El que más y el que menos habrá pasado alguna noche en vela delante de los libros en un intento desesperado por aprobar una asignatura. En otras carreras la gente se pasa una noche sin dormir para presentarse con un mínimo de garantías a un examen. En mi carrera, desgraciadamente, ese período de desvelo tenía un mínimo de una semana. Y una semana estudiando Full-throttle da para mucho.
Como ya he contado alguna vez, gustaba yo de estudiar en compañía. Como a toda alma libre que se precie, me gustaba muy poco estudiar. En compañía parecía que la cosa se pasaba mejor.
Por alguna extraña razón, la mayoría de esos amigos a los que conozco desde hace ya más de 20 años terminaron estudiando Industriales en mi misma escuela. Quizá fuera por vocación, pero me inclino a pensar que, ante la perspectiva de cualquier otra cosa, nos conjuramos sin querer para pasar más rato juntos. Así estuvimos yendo a clase en comandeta hasta que la remolonería nos pasó factura a algunos y nos conminó a repetir asignaturas.
A pesar del tiempo y de la remolonería, algunas asignaturas tenían la propiedad de volver a reunirnos cada año. Entonces nos juntábamos a estudiar y lo pasábamos en grande. Evidentemente, solíamos terminar palmando (al menos yo parecía tener un talento especial) pero siempre era un placer luchar juntos contra la adversidad, esta vez en forma de profesores maquiavélicos.
Recuerdo una semana en la que nos propusimos aprobar Ampliación de Termodinámica. Yo, por coincidirme otras tres asignaturas en la misma franja horaria, no había podido acudir a clase, así que me encontraba condenado de antemano aunque yo entonces no lo supiera. Aún así, como mosca que se estampa una y otra vez contra el cristal, y dado que mi calendario de exámenes dictaba que en aquellas fechas no tenía nada que perder más que tiempo, decidí embarcarme en aquellos días de estudio sin fin.
Mucha gente se dopa para estudiar: Centraminas, cafeses, Cola-locas y otros excitantes varios. Yo no; soy demasiado vago para esas cosas. Si me tomo tres cafés, antes me pongo a pintar la casa a rodillo que abro un libro. Como el lector deducirá, no quiero pintar la casa, así que cuando estaba cansado me iba al catre y al día siguiente era otro. Desconozco si la toma de sustancias dopantes puede ser de cierta ayuda, pero no creo que me ayude a resolver un problema que no he visto en mi vida. Algunas personas han hecho del dopaje estudiantil un arte, pero supongo que es una solución sólo factible en otras carreras.
Una noche, a las dos de la mañana, mis dos compañeros de estudio y yo, encolerizados por la cantidad de erratas del libro de problemas y la proximidad del examen, nos vimos desbordados por las circunstancias. Cada problema tenía al menos una errata, y era tan flagrante que incluso nosotros nos dábamos cuenta.
Decidimos coger la guía telefónica y buscar al perpetrador del libro, llamarle por teléfono y, a las dos de la mañana, explicarle de qué mal se tenía que morir. En breve encontramos el teléfono del mamón y estuvimos a punto de levantarlo de la cama guarecidos por el anonimato que proporciona la noche, pero al final nuestro lado bondadoso y palurdo quebró nuestras malévolas intenciones.
Un par de días después, a media tarde, minados nuestros ánimos tras días de estudio corrigiendo erratas, observábamos la ciudad desde la terraza del séptimo piso de mi amigo. Entre otras cosas, discutíamos la dificultad de acertar a un viandante con un ñapo desde semejante altura. Tras unos primeros compases, coincidimos en que se trataba simplemente de un modelo matemático, y que la carrera había puesto a nuestra disposición las herramientas para su resolución en primer curso, sólo que al no llamarlo "Modelo del salivazo en caída libre" se nos había pasado por alto su utilidad hasta ahora.
Sin demasiada fe, volvimos a la mesa y empezamos a hacer números. Como todo el mundo sabrá, la velocidad de un cuerpo en caída libre es root(2*h*g), siendo h la altura y g la gravedad. Decidimos que un peaton circulaba por la acera a una velocidad de 0.5 m/s (creo recordar) y redujimos el problema a dos o tres ecuaciones en las que el objetivo era hacer coincidir viandante y salivazo en el mismo espacio y lugar. No recuerdo los detalles y no voy a hacer el más mínimo esfuerzo para recordarlos, ya que me encuentro de plenas vacaciones y en huelga de neuronas caídas. Al final los números eran claros: había que lanzar (mejor dicho, dejar caer, ya que su velocidad inicial era cero en las ecuaciones) el ñapazo unos dos metros antes de que la víctima alcanzara la vertical. A falta de mejor referencia visual, consideramos que mi moto, aparcada en la acera, nos daría una buena medida de la distancia. Así que preparamos el lanzamiento con el primer pollo que dobló la esquina.
Con más ilusión que fe, mi amigo dejó caer el salivazo a velocidad inicial cero cuando el interfecto se encontraba algo por delante de mi moto. En ausencia de viento, los números no debían mentir, pero ninguno de nosotros pensaba que aquello fuera a funcionar. Ante nuestro asombro, el ñapo cayó en caída libre para terminar coincidiento en tiempo y en espacio con la calva del pobre caballero. Aquello fue de una maldad absoluta, no lo voy a discutir, pero tuvo una belleza incomparable. Fue algo prodigioso: después de 15 minutos de hacer cuentas y ecuaciones, nos sentimos como si hubiéramos puesto un cohete en la luna. Imagino que la luna, representada en la calva de aquel pobre señor, se debía de sentir de otra manera.
Inmediatamente, en plena euforia, retornamos a nuestros estudios con fe redoblada en los libros. Aquello había sido sin duda una señal. Por primera vez en la vida, encontrábamos una utilidad y un sentido a todos aquellos años de estudio. Si la Física podía poner un salivazo en la calva de un señor desde 7 pisos de altura, ¿qué no podría la Termodinámica?
El día antes del examen aún tuvimos otra. En reprografía de la escuela se dejaban los exámenes de otros años resueltos por un par de motivos:
Resolviendo un problema de examen, nos dimos cuenta de que faltaba un dato: la densidad del vapor de agua. Sin ese dato no había manera de culminar. Quizá nos habíamos equivocado y se resolvía de otra manera, pero no había cojones. Al final decidimos mirar la solución: el profesor se había tomado la libertad de considerar que 1m3 de vapor de agua pesaba una tonelada. Alguno dirá que como aproximación no está mal, pero se trata de un error bastante inaceptable y que denota una incompetencia de difícil ponderación. El hecho de que un problema con semejante manufactura llegara a un examen ponía en evidencia a varias personas en el departamento.
Después de la semanita que llevábamos y siendo que la escuela quedaba cerca, nos acercamos a averiguar quién era la mente preclara responsable de convertir el vapor de agua en plomo (ya lo sé, es una licencia). La responsable fue una profesora que nos recibió con amabilidad, actitud que cambió al comprobar la magnitud de su cagada. Al final nos acabó echando del despacho a cajas destempladas y con la amenaza impronunciada de que si conseguía averiguar nuestros nombres íbamos a terminar la carrera en el 2010. A día de hoy, la profesora continúa detentando su cargo.
Creo recordar que al final mis amigos aprobaron y yo palmé. No recuerdo si tuve compañía la siguiente vez que estudié la asignatura, pero por lo menos había ido a clase y la semana de estudio infructuoso fue la mar de edificante.
Si cayera una bomba en mi escuela iba a haber muy poco que lamentar...