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El sintoísmo

Hace un mes, cuando andaba recuperándome de mis revelaciones personales, un lector me escribía sus propias reflexiones:



"El mundo es una mierda, lo es. Es una mierda y punto. Yo reciclo, uso bombillas de bajo consumo y cierro el grifo mientras me cepillo los dientes. Nada de eso salvará el mundo."




En su momento me pareció brillante. No porque fuera algo que no se me hubiera ocurrido ya a mí, sino porque lo escribió con ese toque ácido del Club de la Lucha que me llegó al corazón. Sólo le faltó decir que quería poner una bala en la cabeza de cada panda que no follara para salvar la especie.

Me pareció brillante, y me pregunté qué coño nos pasa a algunos en nuestra generación que parece que tenemos una obsesión por salvar el puto mundo, una obsesión que nos impide dormir por las noches, que no nos deja sonreír plácidamente. Qué urgencia más extraña la nuestra. Como si el mundo hubiera hecho algo por nosotros.

A veces envidio a toda esa gente que, teniendo acceso a la misma información que yo sobre el estado del mundo, consigue vivir cándidamente en un estado de ensueño. Me pregunto cómo hace uno para mirar hacia otro lado todo el tiempo e ignorar el olor.

Los cargueros limpian sus depósitos en alta mar. Los coches siguen funcionando con petróleo usando una tecnología que tiene más de cien años, llenando la atmósfera de humo y consiguiendo que nos ahoguemos lentamente en nuestra propia mierda. Cada día quedan menos árboles en el planeta. Cada año se fabrica y se pone en las tiendas más y más basura inútil que nadie necesita pero que compra para justificar sus 40 horas semanales de explotación laboral. Poca gente cree que el trabajo que realiza tenga un impacto positivo en el mundo, sino todo lo contrario. Muchos siguen sin reciclar la basura, y los que la reciclamos rezamos para que no la vuelvan a juntar después y a enterrarla en el monte, lugar del que indefectiblemente un día volverá. Yo tiro las pilas de botón a los contenedores dispuestos al efecto, pero cada vez que lo hago pienso en todas aquellas personas que las echan a la basura común. Supongo que a ellos nunca les explicaron cómo funcionan los vertederos ni cómo se forman los lixiviados. Quizá mi problema es que sé demasiado. En cualquier caso no hace falta pensar mucho para saber que la mierda que se mete bajo la alfombra vuelve a salir después. Imagino que en el fondo les importa un carajo, que son conscientes de que la vida es corta y que no serán ellos los que sufran las consecuencias. O si las sufren, no será hoy. A ver qué ponen en la tele. Industrias farmacéuticas perpetuando los mismos problemas que dicen resolver, vendiendo a precio de oro el elixir de la falsa felicidad, y gilipollas como yo haciéndoles la rosca. Se siguen promoviendo guerras, se siguen fabricando armas, se siguen silenciando opiniones.

El país está hecho unos zorros. Creo que me largué por no verlo. No podía más. Políticos mangando. Políticos azuzando el fuego del nacionalismo tratando de sacar un rédito electoral, revolviendo el mar para ser luego ellos mismos los únicos que obtienen ganancia. Políticos trincando comisiones, permitiendo que se alicate hasta el último metro cuadrado de una costa de un país privilegiado. Políticos creando problemas para perpetuarse en el sillón, como si la existencia en sociedad generara ya de por sí pocos quebraderos de cabeza. Y los demás mirando hacia otro lado, comprando viviendas para especular y metiendo un BMW en la hipoteca a interés variable, no sólo consintiendo la corrupción política sino echando carbón a su caldera, admirando a aquellos que mangan lo que ellos no tienen la oportunidad de robar. Y ahora, después de diez años de alimentar el espejismo en el que todos atábamos los perros con longanizas y los llevábamos a pasear en coches caros y a comer langosta, viene la parte en la que el castillo de naipes se viene abajo, la parte en la que toca tragar heces, la parte en la que la mierda sale de debajo de la alfombra y hay que bregar con ella.

