Siempre pensé que era un tipo peculiar. Nunca supe muy bien por qué, pero era algo que me resultaba obvio. Ahora, el laborioso proceso introspectivo lo está sacando todo a la luz.
Todas las tardes, al salir del trabajo, recorro el camino que lleva hasta la parada del autobús. Comparto el breve trayecto con otras personas que salen también del laburo en el mismo momento, y los imagino enfrascados en sus pensamientos: "La Franzisca ya no me quiere, creo que me engaña con el de la Post", "Este fin de semana el Schalke le mete cuatro al Leverkusen", "No debería haberme comido el segundo Leberkäse". Sus caras se iluminan con ráfagas de ilusión o de preocupación, resultado de fugaces accesos a una memoria falible o a un futuro extrapolado del momento presente. Yo, a unos pocos metros, camino pensando en el experimento de la doble ranura y en el papel del observador en un universo cuántico. Un tipo con corbata se sienta delante mío, se pone unos auriculares y una música estridente desborda de sus oídos para molestar a los asientos próximos. Le doy al play en mi reproductor y continúo escuchando el podcast sobre cómo el condicionamiento social confecciona nuestra experiencia de la realidad.
Definitivamente, soy un tipo peculiar. Y me gusta.
No quisiera que el lector pensara que escribo todo esto queriendo decir que soy mejor que nadie por ocupar mi mente en episodios poco mundanos, ni mucho menos. Es, sencillamente, lo que hay. Si hay que empezar a construir, hay que tener bien claro cómo está el terreno. No importa que la tierra sea de una clase determinada o que los cimientos estén dispuestos de una manera poco convencional; simplemente hay que ser consciente de todo ello para poder sacarle el mejor partido.
Mi correspondencia con los lectores va a rachas. Hasta hace nada la gente me escribía para darme ánimos y me terminaba contando su propia vida. Ahora parece que el viento ha cambiado y, el otro día, un lector que no dejaba dirección de remite hacía un detallado análisis sobre mí mismo.
"Tu mejor descripción fue la del post Lo siento, pero alguien te lo tenía que decir [1] y aunque tiendes a momentos puntuales de felicidad tu vida es similar a la de House: tienes hits, pero la banda sonora de tu vida es triste. ¿Por qué? Simplemente por tu forma de procesar tu algoritmo de “vida”. No es que la de los demás sea más placentera, simplemente tus sensaciones no dejan pasar nada por alto. Tu conciencia gana a tu ejecución del algoritmo “Vivir”. Eres como un procesador que se pregunta ¿Por qué debo ejecutar esta instrucción?"
Me pareció un análisis bastante acertado de lo que me viene sucediendo.
Todos somos programas biológicos ejecutando el programa de la vida. Este programa se fabrica a partir de experiencias vivdas por nosostros y por personas que tenemos cerca, a partir de la tele, de las revistas, de tus amigos, de las películas, de los libros... Con todo este material confeccionamos un algoritmo que nos permite pasar por la vida maximizando el placer y minimizando el sufrimiento. Este mismo programa es el que nos hace ir al colegio, estudiar una carrera, buscar un trabajo, buscar una novia, casarnos, tener críos, dejarnos el pellejo hasta la jubilación y entonces empezar a disfrutar de la vida cuando ya ni siquiera se nos empina. El algoritmo nos permite procesar las entradas de una manera sencilla y alcanzar todos esos checkpoints en la secuencia correcta. Sin embargo, eso no es vivir, es reaccionar. Es existir en la inconsciente manera en que lo hacen los animales. Llegar a esta conclusión es, ante todo, un momento desagradable. Lo sé porque lo he vivido hace nada.
En mi caso, creo que he asistido a un salto cualitativo de mi propia consciencia. Primero me di cuenta de que ejecutaba un código que ni comprendía ni compartía. Después estuve un tiempo preguntándome si de verdad tenía que ejecutar la siguiente intrucción del programa, y la respuesta era "No tienes otra opción". Ahora, por fin, he llegado al punto en el que me pregunto si tengo que procesar la siguiente línea y la respuesta es "Haz lo que quieras". Debo de tener un monolito en el culo.
El lector continuaba con otro tema diferente, aunque para él era parte de la misma reflexión:
"Llegados a este punto, te explicaría que en realidad tu cerebro no fabrica cierta sustancia (esto si has ido a un profesional de la psiquiatría ya lo sabrás, incluso te facilitará la sustancia que requieres) y tiendes a momentos muy tristes."
Esto debería ser desarrollado en una columna aparte, pero no me resisto a abordar el tema.
La sociedad en la que nos movemos ha llegado a un punto en el que sabe más que la misma naturaleza, confundiendo causa y efecto para probar sus propias conclusiones si fuera menester.
Se toma una población de gente triste, se observa qué tienen en común y se concluye que la causa de la tristeza es la falta de un componente químico en el cerebro. Cojonudo. A nadie se le ocurre, suponiendo una ejecución moral de la ciencia, que ese componente químico que buscan es la consecuencia de la felicidad, no su causa.
Es como si le digo a mi psiquiatra que su cuerpo no está generando sudor. Me dirá "Claro, es que no estoy haciendo ejercicio". Si mi psiquiatra me dice que no genero determinado componente químico de la felicidad, le diré "Claro, es que no soy feliz".
El método científico es cojonudo, pero hay que manejarlo con responsabilidad.
En fin, todo esto será objeto de reflexiones más profundas, pero no es este el momento ni el lugar.
"Del mismo modo, vas a seguir igual y de este modo el resto de tu vida. Del mismo modo que voy a seguir igual el resto de mi vida. ¿Intentarás cambiar? Poner un “reborn”, tatuártelo en la minga, chillar en pelotas encima de tu cubo oficinil... Tú sabes que eres un PID [2] y terminarás oscilando respecto tu comportamiento usual."
Entre todo el feedback que recibo de los lectores hay una constante: no se sabe si será pronto o tarde, pero lo que está claro es que me terminaré dando la gran hostia. Para responder a esto recurro a las palabras de un brillante lector de 21 años que, hace ya un par de meses, para ilustrar la reacción del público me copiaba unas líneas de un ensayo titulado El hombre mediocre [3]. Al final de su email me daba ánimos usando una nueva cita para ello.
Y para los que puedan pensar que invariablemente se te ha ido la pinza, que tarde o temprano te pegarás la gran hostia y se te pasará la tontuna:
"Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios, aprende a salvar las asechanzas que la mediocridad le tiende."
Un tipo peculiar. Afortunadamente, como muchos otros.
Links:
[1] http://www.elsentidodelavida.net/lo-siento-pero-alguien-te-lo-tenia-que-decir
[2] http://es.wikipedia.org/wiki/Proporcional_integral_derivativo
[3] http://es.wikipedia.org/wiki/El_hombre_mediocre