Esta semana no tengo un tema especial, así que esto va a ser una mezcla de acontecimientos pasados, presentes y futuros que me sucedieron, me suceden y me sucederán. Me temo que probablemente esto se va a convertir en una regla, así que antes que nada me gustaría preguntar a los lectores si prefieren una columna semanal con todo condensado o un "update" cada tres o cuatro días. Al fin y al cabo, todo van a ser tribulaciones de mi espesa mente, así que supongo que da igual el envoltorio que lleve. Pongo una encuesta para consultar el tema.
Empezaremos por el tema candente: la PDA. Sin duda más de un lector estará deseoso de conocer el desenlace de la historia, si es que éste ha tenido lugar. Pues sí, ya hemos salido de dudas: el modelo que yo quería ha dejado de venderse. Me va a tocar gastarme el mismo dinero en una Palm Zire, con la cuarta parte de memoria y con el procesador del ordenador que puso al primer hombre en la luna (1969). Sin embargo, el cerebro es un órgano prodigioso (incluso el mío), y como ya se veía venir el desenlace de la historia, ha estado bombardeando mi mente con pubicidad subliminal sobre la Zire durante toda la semana. Es más pequeña, blanquita, más cuca; si total, tú, piltrafilla, sólo quieres una agenda, no te engañes, etc... Mi cerebro, contra todo lo que mis profesores de la Politécnica insistían en demostrar, es una máquina letal. Tanto es así que estoy completamente convencido de que la Zire y yo estamos hechos el uno para el otro y que nuestros destinos deben unirse lo más rápidamente posible. Urgencias del amor, ya se sabe. Auto-sugestión marketingiana o algo así lo llamarán los expertos. Yo sólo sé que la necesito. De nuevo vuelvo a ser feliz. Impresionante cómo la felicidad va y viene.
Segundo orden del día. Hace años que salgo a correr regularmente. Algunos lo llaman "hacer footing", yo lo llamo correr. No se necesita ningún tipo de arte, consiste en poner un pie delante del otro rapidito y llegar hasta donde el cuerpo diga basta, hasta los animales menos dotados lo hacen. Pues eso, que hace ya más de tres años que salgo varias veces a la semana a dar una carrerita de unos 6-7 kilómetros. Alguno pensará que estoy gilipollas, y mas con el frío que hace. No les quito razón, pero sólo aquel que haya practicado un deporte con asiduidad puede conocer el poder adictivo de la hormona que sea que genera el ejercicio físico intenso; es una puta droga. Hay días en que estoy deseando llegar a casa desde el tajo para ponerme las zapatillas y salir a correr. Evidentemente, hay días en los que me apetecería cualquier cosa menos eso, pero aún así en muchas ocasiones, tiro de esa voluntad que me falta para otras cosas y salgo a darme una carrera. Esto me sirve para dos cosas:
Estas semanas he estado corriendo como un cabrón. Debido a mi continuado entrenamiento, mi hegemonía sobre mis amigos que también disfrutan con el noble arte de poner un pie delante de otro a toda velocidad es patente. Sin embargo, en determinadas fechas me abandono un poco y corro el riesgo de ser humillado. Uno de mis mayores competidores, un amigo que se quitó 15 kilos hace varios veranos a base de lechuga y carreras por la playa, ha estado entrenando en la sombra y el tío me ha emplazado para correr la San Valentín esa, la carrera que hacen el día 30 en todas las ciudades. Total, que me he tenido que poner las pilas no vaya a ser que me dé un repaso, me deje en la cuneta y sea el hazmerreír de los amigotes. Como dicen las estrellas del rock y saben los de Operación Triunfo, lo difícil no es llegar, sino mantenerse.
En una de estas carreras, un perro suelto (corro por una urbanización) estuvo a punto de darme un enganchón. Durante estos tres años he tenido todo tipo de historias con perros que se alimentan de deportistas. Algunos me han intentado morder el trasero, otros simplemente son tan pequeños que se te enredan en las piernas haciéndote lamer el asfalto, y con otros pasas por delante con el respeto de quien espera ver reaccionar a la muerte para tomar medidas. El caso es que, después de tanto tiempo, cuando uno pasa corriendo cerca de un perro grande, lo hace mirando dónde se encuentra el coche más cercano al que subirse o la valla de qué chalé es la que no tiene pinchos. Aún así, todavía estoy esperando que llegue el día en que un perro me enganche las pelotas en el aire mientras salto sobre el capó de un coche. Supongo que será un aliciente más a la "emocionante" aventura del correr.
Otro día contaré más sobre perros y mordiscos, que esto está quedando muy largo.
Y sobre la navidad, que ponía en el título... me parece que, a estas alturas, todo el mundo habrá tenido ya dos tazas, y eso que ni siquiera ha empezado. La semana que viene, cuando las navidades hayan caído sobre vosotros como un Jumbo con los motores quemados, si queréis hablamos sobre el tema. Un saludo y que os den, para contrarrestar tanto azúcar.