Yo estoy en Alemania, con el riñón cubierto y sin deudas, y no por ello me siento especialmente bien. Me pregunto cómo hace la gente para mirar hacia otro lado y, no ya ser feliz sino parecerlo. Cuando miro hacia España siento vergüenza, y si intento mirar hacia otro lado sigo oliendo el tufo que destila. Y, sinceramente, se me hace un nudo en el estómago y me entran arcadas. Lo único que puedo hacer es mirar a mi alrededor y aguantar las ganas de echar la pota, y esperar que la gente aprenda la puta lección, que aprenda que ellos no son sus trabajos, que no son sus cuentas corrientes, que no son los coches que tienen, que no son el contenido de sus carteras ni los putos pantalones que llevan puestos. Son la mierda cantante y danzante del mundo. Quizá, después de la debacle, haya quien vuelva a ver El Club de la Lucha y realmente lo comprenda esta vez, entienda que no es un hermoso y único copo de nieve, sino que es la misma materia orgánica en descomposición que todo lo demás. Todos somos parte del mismo montón de mierda.

La mayoría de personas de mi generación nacieron en una sociedad libre y organizada. Siempre han tenido más de lo que han necesitado. No han conocido el hambre. Han tenido una educación decente. Lo hemos tenido todo hecho desde el principio, y en vez de aprovechar ese impulso para llegar más lejos, hemos dado un paso atrás.

Nos han hecho creer que la felicidad se esconde en el siguiente modelo de iPod, en un coche caro, en unas zapatillas, en unas tetas de silicona, en la final de un campeonato de fútbol. Algunos de nosotros hace tiempo que nos dimos cuenta de que la felicidad que esas cosas nos proporcionaban no duraba ni una semana, y nos empezamos a preguntar qué era lo que daba la felicidad realmente. Nadie tenía una respuesta satisfactoria para nosotros.

Como decía Tyler:

Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos, no hemos sufrido una gran guerra ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados

¿Qué podemos hacer? De entrada no mucho. El mismo lector del principio de la columna me contaba su camino personal hacia el final de su email:

Hace tiempo leí un libro de ciencia ficción de Neal Stephenson, "La Era del Diamante". En uno de los pasajes hacía referencia al sintoísmo: el conocimiento debe ir de dentro a fuera. Primero debemos conocernos, entendernos, aceptarnos y después proyectarnos hacia fuera; conocer, entender y aceptar a los demás y al mundo para que así el mundo pueda conocernos, entendernos y aceptarnos. Esa es la vía que sigo desde entonces: conocerme a mí mismo, conocer al resto y hacer que me conozcan.

Creo que eso ayudará al mundo, en algún plano. Lo único que le falta a este puto mundo es pararse a escuchar.

Yo también creo que esto ayudará al mundo en algún plano. Pienso que el mundo se parará a escuchar cuando tengamos algo interesante que decir.

De momento, a los que ya sabemos que no somos un hermoso y único copo de nieve, nos queda la responsabilidad de empezar a considerar nuestro papel en el mundo. Eso y seguir reciclando, usando bombillas de bajo consumo y cerrando el grifo mientras nos cepillamos los dientes.

Lo estamos haciendo muy bien.

¿Quién se ha llevado mi bola de mierda?

Mi esfuerzo por poner mis reflexiones en claro no está exenta de recompensa. Ésta la encuentro, entre otras, en forma del feedback que me llega desde los lectores a través del formulario de contacto. De alguna manera, mi transformación está atrayendo a mucha gente en mi situación que se toma en ocasiones mucho tiempo y me escribe sus propias reflexiones sobre el asunto. Se trata de personas inteligentes que a menudo conciben pequeñas joyas que me hacen pensar a mí mismo. Por algún motivo, creo que es mi responsabilidad condensar esas gotas de sabiduría y compartirlas con todos los visitantes. Esta vez es sobre la importancia de tener un objetivo en la vida.

