ESDLV9

Nueva etapa. Etapa nueve. 9. 9

Flattr

No hace mucho hablábamos aquí de posibles modelos de negocio para blogs. Hace un par de días, un lector me envió un enlace a un sistema de pagos que encaja bastante bien en la dirección que planteaba en aquel artículo. El invento se llama Flatter.

La cosa todavía está en bragas y parece que funciona de momento por invitación, pero la idea es la siguiente. Uno tiene una cuenta y la carga con una cierta cantidad de dinero. A continuación hace una selección de páginas que lee regularmente. A final de mes, una cantidad de dinero, que imagino que será configurable, se reparte entre esas páginas. Puede ser poco o puede ser mucho, y lo interesante es que cada céntimo se une al de los demás y al final puede juntarse una cantidad respetable. Yo lo veo como un pago por una suscripción a una serie de páginas que sigo regularmente.

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Las chicas del gimnasio

Hace un par de años, cuando todavía vivía en Alemania, me apunté a clases de yoga. El objetivo del yoga es lograr una mayor conciencia corporal a la vez que se potencia la capacidad de concentración. Cuando la mente está enfocada en lo que está haciendo, deja de pensar tontadas. La sensación es muy placentera, y salía de allí flotando después de cada clase, con unas extrañas ganas de ir abrazando a la gente por ahí. Yo lo más que hacía en ese sentido en aquellos tiempos era abrazar faloras los sábados por la noche, así que aquello me resultaba muy extraño.

Para mí especialmente, cada clase de yoga era todo un reto, quizá más que para el resto de alumnos. Esto es debido a que el resto eran alumnas.

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Sexo telefónico

En los últimos tiempos, con tanta PNL, es evidente que muchos cambios se están operando en mí. A veces resultan muy obvios, otras veces menos. En ocasiones no es hasta meses después que noto alguna salida, algún despunte, que me indica que soy bastante diferente de lo que era antes, aunque en general el proceso es bastante progresivo.

Uno de estos despuntes acaba de tener lugar.

Sonó el teléfono. Descolgué. Al otro lado de nuevo la maldita voz mecánica "Por fin hemos mejorado la cobertura del ADSL en su zona". Argh. Esto tenía que terminar. Escuché el mensaje hasta el final para averiguar de dónde procedía el acoso. En ningún momento se citaba la compañía, pero al final de la grabación la voz decía "Pulse el uno para hablar con un agente".

Vaya que sí. Pulsé el uno de mil amores.

—Hola, buenas tardes —se presentó un caballero al otro lado de la línea.

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El chantajista emocional

Ella y yo íbamos en el metro. Volvíamos de Alemania después de pasar una extraña semana. Yo hacía tiempo que no me sentía tan mal. No sabía qué estaba pasando. Cuanto más me esforzaba en gustarle, más parecía repelerla. En algún momento, en algún lugar, un interrupor se había accionado en mi interior y el imán había cambiado de polaridad. Mientras tanto me deshacía en un guiñapo, tratando en vano de estirarme en una dirección que cambiaba cada hora con la manecilla reloj. Ya no sabía quién era, qué quería o dónde me había dejado la cartera.

Tenía dos opciones: quedarme en su casa o coger un tren a la mía. Yo resoplaba cada cada vez que me sentaba en un asiento. Estaba agotado, o al menos eso era lo que quería parecer. Le había debido de decir media docena de veces lo cansado que estaba. Ella parecía seria. Yo era incapaz de ver más allá de mis narices.

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Me siento de puta madre. Cinco palabras.

No sabía si levantarme o no. Me giré en la cama y encendí la luz del reloj de la mesilla. La una y pico. Me dolía ligeramente la cabeza. En mi mente había fragmentos de la noche anterior. Una botella de whisky, una botella de coñac, una botella de un líquido rosado que tenía en la nevera, tres amigos, una conversación, muchas risas. Nos lo habíamos pasado muy bien.

Me levanté y me senté al ordenador. Eché un vistazo a las frases que había escrito la noche anterior.

Deseé que todos hubieran llegado bien a casa. Nos habíamos despedido a las siete de la mañana y tanto Dani como Pepe iban tan borrachos como yo. Borrachos pero felices. Lo habíamos pasado bien. Lo habíamos pasado muy bien.

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Sentirse muy bien

Son las cuatro y media. Estoy en el comedor de casa contestando unos emails después de disfrutar de una comida con mi madre.

De repente, las nubes que han estado cubriendo la ciudad durante todo el día se abren y el sol se derrama sobre el comedor con esa luz especial que parece que sólo existe en Valencia. Esa luz suave y caliente que convierte en oro todo lo que toca.

En la barandilla, cientos de gotas huérfanas reflejan ese fulgor. El sol que se pone sobre los edificios hace que brillen con fuerza y cada una de ellas parece una perla única e irrepetible. Me giro sobre mí mismo y alcanzo la guitarra. Muevo la silla y me pongo cara al sol.

El sol brilla cegador en un cielo ahora azul. Calienta mi cara y mi cuerpo. Cierro los ojos y hago deslizar la púa sobre las cuerdas metálicas. Disfruto del sonido. Ahora sólo necesito una canción, una cualquiera. La elijo y comienzo a cantar.

A veces hace falta realmente poco para sentirse muy bien.

Después de la tormenta

Al día siguiente, de madrugada, el sol se elevó sobre el horizonte. La mar estaba en calma. El aire era limpio. Recordé la tormenta de la noche anterior. Era probable que la llamada tuviera consecuencias. Me pregunté qué me depararía el día.

A media tarde descolgué el teléfono y marqué su número. Esperaba que se le hubiera pasado ya el ataque nuclear. Escuché el sonido de la llamada en la línea. Descolgó.

—¡Fulanita! —gritó alborozada.

—¡Hola! —contesté yo con tono aflautado—. Me ha cambiado un poco la voz.

No es la música lo que amansa a las fieras; es el humor. En cualquier caso, le cambió la cara para mal, y eso lo supe incluso sin vérsela.

—Ah, eres tú —dijo.

La llaga, el tumor, el azote, el ser del inframundo.

—Sí, soy yo.

—Te tengo que decir un par de cosas... —empezó.

Estaba claro que aún quedaban rescoldos en la caldera. Me puse el gorro impermeable.

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¡Por allí resopla!

Llamadme Ismael. Era Domingo por la noche. Las once y media. El fin de semana había sido movido y estaba cansado, así que resolví irme a la cama temprano. A las doce llevaba ya un rato tratando de pegar ojo mientras incesantes planes de dominación mundial campaban por mi inquieta mente. Cuando estaba a punto de tenerlo todo resuelto, empezó a sonar el teléfono.

Me levanté confuso. Si al descolgar el auricular escuchaba otra vez la voz robótica diciéndome "Por fin hemos mejorado la cobertura del ADSL en su zona", alguien tendría que pagarlo con sangre. Me llevé el teléfono a la oreja. Un escalofrío recorrió mi espalda. No habían mejorado la cobertura del ADSL en mi zona. Era peor; era ella.

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