría que aquella mierda me impidiera vivir una vida. Iba muy lejos para parecer normal, para encajar, para hacer una vida normal.

Me marché a Alemania, poniéndome un reto increíblemente grande para sacar de mí lo que quedara dentro, pensando que tal vez un gran cambio en mi vida cambiaría, del alguna manera, todo aquello que estaba viviendo. No lo hizo, aunque sí que me dio un poco más de cuerda. El estrés pone el dolor en segundo plano.

En 2006 ó 2007, unas navidades de vuelta en casa, en nochebuena, mis padres me preguntaron qué tal por Alemania y rompí a llorar. No podía más. No podía mantener aquella fachada ni un día más. No podía seguir manteniendo aquella ilusión de que todo iba bien.

Mis padres, alarmados, me llevaron a un reputado psiquiatra en Madrid.

Me hicieron algunas pruebas, me diagnosticaron un trastorno de ansiedad generalizado, me dieron un inhibidor de serotonina y marché de vuelta a Alemania. Tomé aquellas pastillas durante nueve meses antes de decidir que estaba tan mal como antes y además medicado. El día que dejé de tomarlas llegué a casa del trabajo y, sudando y tiritando me metí en la cama bajo el edredón hasta que me dormí hasta el día siguiente. Unos meses después dejaba el trabajo, dejaba Alemania, volvía a casa de mis padres y consideraba detenidamente el suicido.

No podía más, y nadie podía ayudarme.

Con estos últimos párrafos quiero decir que era obvio que a mí me pasaba algo, y que me pasaba algo grave.

Estuve desde los dieciocho hasta los veintiocho pasando por médicos y haciéndome pruebas. Acudir a una clínica psiquiátrica años más tarde tampoco me ayudó. Había agotado el último cartucho. Estaba solo.

Todo esto a mí me daba mucha vergüenza y lo escondía incluso de mis amigos. Cuando te preguntan:

—¿Qué haces este fin de semana?

No respondes:

—Me voy a una clínica psiquiátrica en Madrid.

Pero a ellos también les terminó resultando evidente que me sucedía algo grave.

En el último año en Alemania sufrí una crisis grave. Mi comportamiento era errático, mi discurso incoherente y, cualquier intento de hablar conmigo acerca de ello recibía una respuesta verbalmente agresiva. Todavía quedan pruebas de aquella fase psicótica en los viejos tiempos de ESDLV.

No soy psicólogo ni psiquiatra. Tampoco me interesan los diagnósticos, pero supongo que psicosis, psicopatía, esquizofrenia… son palabras cercanas a lo que viví entonces.

Mis amigos estaban preocupados, y escribieron y llamaron a mis padres advirtiéndoles de que yo, básicamente, deliraba.

El otro día, haciendo limpieza en mi habitación, encontré emails impresos de 2007 entre mis amigos, mi novia y mis padres escritos e intercambiados entonces discutiendo acerca de mi situación. En fin, una pura locura; la locura que causa el dolor enorme, extremo e inconsciente.

Si salí de aquello indemne fue por mi familia, por mis amigos, por mi férreo sentido moral y por mi sentido del humor. Yo podría haber matado gente. Sinceramente.

Cuando en el verano de 2008 decidí que no me suicidaría, me prometí que dedicaría el resto de mi vida si fuera necesario a encontrar lo que me sucedía y a ponerle fin. Nadie parecía poder ayudarme, así que tendría que hacerlo yo solo.

A lo largo de los cuatro años siguientes aprendería PNL e hipnosis, y el resto ya sabéis más o menos cómo ha ido después. Cualquier pregunta, será un placer responderla.

En este tiempo, he aprendido que la gente tiende a menospreciar lo que ocurre en un Full Nelson, esa maniobra de lucha libre profesional. Tal vez haya cosa mía al haberlo frivolizado llamándolo Big Crunch. Se trata, básicamente, de, usando la fuerza y la ley de la palanca, desintegrar la estructura fundamental de un ser humano. Eso tiene consecuencias catastróficas a todos los niveles.

Ya digo, si no hubiera formado parte de una familia estable y amorosa, con todo lo que de ello se desprendía, como buenos amigos que me querían y una estructura moral consistente y resistente, yo hubiera acabado muy muy mal. Incluso así, estuve a punto de acabar mal.

En fin, espero que con esto hayan quedado estas preguntas un poco más claras. Me pongo a vuestra disposición para resolver otras cuestiones que os puedan surgir.

Gracias de nuevo a Julia por su comentario.

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#aclarar#big crunch#full nelson#historia

Respuestas

  1. Julia - 23 de octubre de 2020 @ 07:43

    Gracias Javier por la aclaración. Me queda claro que tu familia y amigos sí se daban cuenta y te ayudaron. Me queda claro también que es muy difícil hacerlo porque al final cada uno somos personas autónomas y si tú sepultaste tus sentimientos durante muchos años, estabas ocultando tu realidad a la gente que podía ayudarte. Tuvieron que venir los episodios psicóticos para que se destapara todo entonces.