Así, me escribía un lector el otro día:


Mi gran revelación respecto a un posible "Sentido de la Vida" llegó medio adormilado viendo un documental de la 2. No se si te lo conté: se trataba del "escarabajo pelotero". Básicamente, su función en la vida es hacer una gran bola de mierda de elefante para atraer a las hembras y poder tener descendencia. Cuanto más grande y olorosa sea, mejor le va en la vida. Hay escarabajos que no trabajan y les roban la bola a otros en una lucha encarnizada. Al final, si son los mejores, los que tienen éxito, entierran la bola a una determinada profundidad, fertilizan a una hembra que deja los huevos dentro de la pelota para largarse después y se dejan morir bajo tierra junto a la bola de mierda.

El único consejo que me atrevo a darte: decide cuál es tu bola de mierda y disfrútala. No te preocupes por lo demás, porque no importa. Sé consciente de que no deja de ser una bola de mierda, y apestosa, de acuerdo, pero será la tuya.


Esta pequeña metáfora de siesta frente al televisor me hizo reflexionar sobre la importancia de fijarse una meta en la vida. Un destino, una dirección, un rumbo; como se le quiera llamar. En el futuro escribiré más sobre el asunto. Mientras tanto, me quedo con el escarabajo empujando su bola de mierda. Es una metáfora guarra, que llama a las cosas por su nombre.

Y lo mejor es que nadie escribirá un libro que nos diga que si nos quitan la bola de mierda no nos debemos quejar sino que tenemos que buscar otra pelota en otro lugar. No puedo imaginar un best-seller en las estanterías de El Corte Inglés con el título:

"¿Quién se ha llevado mi bola de mierda?"

Renacido

En los últimos meses, la serie de experiencias que he ido viviendo y las reflexiones que he venido haciendo me han convertido en una persona, en gran medida, nueva. Mi manera de afrontar las cosas y de ver la vida ha sufrido un cambio radical, y ahora me siento mucho más cómodo con las cosas que hago, pienso y digo. Creo que todavía tardaré unos meses más en asimilar este cambio al que quizá he llegado demasiado rápido, pero de momento me encanta cómo me siento.

Muchas veces antes he cogido una máquina y me he cortado el pelo como un recluta. En aquellas ocasiones lo hice para arreglar desaguisados causados por mi afición a la peluquería, y en ningún caso me gustó antes el pelo tan corto. Es muy cómodo, se lava en un momento y se seca rápido, pero cuando me miraba en un espejo no me sentía favorecido.

Hace una semana volví a desempolvar la máquina. No me había hecho trasquilones y no acudía a ella para intentar salvar los muebles. Esta vez quería afeitarme la cocorota y no me importaba nada más. No me tembló el pulso.



Cambio de look


Y me encanta el resultado. Me siento cojonudo.

Me siento cojonudo en todas partes, incluso en el trabajo. La oficina me aburre y sigo pensando que debería estar en cualquier otro lugar, pero incluso allí me puedo sentir bien. No me importan los colegas y jefes gilipollas, no me importan los gritos. De alguna manera he trascendido a todo eso; he conseguido darme cuenta de que me necesitan más a mí que yo a ellos, y sólo ese pequeño cambio de perspectiva crea un mundo nuevo y mejor en el que no hay miedo ni estrés.

Y así estás tan tranquilo, pensando en tus proyectos de futuro, cuando tu colega indio te llama la atención y te hace de improviso una foto con el móvil.



Relax en el curro


Un lector me escribió hace un mes:

"No puedo creer que haya encontrado a alguien que tiene esa sensación, la misma que me llevó hace unos dias a escribir en un papel "Reborn" con marcador naranja y a colgarlo en la pared.

Así me siento, como si me hubiera caído del útero materno con 32 años. Renacido.

La reflexión de la semana



"Si veo el vaso medio vacío, quizá no sea porque soy pesimista. Quizá es simplemente que tengo mucha sed."




—Del tema "El puto vaso de agua"


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