A veces tres frases de una conversación entre los amigos sirven para ilustrar toda una filosofía.
—El otro día fuimos a ver una película de Woody Allen...
—¡No es de Woody Allen! Sale él, pero no es suya.
—No te jode. ¿Y las películas de James Bond de quién son?
Lo cierto es que, a estas alturas, Woody Allen se ha convertido en un personaje más de sus películas. Desde obras antiguas como El Dormilón, Toma el dinero y corre, hasta otras más modernas como Misterioso asesinato en Manhattan, Desmontando a Harry, y ahora Scoop, para los cinéfilos incultos como yo, Woody Allen no ha sido un director sino un personaje neurótico, ya estuviera luchando junto a la resistencia futurista, robando un banco o explicándonos todo lo que siempre quisimos saber sobre el sexo y nunca nos atrevimos a preguntar. Es un caso extraño y creo que único de director-personaje encasillado.
A mí no me importa, y de la misma manera que sigo yendo a ver las películas de James Bond porque son de James Bond, sigo viendo las películas de Woody Allen porque son de Woody Allen.
En los últimos años todas las historias de Allen son iguales: personaje paranoico vive existencia apacible hasta que de repente se ve envuelto en una trama que se complica a cada minuto de la manera más irracional posible. La mayor parte de las veces hay un asesinato de por medio. A veces encarna a un escritor al que su universidad le va a hacer un homenaje y, como no tiene a nadie que le acompañe, contrata a una puta negra para que vaya con él. Es por pasajes así por los que algunos admiramos su cine. Los hay que nos contentamos con estas cosas.
La mayor parte del público encontrará este esquema repetitivo y aburrido, pero otros conseguimos encontrar un matiz a cada historia, y una tía buena nos sirve como burda excusa para enchufarnos la siguiente película. Esta vez es Scarlett Johansson. Esta vez es Scoop.
En esta ocasión Woody Allen es un mago que se gana la vida haciendo actuaciones en un teatro de segunda fila. En una de ellas, nuestra amiga Scarlett, estudiante de periodismo con gafas y pinta de no haber roto un plato en su vida, sube al estrado para participar en un número en el que se volatilizará del interior de una caja. Sin embargo, mientras está en la caja, se le aparece un tenaz periodista recientemente muerto que sigue investigando en el más allá una serie de crímenes perpetrados por un misterioso asesino. Será él quien ponga a Scarlett sobre la pista de un joven y apuesto millonario de familia acomodada que parece ser el responsable de la ristra de cadáveres. Con lo buena que está la periodista, no le llevará mucho tiempo meterse en la vida, y en la cama del muchacho, y arrastrar al bueno de Woody en el enredo.
A partir de ahí, lo de siempre. Situaciones absurdas con un toque de Monty Python, los habituales diálogos ingeniosos y una trama de intriga lo bastante interesante para que noventa minutos no se hagan demasiado largos.
No es una obra maestra, pero si te gusta Woody Allen, disfrutarás con esta película de Woody Allen.