Esta semana ha sido interesante, ya que he recuperado una de mis más antiguas aficiones: volar.
Desde los inicios de la humanidad, el hombre, limitado en sus facultades, ha querido surcar los cielos, bien como un águila bien como una vulgar paloma carroñera de ciudad. Algunos lo han conseguido profesionalmente, otros viajan de vez en cuando en avión por obligaciones de índole diversa y algunos otros gustamos de volar en el ordenador, que es lo más cutre, de hacer como que pilotamos.
Desde pequeñíto quise ser piloto de avión. Pero no un piloto cualquiera, no: piloto de combate. No sé si ver Top Gun influyó en mi decisión, pero por la misma época vi varias veces Regreso al futuro y jamás se me ocurrió hacer temeridades con el espacio-tiempo.
El caso es que llegó un momento en el que decidí que tenía que dejar de coleccionar "Los secretos del mar" (by Jacques Cousteau) y pasar a apilar tomos de la serie "Aviones de guerra". Supongo que fue un principio de otoño, como suelen ser esas cosas. Recuerdo cómo acudía todas las semanas al kiosko. Saltaba las secciones de guerras y aviones antiguos y me iba directamente a las páginas centrales donde, a modo de revista porno, venía un desplegable en el que destipaban un avión cada semana. Esto va aquí, esto va allá, etc... Después, cuando reunía muchos fascículos, mi madre se encargaba de llevarlos a encuadernar. Para el que nunca haya pasado del segundo fascículo, así es como se reúnen las colecciones. Al cabo de unos años, llegué a juntar 9 tomos, casi más por la paciencia de mi madre que por mi menguante interés en la aviación.
En mis innumerables viajes por el mundo (otra de esas frases para intentar sacar a este weblog de los circuitos porno) he tenido oportunidad de subir en avión incluso más veces de las que hubiera deseado. Yo creo que más de 50 a estas alturas. De hecho, los últimos 3 viajes que recuerdo fueron con transbordo, lo que suma 12 aviones contando idas y vueltas. Y eso ha sido hace nada. Disfruto sentándome cerca de las alas y viendo cómo bajan los flaps, avanzan los bordes de ataque, menean los extremos en las turbulencias... A veces hasta he dado la coña a algún acompañante que ha osado interesarse por los curiosos mecanismos de la sustentación.
En uno de los aviones que tomé cuando viajé a México pregunté a una de las azafatas si podría visitar la cabina. Amablemente me dijo que lo iba a preguntar y se las apañó para darme largas en el tiempo que se tarda en llegar de Cancún a DF, que no es moco de pavo. Supongo de después del 11-S, cuando uno pregunta si puede ver la cabina le dan algo más que largas. Para mí hubiera sido la leche ver la carlinga, que es como se denomina el habitáculo en términos "aviónicos".
Yo era el único de mis amigos aficionados a la aeronáutica. A unos les gustaban los coches, a otros el fútbol, a otros las drogas... a mí me gustaban los aviones y estaba en franca minoría. Era un bicho rarito, y tenía que leer mis fascículos de Aviones de Guerra en la intimidad del hogar, sin poder airear mis dudas ni mis impresiones. Entonces llegó Internet.
Internet ha hecho algo muy grande por los raritos, por los frikis del mundo: los ha puesto en contacto. Les ha hecho comprender que no son los únicos que gustan de... yo qué sé... la coprofagia o Linux. Y uno se realiza cuando puede hablar de lo suyo, de lo que le gusta, cuando puede ver que no está solo. Internet ha reunido a los frikis de todos los estratos y los ha dotado de medios. Y los frikis, cuando se ponen, son una fuerza imparable.
He jugado a la mayoría de simuladores que aparecieron entre el primer Flight Simulator de Spectrum (o como se llamara) y el Falcon que compré en UK para jugar en un Atari ST cuando tenía 13 años. Mis amigos gustaban de los juegos de repartir hostias, o de meter goles; a mí me gustaba surcar los cielos y tirar misiles a diestro y siniestro. Compré el Falcon en UK antes de que saliera aquí, y estuve leyendo el manual de instrucciones durante toda mi estancia en la isla hasta que volvi a casa. Lo primero que hice cuando volví fue meter el diskette en el ordenador y darle al botón de encendido. Luego dejé las maletas.
Resultó que el juego no funcionaba, y fue la primera vez que necesité una ayuda psicológica especializada que nunca tuve. Mi padre escribió a la distribuidora contando que su hijo les había comprado un juego y que no funcionaba, y que desde entonces no le comía y temía lo peor, y en la distribuidora fueron tan amables que mandaron otra copia. Por lo visto los Atari ST de UK y los españoles hablaban lenguajes distintos, porque el programa dejó de cargar en el mismo punto que su antecesor. Estuve leyendo el manual una docena de veces más y cultivando la noble virtud de la paciencia, una virtud muy poco agradecida. Algo después, por fin, pude jugar al dichoso juego.