    Lo de las costillas salientes me hace pensar: tienes escoliosis (columna vertebral desviada)? Cómo hiciste lo de enderezar el cuello usando la respiración? Lo pregunto porque me recuerda al método Scholl que se usa para intentar corregir la escoliosis.

    Y última pregunta, si tienes a bien: hay antecedentes de cuadros mentales similares al tuyo en tu familia? Te da miedo que haya un componente genético que pueda heredar tu hijo?

    Un saludo.

    • Javier - 23 de octubre de 2020 @ 11:19

      Es difícil hacerlo porque, al final, para ser ayudado hay que cooperar. Es decir, hay que querer ser ayudado. Y eso es una elección. Pero para llegar a este punto hay que estar preparado; hay que estar preparado para dejarse ayudar. Y para ello hace falta estar dispuesto a enfrentarse a ese algo inconsciente, pero para ello hace falta percibir que la posible ayuda cuenta con los recursos necesarios para crear una solución funcional.

      Yo tenía un problema que no podía solucionar porque carecía de los recursos internos. Los recursos externos a los que recurrí, externos cercanos y externos lejanos, fueron fracasando a través de los años hasta el punto en que llegué a creer que nadie me podía ayudar. A partir de ese punto, tuve que hacerlo solo.

      Yo conseguí, a base de puro esfuerzo, mantener todo esto “bajo control” durante un tiempo (dos décadas). Pero estamos hablando de muchos lustros y de mucha fuerza. Cada año que pasaba me suponía cada vez más esfuerzo, y llegó el punto en que, por agotamiento, dejé de poder gestionarlo a base de puro esfuerzo, y entonces fue cuando todo empezó a hacerse más evidente.

      Tengo escoliosis, aunque más que una desviación es un retorcimiento. Además de esto, destacar que una cosa es que una columna se doble y/o retuerza a lo largo de los años que a lo largo de los segundos. Lo segundo tiene un efecto mucho más intenso, profundo y permanente.

      Llevo seis años y medio en el proceso diario de destorcer y enderezar la columna, el cuello y los hombros. He hecho muchas cosas diferentes, por ejemplo fisioterapia, quiropraxis, osteopatía… Todo esto me ha ayudado de una manera y otra en mayor o menor medida, pero lo que al final he terminado incorporando a mi día a día ha sido:
      -Meditación, para tomar consciencia del estado de estas partes y saber mejor qué hacer, dónde y cómo.
      -Kieser Training: gimnasio enfocado en la salud de la columna vertebral.
      -Yoga (gracias a Dios por el Yoga. Amo el Yoga)
      -Ejercicios en el suelo. El suelo está muy duro y hace contraste, despierta, masajea y permite ejercer fuerza contra el mismo y mover partes, bien empujando o haciendo palanca.

      Me suena el método Scholl, pero no lo he usado nunca.

      Hay antecedentes de cuadros mentales similares en mi familia, al menos uno. No, no me da miedo que lo pueda heredar mi hijo. Para mí estas cosas se pueden ajustar y cambiar, como en mi propia experiencia he aprendido. Incluso desde hace unos años la ciencia dice que la expresión de los genes se puede activar y desactivar y por tanto influir. Esta experiencia me ha enseñado tanto acerca de la salud mental que estoy muy tranquilo al respecto de qué hacer incluso si tuviera algún tipo de dificultad. Podría extenderme más en este punto si lo necesitaras. También por privado.

      Un saludo y gracias, Julia 😉

  2. Ed - 23 de octubre de 2020 @ 15:26

    Brutal historia Javier. Viniendo de donde vienes, estas resurgiendo como el ave Fenix.

    Muy profunda la frase “no me sentía”. Creo que muchos tenemos vidas demasiado ocupadas y no nos sentimos. El día que seamos conscientes puede pasar cosas terroríficas o fantásticas.

    Ánimo

    • Javier - 23 de octubre de 2020 @ 16:12

      Gracias por apreciarlo, Ed. Sí, así es.

      Otras maneras de ponerlo son “el vacío en el interior”, “vidas vacías”, etc. Profundizando en esto encontramos vacíos de sensaciones, partes de nosotros que no sentimos; a menudo partes de nosotros que rechazamos y en las que terminamos acumulando grandes cantidades de dolor y entumeciendo.

      Echar luz sobre eso puede resultar terrorífico, de ahí que solemos incluso defendernos “como gato panza arriba” antes de hacerlo. Eso sí, al otro lado hay algo fantástico esperando, pero hay que ganárselo.

      Gracias 🙂

      Gracias por estar ahí, Ed.

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