La semana pasada se me olvidó comentar, en el tema de los vecinos, lo de las orgías nocturnas. Cuenta un amigo que tiene un vecino médico al que no se le conoce ni oficio ni beneficio ni pareja estable. Tampoco es que sepa mucho de él, ya que es la finca de al lado y simplemente sus ventanas coinciden en la esquina que hace L. El caso es que por lo visto el tío, en plena cincuentena, se ha ligado una enfermera o sucedáneo, porque cuando llega a casa después de una guardia a las 4am, el tío se pone a sus labores.
Digo yo que el payo vendrá de viagra y estimulantes hasta las cejas, porque después de 20 horas de guardia ni siquiera a mí se me ocurriría darle al mete-saca, pero el caso es que el buen hombre no perdona una.
Cuenta mi amigo que el cabezal de la cama está ubicado contra el suyo pero al otro lado de la pared, y que la cosa empieza con un leve traqueteo para pasar a mayores tras unos primeros compases. Al cabo de unos minutos, las sacudidas son propias de un terremoto del siete en la escala del Richal (el hijo de la Jenny). Para poner la guinda, la buena señora o lo que sea que se trae a casa, tiene a bien gritar como si le estuvieran retorciendo el pescuezo (quien sabe si no es eso lo que sucede) con lo cual el espectáculo, hacia las 4:30am, es todo un festival.
Resulta que el cuarto de baño de mi amigo linda con el cuarto del fornicador impenitente, y además tiene uno de esos ventiladores que se encienden con la luz y que hacen lo que pueden para sacar los efluvios que por allí reinan. Pues relata mi amigo que, alguna vez, al ir a cambiar el agua al canario a media noche, se tuvo que oír al Don Juan berreando "ESE PUTO VENTILADOOOOR". Mi amigo, hasta los cojones del asunto, decidió colgar un papel A3 en la ventana de su habitación en el que se leía: A FOLLAR AL RÍO. A día de hoy, parece ser que el hombre le ha puesto un silenciador a la buena mujer, o quizá ya no se emplea a fondo sabedor de que más de uno en la finca desearía poder hacer gritar así a una señora sin necesidad de poner los pies sobre la mesa. ¿Tenéis vosotros vecinos de esos? ¿Cómo son las conversaciones en el ascensor?
Bueno, y tras este pequeño paréntesis, a lo que iba:
Hace un año más o menos, apretaba el sol como ahora o más, y yo pasaba el mes de Junio estudiando como un hijo de puta. Me encontraba en mi refugio urbano en compañía de un amigo, el cual hacía de liebre para estirar las horas de estudio. Yo, por mi cuenta, era capaz de estudiar unas 6 horas diarias en el mejor de los casos: cuesta abajo y viento a favor. La siesta, el ordenador, un libro, los programas de la tele de media tarde en los que sale la gente con el pelo de colores y deformidades varias... Cualquier excusa era buena para no dar un palo al agua.
Estudiando con mi amigo no bajaba de las ocho horas diarias. Para él suponía reducir sus diez horitas habituales, pero el placer de estudiar en compañía parecía suplir el resto de inconvenientes que a mí se me podrían ocurrir.
La habitación en la que estudiábamos daba a un patio interior del edificio, un sitio enorme, y en el lateral de la manzana estaban levantando una edificación de 10 pisos de altura. El sol todavía no brillaba con fuerza en aquella mañana de primavera, y la ventana estaba abierta para que corriera el fresquillo del alba.
Mi amigo y yo repasábamos problemas de Electrónica Industrial (tiristores, diodos, ángulos de disparo y de extinción, corrientes "sinusoidales"...) y podría decirse, casi sin margen de error, que estábamos hasta los cojones de cualquier cosa que sonara a electricidad. Después de llevar un par de semanas allí y aterrados ante la perspectiva de lo que todavía nos quedaba, sonreír era lo último que pasaba por nuestras mentes.
Los obreros de la esquina le daban caña al loro mientras gritaban lo de "Iurop's living a selebreison" a toda pastilla. Los primeros rayos de sol bañaban sus varoniles torsos y las primeras cervezas del día evaporaban lo que pudiera quedar de su presunta vergüenza. La radio llenaba el aire mañanero, e incluso se oía a los fornidos trabajadores de la construcción dando voces a las ciervas que por aquellos lares pasaban. Aquello era, a todas luces, una fiesta. Aquello era el vivo retrato de la felicidad.
Yo, sentado en mi silla y enfrascado en los libros de Electrónica, me preguntaba si alguna vez sería tan feliz como ellos. Desde luego no a corto plazo, dado que me quedaban 10 días de estudio por sumar, y luego me esperaba el drama de saberme vilmente fundido en el examen a pesar de tanto esfuezo en la clandestinidad. Lo mío era la desgracia más absoluta. Pero, ¿cómo era posible que todo un futuro ingeniero envidiara la vida de un honrado trabajador de la construcción?
Hoy hablaba con una compañera de carrera que está trabajando de jefe (jefa -jefos y jefas, que dirían algunos-) de obra, y dice que alucina con lo que ve. Cuenta que el ladrillovistero, el que pone los ladrillos vistos, esos que son rojos y lucen como los de los dibujos animados, cobra un pastón casi obsceno y que llega a la obra en un carro de cuidado. Cuenta que además este buen hombre sólo pone los ladrillos, que ni siquiera tiene que levantarlos del suelo: se los pasan. Mencionaba algo similar del yesero, que supongo que será el que hace algo con el yeso, aunque no ha dado más detalles. Mi amiga, mientras tanto, está con contrato precario y va de aquí para allá como mierda por cagallón. Es en momentos así en que me pregunto si no me habré equivocado de carrera.
Hoy en día los oficios más demandados son los de electricista, fontanero y similares. Conozco gente que lleva meses y meses persiguiendo a un fontanero para que vaya a arreglarle alguna desgracia. En la familia, tenemos de toda la vida un amigo fontanero , y aunque hay que darle jamón cuando viene, no suele hacerse de rogar. El tío va tan sobrao que la mayoría de las veces se le olvida cobrar y hay que recordárselo.
Contaba el amigo con el vecino "Black&Decker" que su fontanero aparecía en 4 latas y hecho una mierda entre semana, y el fin de semana acudía a cobrar en Mercedes y con peluquín, y que allí nadie sabía quién era aquel señor que estaba pidiendo dinero.
Hoy en día hay que lamerle el pijo a un electricista para que venga a arreglar un enchufe, y la mayoría de la gente se dejaría vejar por el fontanero, transmitido por satélite en abierto, si viniera al día siguiente a arreglar la cisterna del WC.
Con el sueldo que tú quieras, todo el día de aquí para allá y encima con un mono y zapatillas como uniforme de trabajo, ¿quién conoce aquí la felicidad? Es en momentos así cuando uno echa mano de la recurrida, pero no por ello menos cierta, frase de: "Podría ser peor...".
¿Es la felicidad un estado o una meta?