Con tantos pies de altura y nudos por segundo y grados de flap y similares en la cabeza, lo primero que cruzó la mente la primera vez que me preguntaron qué quería ser de mayor fue: "piloto". Pero no piloto de aviones comerciales, no, yo quería tirar misiles y destruir. Qué sé yo, ímpetus de la juventud. Si alguien lo ha intentado, sabrá que es bastante complicado ser piloto de caza cuando uno gasta unas gafas de las de calzar patas de mesa. Aquel era mi caso. A mi tierna edad tenía cultivada una avanzada miopía, al menos para mis combativas intenciones. Años más tarde salió lo de la cirugía con láser, pero a buenas horas mangas verdes y a mí ya se me había pasado el arroz. Ingeniero Industrial. ¿Quién cojones quiere ser Ingeniero Industrial con 14 años? A esa edad uno quiere ser astronauta, domador de leones o, al menos piloto, de combate.
Como la naturaleza me jugó la mala pasada de la baja visibilidad, me tuve que conformar con derribar aviones sólo en la comodidad del hogar. Los simuladores de aviones comerciales nunca me llamaron la atención. Despegar, volar, aterrizar... nada comparable con la emoción de batirse en un duelo en el aire. Ahora veo la simulación de aviones comerciales incluso más apasionante que la militar. No sé, supongo que me estoy haciendo mayor. Volar uno de esos bichos tiene que ser un reto bestial. Bueno, eso y que me hago mayor.
La semana pasada vi en el periódico un anuncio en el que se abría el plazo para inscribirse en una escuela de pilotos. No recuerdo los detalles, pero en dos años y por el módico precio de 8 millones de rubias de las de antes te formaban para piloto civil, ya fuera transporte de ganado o de material. Caray, sólo en dos años. ¿Y toda la base de física y aeronáutica cuándo se da? ¿En las clases de la mañana o de la noche? ¿Será posible que en dos años uno tenga licencia para mat... digoooo, para llevar un bicho de esos con gente dentro? Y lo más importante, ¿serán 28 años demasiados para iniciarse en el noble y no menos lucrativo de la aviación comercial? ¿Me convalidarán el primer curso por ser ingeniero? Sería la leche ser piloto, todo el día como en un simulador pero de verdad, viajando de aquí para allá y trajinando azafatas, una en cada aeropuerto. Demasiado.
Pero volviendo al título, esta semana he reavivado el vicio de los simuladores de vuelo, algo que tenía olvidado prácticamente desde el trauma del juego aquel que resultó no funcionar. He descubierto el Falcon 4.0, heredero de aquel, que pulula por internet de la mano de los frikis de las esferas del aire. El juego es del 98, y hace bastante tiempo que la casa que lo sacó lo dejó en el cajón de los recuerdos. Sin embargo, un par de frikis de los aviones se juntaron y pensaron que se podía remozar el juego, así que se juntaron con unos cuantos frikis más que, además de gustar de los aviones, sabían programar (requetefrikis, diréis). El resultado es que, después de más parches de los que lleva Sara Montiel, el simulador es tan completo que tiene reproducida la cabina del F16 hasta el último detalle, y lo que más miedo da es que todos los botones funcionan y sirven para algo. Sólo para poner en marcha el motor existe un procedimiento de más de 15 acciones: poner los frenos de parking, accionar los sistemas de energía del avión, alimentar el motor, cebar las bombas, arrancar la turbina, acelerar a pocas vueltas, hacer otras tantas cosas antes de poder llevar el motor al ralentí, encender las luces de posición por el camino... Es realmente acojonante. Supongo que cuando aterrizes le tendrás que dar un euro al gorrilla por buscarte un sitio donde dejar el cacharro. Y es que los frikis, cuando se ponen, son temibles.
Ahora le tengo que pegar un tiento al Flight Simulator, que dicen que está muy bien. Lo de aprender todos los protocolos de la navegación civil me llama mucho, y además luego uno puede volar en un avión de esos y comprobar in situ las sensaciones y los procedimientos. Rara vez tiene uno la oportunidad de subir en un F16, por contra.
El problema, cuando hablo de vicios, es que esto es un vicio de cuidado. Y cuando un tiene tiempo que malgastar, vive dios que lo malgasta; a manos llenas. Tengo miedo de coger un juego de esos y hacer mil horas de vuelo seguidas, de no levantar el culo de la silla, de dejar de hacer muchas de esas cosas que "pueden esperar". Ya lo hice durante gran parte de mi niñez, ¿por qué iba a ser menos ahora, en plena posesión de mis facultades? ¿Alguno de vosotros ha sufrido el gran enganchón? ¿Alguien sabe de qué hablo? Sí, seguro que sí.
Frikis, que sois una panda de frikis :)