La escritura es un arte realmente complicado. Aunque probablemente no hayas caído hasta ahora en la cuenta (yo lo sabido esta noche al despertarme a las tres y media), el arte de la escritura consiste en transmitir sensaciones. No historias, ni experiencias, ni conclusiones, ni imágenes; sensaciones. Para aprender esto, como para aprender todo en la vida, hace falta cagarla. Intentarlo, hacerlo medianamente bien, y terminar cagándola. Porque sólo cuando sabes que lo has hecho mal puedes enderezarlo.
Hace unas horas, cuando me he despertado en mitad de la noche y me he quedado mirando el techo sin más sueño, me he revuelto en la cama y he alcanzado el portátil. Al abrir mi correo me he encontrado con el email de una lectora y me ha resultado revelador.
Me explicaba lo que había hecho al llegar a casa. Ya sabes, esas pequeñas cosas que a uno le hacen feliz. Me contaba que había abierto ESDLV, había leído la columna y le había gustado. En ese mismo momento en el que me escribía, decía que estaba bebiendo un vaso de leche caliente y que le gustaba. Terminaba diciendo que iba a abrir un libro, se iba a poner a leer y sabía que le iba a gustar.
Su última frase era:
Y ahora dime... ¿cuántas cosas haces tú que te gustan?, ¿cuántas de todas esas cosas que has escrito en tu última hazaña... has vivido, vives y vivirás? :)
Ahora es cuando me doy cuenta de que la mitad de nosotros no estamos en la misma página. Algunos, por lo que he podido ver en los comentarios, ni siquiera están leyendo el mismo libro.
Bien, la he cagado. Lo intenté, y lo hice medianamente bien, pero la cagué. Ahora es cuando puedo enderezarlo.
Seamos entonces más específicos.
A mí también me gusta leer cosas en internet, y me gusta la leche caliente, y me gustan los libros. También me gusta cuando estoy esperando el autobús y se abren las nubes y un rayo de sol me ilumina la cara. Y me gusta cuando salgo a correr por la noche y, a pesar del frío, el aguanieve y la oscuridad, soy capaz de ser uno con el Danubio que discurre poderoso a mi lado, y escucho a los patos saludarme con graznidos al levantar el vuelo en dirección a un lugar mejor. Y sé que estoy más cerca de correr la media maratón en una hora y treinta minutos como me
lo he propuesto y también me gusta. Incluso, cuando paso al lado de una oxidada escultura de metal junto a las pistas de atletismo y el viento la agita y sus goznes chirrían, me gusta. Y le digo "No te preocupes, que pronto vendrá alguien a arreglarte y volveremos a ser los de antes". Y me gusta, me siento genial. Me siento vivo, y siento que la vida es algo que vale la pena vivir.
Y precisamente por eso estoy aquí ahora, porque quiero empezar a vivirla de verdad.
Que nadie se equivoque; yo sé lo que es disfrutar de la vida. Lo sé probablemente mucho mejor que la mayoría de la gente. Lo sé porque he vivido un trastorno de ansiedad generalizada, una fobia social y probablemente una depresión, porque he estado medicado durante más de diez años con halazepam y paroxetina y porque lo he terminado superando todo. Sé lo que es que haya días en los que no puedes siquiera salir de la cama porque una mano invisible te está apretando la boca del estómago y crees que si te levantas vas a vomitar. Sé lo que es considerar un esfuerzo supremo el simple hecho de existir. Y sé lo que es disfrutar de la vida porque, aún así, sintiéndome como una braga sucia todos los días desde que cumplí la veintena, me seguí poniendo de pie un día tras otro sin saber por qué y terminé la carrera de ingeniería y me puse a trabajar, y luego cogí los bártulos y me largué a Alemania a buscar una vida decente que en España, por desgracia para mí y para otros, nadie me supo ofrecer. Todos y cada uno de los días que viví en los últimos doce años fueron muy difíciles para mí, mucho más que para toda la gente que me rodeaba, así que no voy a permitir que nadie me diga que no sé lo que es disfrutar la vida, porque no conozco en mi entorno a nadie que haya luchado por ello más que yo. Y precisamente por todo eso, sé que merezco algo más que las migajas de la vida; sé que merezco algo más que un libro y un vaso de leche caliente al llegar al casa.
Que nadie se equivoque. Me gustan los atardeceres, me gusta el viento en la cara, me gusta la lluvia en el hocico y me gusta la comida, pero soy algo más que un perro o un caballo. Necesito sentir el cariño de los que son como yo, necesito estimular mi mente, necesito retar a mi cuerpo, necesito sentir lo que es superarme a mí mismo y necesito sentir la libertad y, sobre todo, necesito tener sueños. Y he venido a por todo eso.
Cuando le pregunté a un amigo hace poco qué era la vida, me contestó:
"La vida es una sucesión interminable de momentos malos y momentos buenos"
Creo que todos estaremos de acuerdo en que exactamente eso, y no otra cosa, es la vida.
Pero luego me interesé más por su vida en concreto y vi que las cosas buenas que a él le sucedían dejaban el beber leche y leer libros a la altura de remover estiércol con un rastrillo. Y, sinceramente, me sentí como un panoli al que llevaban toda la vida estafando. Si el mejor momento del día es cuando llego a casa y abro un libro, entonces es que lo estoy haciendo todo mal. Entoces es que la he cagado.
Más de uno habrá pensado estos últimos días que le estoy tocando los huevos. De hecho este debe de ser el primer blog de la historia en el que el autor dice a sus lectores que su vida entera es una mierda. Si señor, con dos cojones. Habrá quien lea estas cosas y decida que ya ha pasado demasiado tiempo aquí. No me importa. Yo marcho hacia una vida mejor y me gustaría hacer el camino acompañado, pero no voy a ir a casa de nadie a darle dos bofetadas y echármelo al hombro. No lo voy a hacer no porque no quiera, sino porque ya lo he intentado y no
funciona. Tengo mucho que hacer, y ya es bastante estar escribiendo esto a las seis de la mañana. Si quieres te quedas, si quieres vienes. No tienes que cambiar tu vida entera hoy, sólo tienes que empezar a pensar en ello.
Para llegar a esto, como para llegar a todo en la vida, hace falta cagarla. Este es el momento de aceptar que, como yo y muchos otros, lo has intentado, lo has hecho medianamente bien y la has terminado cagando. Este es el momento en que termina el sueño y empieza la vida, la vida de las cosas buenas. Pero cosas buenas de verdad. Por supuesto seguiremos bebiendo leche caliente y leyendo libros, pero afortunadamente ya no tendrán que ser los mejores momentos del día.
Y ahora por fin, a las seis y media de la mañana, es cuando me enfundo las calzas de correr y las zapatillas y veo el amanecer a cinco kilómetros de aquí.
Y a todo lo demás que le den por culo.