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Despistes mayores
By GonzoTBA
Creado 30/06/2003 - 06:28

Como con las aguas y los osas, tenemos menores y mayores. Hoy voy a hablar de los despistes mayores, de esos que te hacen replantearte si realmente estás llevando la vida que debieras llevar. Cuando uno mete una cagada de dimensiones siderales piensa: ¿Cómo puedo hacer algo así? ¿Me estoy quedando gilipollas? Afortunadamente, uno al poco tiempo descarta cualquier reflexión ulterior y vuelve a pensar en el sexo.

No soy persona de grandes despistes. De hecho sólo voy a contar aquí los tres más grandes que recuerdo en mi vida. Despistes menores tengo todos los días: termino de desayunar y me voy con la caja de cereales al baño; estoy escribiendo algo, suena el teléfono, y cuando cuelgo estoy buscando el lápiz durante horas para encontrarlo en el lugar menos pensado; se me olvida tirar de la cadena y descubro el pastel (en toda la magnitud de la palabra) al día siguiente, etc. Algunos de estos despistes incluso tienen su gracia, por ejemplo cuando es mi hermana la que encuentra el pastel. Otros son más molestos. En general son todos debidos a la falta de sueño y a los nanos de los vecinos, que han empezado las vacaciones y están en la calle insultándose hasta que sus progenitores los meten a hostias en casa.

Hoy he visto uno de los casos de sublevación filial más impresionantes de mi vida. El vecino de atrás, el de las casetas pegadas al ras, tiene un crío de unos tres años al que he visto crecer (oído crecer) al otro lado de la valla. Pues bien, Arturito, como se llama la criatura, ha salido igual que el cretino del padre. Hoy se ve que ha liado una buena y, por encima de la hiedra que nos separa, se ha oído el berrido de su padre fuera de sí: "¿QUIERES QUE TE DÉ UNA HOSTIA?" le ha espetado al chavalín, que ya digo que cuenta tres años. Gritando tanto como podía, el vástago desafiante le ha respondido "¡NO!". Al padre se le tiene que haber quedado una cara de cretino que no veas. Eso le pasa por preguntar. "La moraleja" de esta historia es: ¿Cómo puede estar un padre tan descojonantemente desautorizado ante su hijo de tres años? De aquí nada el nano le birla el whisky.

Volvamos a los despistes mayores. El primero que recuerdo fue en mi tierna infancia. Yo llevaba el pelo a lo beatle pero no lo recuerdo; lo he visto en las fotos. Vivía en la ciudad y cogía el autobús por la mañana. El trayecto duraba más de una hora, pero yo me lo pasaba bomba.

Mi madre me bajaba todas las mañanas a la parada, ya que yo debía de tener unos 7 años como mucho. Yo era un niño muy precoz y cumplía años antes de que me tocara. Una somnolienta mañana, mi madre me llevó a rastras hasta la parada del bus, sólo para darnos cuenta de que había bajado vestido de cole pero con pantuflas de rayas. Mi madre clamó al cielo y salió disparada de vuelta a casa. Cinco minutos más tarde volvía con unos zapatos decentes. ¿De quién fue la culpa de aquel despiste? ¿De mi madre por meterme prisa? ¿Mía por no darme cuenta? Ahora poco importa.

Si hubo algún despiste mayor más reseñable entre mi infancia y mis años de universidad, no lo recuerdo ahora mismo. Seguro que los hubo, porque los años de colegio fueron largos y sufridos. El caso es que de no encajar entre la crême del colegio pasé a no encajar en las listas de aprobados en la universidad.

Los primeros años de carrera fueron difíciles, los de enmedio fueron jodidos y de los últimos, de esos para qué voy a hablar. Aquellas mañanas en que me levantaba antes de las 6 para llegar a la universidad a coger sitio a eso de las 7 son ahora testigo de lo gilipollas que pude llegar a ser. Tanto madrugón, tanta ida y venida para coger sitio en 4 fila y luego perderme la clase porque me dormía, terminaron por pasar factura en forma de despistes mayores.

