Hoy me gustaría hablarles un poco sobre mi casa. Si en este momento esta Ud. pensando “¿Y a mí que coño me importa tu casa?” Pues nada, deje de leer y vaya a ver la tele un rato, que igual aprende algo más productivo.
Bueno, mi casa tiene dos plantas, así es que es una unifamiliar. El término unifamiliar le viene a la casa como anillo al dedo, porque significa que es una casa pensada para que viva una familia compuesta por un solo integrante. Es como la casa de la muñeca Barbie, pero sin bisagras en las paredes para abrirla por la mitad. Con decirles que en cuanto nos juntamos cuatro ya casi no cabemos se pueden hacer una idea de su tamaño.
En el exterior de la casa hay un pequeño patio de entrada que parece la selva amazónica. Resulta que hay una planta que crece a razón de diez centímetros a la semana, y además es de esas que trepa por la pared, por los cables del toldo, por la valla, y por el brazo de uno como se quede un rato apoyado en la pared. Esta planta era originariamente propiedad del vecino, porque estaba plantada en su patio, pero se fue pasando al mío con el tiempo. En su momento el vecino, en un arrebato de ira, la arrancó de su patio creyendo que así la mataría, el muy iluso. Pero ya había arraigado en el suelo del mío, así es que ahora es mi planta. Lo bueno del caso es que ha ido creciendo y ya esta invadiendo su patio de nuevo. De hecho hace ya tiempo que observo movimientos y oigo ruidos sospechosos que parecen salir de la espesura, y sospecho que en cualquier momento la planta puede salir de su letargo y tomar vida propia para vengarse del vecino mataplantas. En mi caso ya me he acostumbrado a entrar y salir de la casa armado con un machete, por si acaso, aunque tengo que reconocer que al principio era algo incomodo.
Pasemos al interior. En la planta baja hay un bazar turco. No se vende nada de momento, pero los objetos están expuestos como si de un tenderete se tratara. Sobre dos encimeras de cocina colocadas contra una de las paredes y alrededor de ellas se pueden encontrar dos guitarras, un ampli, una pedalera, un ordenador con sus correspondientes periféricos, varios montones de CD’s agrupados por estricto orden aleatorio y chismes varios relacionados con el mundo del ciclismo tales como un casco, una bomba para inflar las ruedas, un bidón para el agua, y la bicicleta propiamente dicha. Aparte de estos artículos más o menos relacionados entre sí también podemos observar -dependiendo del día- desde paquetes de tabaco vacíos y ceniceros desconchados, hasta cargadores varios (del teléfono móvil, de la cámara digital...), un equipo de fotografía, cables de distintas longitudes y utilidades, alguna bolsa o mochila, chucherías, cartulinas y marcos para fotografías, algunos posavasos colocados estratégicamente para ocultar las marcas que han dejado los vasos en la madera, un collar para el perro, alguna prenda de ropa, etc. Ya les digo, un bazar turco.
En otra de las paredes se encuentra el televisor. Es un poco desproporcionado para el tamaño del salón, y de echo a veces para no perder detalle de la película hay que levantarse del sofá e ir desplazándose lateralmente por delante del aparato para poder contemplar toda la pantalla. A veces, si la película es muy interesante, mi compañera ve la mitad derecha y yo la izquierda, y nos la vamos contando. En verano estará mejor el tema, porque sacaremos el sofá al patio y veremos la tele a través de la ventana del salón, aunque antes tengamos que deforestar la ventana, claro.
En esa misma pared hay una puerta que da acceso a la cocina. La puerta no tiene puerta, tiene una cortina, pero no esta nunca puesta porque se la come el perro. ¿Entonces para que sirve la puerta? –se preguntaran Uds.- ¡Y yo que coño sé! –contesto yo- ¿Acaso he diseñado yo la casa?
Bueno, la cocina no dista mucho de la cocina de cualquier casa, no tiene nada de especial. Tiene su nevera, su cocina de butano, su horno, su microondas, su lavadora...
¡Ay, la lavadora! No tenia yo pensado hablar de la lavadora aquí. Más que nada porque ya estoy mucho mejor del trauma que me causo en su momento, e incluso para el próximo mes de mayo dejare el tratamiento psiquiátrico, pero como he consultado con mi medico y me ha dicho que hacer un pequeño comentario aquí no va a empeorar mi estado, les cuento...
Cuando llegué a esta casa me encontré en la cocina con la que se iba a convertir con el tiempo en mi enemigo privado numero uno. Un ente blanco con una boca enorme y unos controles y unos botoncitos que se iluminan en la parte delantera. Al principio yo fuí de buen rollito e intente razonar con ella. Incluso le compraba el detergente y el suavizante de las mejores marcas para tenerla contenta.
