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Fisioterapia
By GonzoTBA
Creado 20/05/2007 - 19:54

Con la cara pegada contra la superficie de la camilla, uno sólo puede hablar con vocales.

Son las diez de la noche. Estoy de nuevo en fisioterapia. Estoy de nuevo desnudo sobre una camilla. Sólo los calzoncillos salvan mis vergüenzas. Me encuentro de rodillas sentado sobre mis pantorrillas, la cara pegada a la tela, los brazos extendidos hacia atrás a ambos lados de mi cuerpo. Intento ladear la cabeza para hacer entrar un poco de aire en los pulmones.

El cuello recto, me dice el fisioterapeuta, y me aprieta la nariz contra la camilla.

Me pregunto cómo he llegado hasta aquí.

La clínica ocupa un bajo a apenas tres minutos de mi casa. Una señora de mediana edad me recibe y me pide que le acompañe al interior. Se trata de una sala amplia compartimentada mediante enormes cortinas. En el interior de cada subdivisión hay una camilla, una silla y lo que parece una máquina de electroshock.

La mujer tiene un acento extraño. Dice que me lo quite todo y se marcha por un lateral de la cortina. Cuando vuelve, estoy esperando sentado sobre la camilla. Los pies me cuelgan a dos palmos del suelo. Los calcetines negros me hacen juego con los calzoncillos. La señora extiende una tela que contiene en su interior una especie de barro caliente y negruzco. Debe de ser esto lo que llaman tratamiento con fango.

La L3 y la L4 son vértebras en la parte baja de la columna. Las lesiones en sus proximidades se manifiestan a menudo con dolores que se extienden por las piernas como desagradables calambres. Es como mascar papel de aluminio sin tener que mascar nada.

Para dejarse tratar la L3 y la L4 hay que renunciar al amor propio.

Me tumbo a duras penas boca arriba sobre el barro. La mujer tira de la parte inferior de mis calzoncillos hasta que éstos quedan más allá de donde termina la rabadilla. Lo único que evita que se me salga el churro es, paradójicamente, el propio churro. La señora me envuelve en las sábanas y me deja allí. El barro está muy caliente.

En el compartimento de al lado se escucha lo que deben de ser el doctor y una señora de avanzada edad. Ambos hablan un idioma extraño. Más tarde descubro que son todos polacos y que tak quiere decir sí.

Son las diez y cinco de la noche. Tengo la cara pegada contra la tela de la camilla. Si quisiera hablar, sólo podría articular vocales. Por el rabillo del ojo observo que el fisioterapeuta se acerca a la máquina de electroshocks y manipula un par de cables en el suelo.

La electroterapia es una disciplina dentro de la fisioterapia que permite el tratamiento de las lesiones por medio de la electricidad. Los griegos y los romanos ya utilizaban el pez torpedo para aplicar descargas a sus pacientes. Desde entonces, la civilización ha venido empleando la electricidad tanto para remediar el dolor como para provocarlo. Alemania, Polonia y la electricidad siempre han ido de la mano.

Tengo miedo. Aunque pudiera utilizar consonantes, la única vía en mi situación pasa por el sometimiento.

La mujer me está envolviendo con las sábanas convirtiéndome en una compresa para el barro. Me pregunta en qué trabajo. Soy ingeniero en PerryAG. Ah, contesta, el jefe de PerryAG ha estado aquí esta mañana.

Allá donde voy todo el mundo conoce al jefe de PerryAG. La vecina turca, el dentista, la mujer del fisioterapeuta. Nadie parece darse cuenta de que PerryAG tiene diez mil trabajadores en esta ciudad y que de ellos aproximadamente el diez por ciento son jefes de algo. El jefe de PerryAG siempre tiene un nombre distinto, una cara distinta. La gente quiere conocer al jefe de PerryAG, ponerle un empaste, arreglarle la espalda, limpiarle la mesa del despacho. A mí me basta saber que el jefe de PerryAG tiene problemas vertebrales, que es un ser humano como yo y que también renunciaría a su amor propio por que alguien le liberara del dolor que padece.

Todos seres humanos. Todos temblando ante un fisioterapeuta alargando un brazo para conectar una máquina de electroterapia. Todos estimando el dolor que seremos capaces de soportar.

El rey de Francia.

El zar de Rusia.

El jefe de PerryAG.

Con la cara pegada contra la superficie de la camilla, uno sólo puede hablar con vocales.

Son las diez y cuarto de la noche. El silencio en el bajo es sepulcral. El ciudadano medio alemán lleva ya quince minutos durmiendo. En el espacio nadie puede escuchar tus gritos.

El hombre conecta un cable al enchufe de la pared y vuelve a mí. Pulsa algún botón en algún lugar y la camilla se eleva lentamente. No hay electroterapia. No hay electroshock.

Noto una sustancia fría y viscosa sobre la parte inferior izquierda de la espalda. Un antebrazo presiona en horizontal haciendo fuerza sobre las vértebras. Me dice que el gel es para reducir la fricción entre nuestras pieles y permitir al brazo deslizarse columna a abajo.

Estoy desnudo sobre una camilla. Sólo los calzoncillos salvan mis vergüenzas. Me encuentro de rodillas, sentado sobre mis pantorrillas, la cara pegada a la tela, los brazos extendidos hacia atrás a ambos lados de mi cuerpo. Intento ladear la cabeza para hacer entrar un poco de aire en los pulmones.

El cuello recto, dice el hombre, y tira de mis calzoncillos hacia abajo. Siento el frío de la noche acariciarme el agujero del culo. Oigo el estruendo de los últimos escombros de mi amor propio desmoronándose.

Son las diez y veinte de la noche. Estoy en fisioterapia. Si abro los ojos veo el blanco de una sábana. Sé que hay un fisioterapeuta con las manos llenas de vaselina en algún lugar entre aquellas cortinas. Sé que me duele la espalda. Sé que sólo quiero la redención.

Sé que si me mete un dedo en el culo sólo podré echarme a llorar.

Como el rey de Francia.

Como el zar de Rusia.

Como el jefe de PerryAG.






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