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Fibias y fobias
By Sioux
Creado 20/11/2003 - 08:14

Leyendo el título puede que alguien crea que estoy zumbado, pero eso no es verdad. Es que quedaba bien. Realmente ya estoy bastante mejor de las secuelas que me dejaron los experimentos que hizo el gobierno conmigo, gracias (dicho esto con movimientos compulsivos de la cabeza y tics faciales variados). Es un chiste, joder. Ya sé que escrito no tiene gracia, pero mira, así ha quedado.

Bueno, pues resulta que hace unos meses hubo alguien que me pregunto por las manías que tengo. Inmediatamente conteste muy seguro de mí mismo: “¿yo? ninguna, claro”, pero luego, pensándolo detenidamente, me di cuenta de que sí tengo algunas, así es que las voy a comentar, a ver si alguien coincide conmigo en alguna (Y que nadie me diga que no tiene ninguna manía porque no me lo creo).

Los calcetines marrones. Esto no tiene mucha miga, solo es que no soporto usar calcetines de color marrón. Me viene de muy niño, y realmente no sé el motivo, pero el caso es que no puedo con ellos. Lo bueno es que no me causa ningún problema. No los uso y punto.

Otra. No soporto ver un cuchillo encima de una mesa, por ejemplo, y que la punta me este apuntando a mí directamente. Incluso me molesta que apunte a alguien, pero eso a veces es inevitable si hay más gente alrededor de la mesa, claro (a algún sitio tiene que apuntar el pobre cuchillo, ¿no?) Si me doy cuenta de que me esta apuntando a mí soy capaz de interrumpir una conversación, saltar por encima de la mesa, y moverlo para que apunte en otra dirección. ¿La causa de la manía? pues no tengo ni puñetera idea.

Otra más. Me molesta mucho ver un cuadro colgado de una pared y que este torcido. Recuerdo que en cierta ocasión visité la casa de un personaje que era conde o marqués o no sé que coño era el tío (la filatelia no es lo mío, la verdad). La choza del individuo era como un palacete antiguo y señorial. De los de rancio abolengo, vamos. Incluso tenia su bodega propia. Bien, pues el colega nos invitó a tomar una copita en el salón, y resulta que encima de una chimenea tenia un cuadro de unos dos metros de ancho por uno y pico de alto, con un marco enorme de madera de la buena (o eso me pareció a mí), y que debía ser de algún pintor de renombre, porque el menda hizo referencia varias veces al cuadro (confieso mi ignorancia en el tema). Pero coño, mira tu por donde el cuadro estaba torcido. Me llevaría tiempo relatar las peripecias que pasé y las estratagemas que urdí para conseguir, en un descuido de las cuatro o cinco personas que había allí conmigo, poder enderezar el cuadro de los cojones. Qué apuro y que mal rato pasé, oigan.

Bueno, esto no son manías exactamente, son más bien características no documentadas. Referente a la comida, solo hay un par de cosas que paso de comer. Una es el conejo (a ver, esos listos del fondo, los de las risitas, diez vueltas corriendo al campo de fútbol, por listos). Supongo que eso debe estar relacionado con lo que se explica más abajo, no sé. El caso es que hace muuuchos años que no lo pruebo (¿qué pasa con los listillos? ¿queréis dar otras diez vueltas o que?). Otra cosa que no tomo, porque la odio, es la ginebra. Lo curioso es que sí me gusta un martini blanco con un pequeño chorrito, pero de otra forma no soporto ni el olor. Cosas veredes, Sancho.

Y otra cosa. No sé si le pasara a alguien más, pero desde hace muchísimos años, el simple hecho de entrar en una cabina telefónica (de las cerradas, de las que por suerte ya casi no quedan), me producía unas ganas horribles de mear (perdón). Nunca he tenido claustrofobia, ni nada parecido. Tampoco me pasa en los ascensores, por ejemplo, sólo en las dichosas cabinas. Pero la verdad es que en más de una ocasión me ha dado el tiempo justo para contar las monedas para la llamada, y ni siquiera he podido llamar, he tenido que salir corriendo de la cabina, buscar un lugar apropiado para desahogar la vejiga (los servicios del bar más próximo, por ejemplo) y volver a la cabina (a la segunda vez ya no me pasa). En todo caso, una conversación típica de aquellos tiempos podría ser ... ¡riiiing! ¡riiiing! - “¿diga?” – “hola, Marta (por decir un nombre) ¿cómo estas?” – “bien, muy bien, ¿y tu?” – “yo muy bien, te llamo porque ... ¡¡uyuyuyuy!! ¡¡ayayay!! ¡oye, luego te llamo!” – “¿pero como que luego me llamas? ¿no me estas llamando ya? ¿oye? ¿oye?”

Y para finalizar, no soporto a ningún animal roedor, salvo los conejos, y estos con reservas. Se puede decir que siento autentico pánico por los ratones, ratas y demás bichos por el estilo. Solo de escribirlo ya se me esta poniendo la piel de gallina. No me importa coger una serpiente o una araña, o lo que sea. No me da ni miedo ni repugnancia, ni nada. Pero si quieren ver la típica escena de película de comedia americana donde una mujer un poco pava esta en la cocina dando grititos y subiéndose a una silla por que ha visto un ratoncito, pero conmigo de protagonista, no tienen más que soltar un hámster en la misma habitación donde yo me encuentre.

Y se acabo, no recuerdo más manías. No es tan grave, ¿verdad? Además, ya pronto me darán de alta del tratamiento psiquiátrico por lo de los experimentos del gobierno.

(Nota: Que ya sé que no se llama filatelia, sino numismática. ¡Que era broma, joder, que todo hay que decirlo!)

Sioux
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