Pero no sirvió de nada. La lavadora estaba convencida de que era la dueña y señora de la casa y no tenia ninguna intención de hacerme la vida fácil. Al final tuve que recapitular yo y adaptarme a sus caprichos, entre los que cabe mencionar el no pararse cuando tiene que pararse, siguiendo torturando a mi pobre ropa hasta límites ni siquiera contemplados por la convención de Ginebra.
Pero últimamente es peor, mucho peor. Cuando ya le había pillado yo el truco al tema, me ha vuelto a traicionar. Ahora se ha vuelto loca y ya no razona, hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere, y no puedo quitarle la vista de encima si no quiero que me moje la ropa, me la centrifugue, coja el detergente, centrifugue otra vez, suelte el agua y coja el suavizante mientras en un alarde de habilidad somete a las pobres prendas a un nuevo centrifugado. En definitiva, que ahora hace lo que le sale de los rodamientos (¿a que pensaban que iba a decir de los cojones?)
Siguiendo con la cocina, en ella encontramos una puerta que comunica con una galería. Como resulta que en dicha galería hay un poco de humedad, he decidido montar en ella mi granja particular.
Actualmente tengo plantado musgo, y estoy pensando en cortarlo y venderlo para utilizarlo como decoración en los belenes de navidad, que ya la tenemos encima. Otra opción es plantar champiñones, que tengo entendido que crecen muy hermosos con la humedad. En todo caso, y teniendo en cuenta que es en esa galería donde tiendo la ropa, se podrá entender que hay veces que lavo alguna prenda, la tiendo, y cuando por fin esta seca ya me he olvidado por completo de su existencia. Por ejemplo, esta circunstancia me ha reservado hace poco la grata sorpresa de reencontrarme con unos pantalones cortos que lave en julio y todavía estaban secándose. ¡Y yo que ya había dado por perdidos!. Lo bueno es que de vez en cuando en una de las esquinas aparece un salmonete, un besugo e incluso en una ocasión apareció una merluza de seis kilos, y eso siempre es un ahorro, no me lo negaran.
Bien, en la otra pared se encuentra la escalera de acceso a la segunda planta. Esta escalera esta pintada de un discreto color amarillo, a juego con la baranda de color verde pistacho, formando junto a las paredes también amarillas un verdadero monumento al buen gusto.
En la planta superior nos encontramos con una habitación de unos cuatro metros cuadrados que ahora esta repleta de cajas y otros trastos. También hace las veces de habitación de invitados, cuarto de planchar y almacén de equipo informático. En estos momentos estoy dudando sobre que hacer con el espacio sobrante. Tengo varias opciones; puedo montar una sala de juntas, o un minigolf. Una pista de padel también me haría ilusión, pero creo que me va a venir un poco justo. Bueno, ya les informare de mi decisión.
También en la planta superior encontramos un cuarto de baño estándar, con su bañera estándar, su lavabo estándar, y todo lo demás también estándar. Incluso el tío que hay en el espejo por las mañanas sustituyendo las legañas por unas lentillas también es estándar.
Y por ultimo pasamos al dormitorio principal de la casa, ejemplo del caos más caótico que se pueda imaginar. Claro que eso no es culpa de la casa ni del dormitorio, sino de su principal ocupante.
En el dormitorio hay un armario empotrado, donde podremos encontrar la ropa que de momento no ha sido secuestrada por la lavadora ni olvidada a su suerte en la galería. Con la ropa conviven en franca armonía varias sabanas, toallas, alguna mochila, zapatos, revistas, paños de cocina, fotografías, etc.
Sobre las mesitas de noche hay dos lámparas y dos pobres despertadores que se desgañitan por las mañanas en un vano intento de sacarnos del reino de Morfeo, y en una esquina hay colgado de la pared un soporte para colocar sobre él un televisor pequeño. Con ese puto soporte me suelo doblar un dedo con una frecuencia de dos noches de cada tres al quitarme la camiseta o el jersey por encima de la cabeza, para mayor descojone de mi compañera. De hecho, yo sospecho que conociendo dicha frecuencia incluso espera el momento para reírse viéndome con la camiseta a medio quitar y cubriéndome la cabeza mientras doy saltos por el dormitorio jurando en arameo.
Para terminar, solo comentarles que todo este maremagnum al que llamo hogar esta fielmente vigilado por mi perro, Taco. Si en algún momento entra algún caco a robar, seguro que sale huyendo despavorido al ver lo tremendamente pesado que es el tío. Seguro que no pararía de arañarle los pantalones para que jugara con él y no le dejaría robar tranquilo. Como se dice en el sur, es hartible, o sea, que acabaría con la paciencia del mismísimo Job.
Un saludo, y ya conocen un poco mejor la que es su casa.
Porque como decía el inigualable Eugenio, supongo que todos Uds. sabrán donde viven, no?
Sioux
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