Una mañana me levanté con prisas, desayuné como alma que lleva el Diablo, me vestí y salí disparado hacia la Politécnica (el Poli). Allí pasé una mañana más o menos buena, hasta que al ir a cambiar el agua al canario entre clases me di cuenta de que llevaba puesto el pantalón del pijama. Cómo pude pasar 6 horas con el pantalón del pijama de invierno bajo los vaqueros sin darme cuenta es algo que escapa a mi entendimiento. El estado de aturdimiento necesario para ejecutar semejante pirueta no es nada desdeñable, y el hecho de ser capaz de mantenerlo durante toda la mañana me concede crédito extra. Estados comatosos como este son los únicos que pueden explicar el mayor despiste mayor de mi vida (dudo que lo supere algún día, aunque quién sabe).

Puse el despertador a las 6 de la mañana. Era uno de esos días de invierno en los que te levantas y todavía es de noche, pero cuando sales de casa está amaneciendo. Cuando sonó el despertador pensaba que había fallecido. A pesar de un atisbo de lucidez, mi encefalograma hubiera sido totalmente plano si hubiera tenido una máquina de hacer encefalogramas a mano. En mi vida había estado más reventado. Con una determinación que sólo conocí en tiempos mejores, conseguí enfundarme las pantuflas y arrastrar los pies hasta la cocina. Estaba mareado y todo daba vueltas, pero aún así conseguí verter la ración de cereales en el plato.

No tenía hambre. Me sentía extraño, tenía la barriga revuelta y no conseguía tragar nada. Como todo el que me conozca sabe, soy persona metódica, y cuando hay que desayunar se desayuna. Por cojones.

Me eché la última cucharada al gaznate y me metí en la ducha. Por unos segundos me pareció que desvanecerme y desnucarme contra la grifería iba a ser la solución más cómoda, pero al final opté por mantenerme de pie y la ducha se acabó, muy a mi pesar.

Saliendo de la ducha miré la hora en el reloj para ver si iba según lo previsto: y 34. Bien, según el horario previsto, mi comandante. Me puse las botas, pues era invierno y hacía un frío de tres pares de cojones a esas horas, y varios pijamas bajo los pantalones. Me hice la mochila volcando en su interior todo lo que se desparramaba por encima de la mesa y me la eché al hombro. Cogí casco y guantes y me encaminé hacia la puerta. En ese momento me di cuenta de que no estaba amaneciendo. ¿Qué coño pasaba allí? El reloj hizo bip-bip marcando la hora. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Miré el reloj: la una de la mañana en punto. En ese reloj, y en el de la cocina, y en el del vídeo, y... ¿Y adónde cojones iba yo a la una de la mañana? La explicación: al poner en hora el despertador había pulsado a la vez horas y minutos y el bicho se había reseteado, preparándose para sonar a la medianoche. Resumiendo:

Había cenado a las 10:30, me había acostado a las 11 y me había levantado a medianoche para ir a clase. No tenía ganas de desayunar sencillamente porque estaba todavía digiriendo la cena, y creía que me moría sencillamente porque había dormido una puta hora y me habían sacado de la cama en pleno ciclo REM, que por lo visto es lo peor que te puede pasar cuando estás durmiendo; eso y que te caigas de la cama.

Me quité las botas y me tiré sobre la cama. Me desperté cinco horas más tarde de nuevo hecho una mierda, pero menos.

Mi padre me había oído duchándome a las 12:20, pero según sus palabras "pensaba que no podías dormir y te habías levantado a darte una ducha". La explicación es razonable, al menos comparada con la insolente y contrastada veracidad de mi estupidez.

Creo que es lo más grande que he hecho en mi vida, al menos sin gastar dinero ni hacer daño a nadie ni hacérmelo yo. Otro día contaré una historia en la que quemo cosas. Canela fina...

Todavía a veces me pregunto cómo hubiera sido plantarse en la universidad a la 1:30 am, porque si llega a ser invierno cerrado, me subo en la moto y no me para ni dios.


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