Published on El Sentido de la Vida (http://elsentidodelavida.net)
Una cena para otro
By GonzoTBA
Creado 02/04/2007 - 00:23

Como comentaba la semana pasada [1], llevo algún tiempo intentando encontrar la manera de emplear, en cosas que no sean yo, el dinero que ha empezado a hacer El Sentido de la Vida en estos últimos meses. No es una empresa fácil. Por ejemplo no puedo invitar a los Albóndigas a una paella al borde del Danubio por dos motivos: aquí no hay chiringuitos domingueros y tampoco puedo invertir esos ingresos en gente especialmente cercana a mí, y mucho menos cuando no lo necesitan (esto va para mi hermana). La idea es ayudar a perfectos desconocidos para los que ese dinero pueda representar una diferencia.

La tarea no es sencilla, así que mientras daba vueltas a cómo resolverla iba metiendo los euros en la hucha de las buenas causas. Algún día terminaría por ocurrírseme algo, me decía.

Hace dos semanas estuve unos días en Budapest en excelente compañía. Cuando llegó el final de la quinta jornada ya habíamos subido en el autobús turístico, nos habíamos sumergido durante horas en los famosos baños termales y habíamos visitado todos los museos que nos había abierto las puertas. Si veía una esvástica más, conquistaba Polonia. Para cerrar nuestra estancia decidimos cenar en una plaza en la que había dispuesto un mercadillo para celebrar la llegada de la primavera. Los puestos vendían desde las famosas cajitas secretas húngaras hasta gorros de piel de zorro. Uno de estos puestos despachaba todo tipo de viandas locales, así como platos de verduras de diferentes cortes y vasos de vino caliente. Cogimos un poco de todo y nos fuimos a una serie de tablones que habían dispuesto a modo de barra donde liquidar el asunto allí de pie y cajas destempladas.

A pesar de estar celebrando la llegada de la primavera, aquella noche hacía un frío del carajo. Había que ajustarse la cazadora, y todo lo que no cubría el gorro lo cortaba el viento. Saqué las servilletas y los cubiertos de plástico y miré a los ojos a las enormes salchichas que me esperaban sobre el plato. Le di un sorbo al vino caliente. Después levanté la vista y fue entonces cuando le vi.

Debía de tener entre cuarenta y cincuenta años, pero estas cosas son difíciles de estimar. Unos pantalones de pana eran lo único que asomaba del pesado abrigo, y un gorro parecido al mío le mantenía alejado de tiempos peores. Estaba de pie junto a una fuente adosada a la pared de un comercio que vendía bombones de Mozart, y frente a él tenía un carrito de la compra y una bolsa. Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero aquello parecían todas sus pertenencias. En su barba de varias semanas se refugiaba del frío, dando un respingo de tanto en tanto. Bajé la vista y mis ojos cayeron de nuevo sobre el plato de salchichas. En cualquier tiempo anterior no hubiera tenido ningún reparo, pero en aquel momento me pregunté si aquel tipo habría cenado.

Desde el primer instante decidí que aquel buen hombre no iba a pasar la noche con el estómago vacío. No sé por qué, pero desde que se cruzaron nuestras miradas sentí una cierta simpatía por él. Hacía apenas cinco minutos que un violinista rechoncho con más cara que una cabaretera me había sacado un par de euros antes de alejarse entre la gente mientras tocaba la cucaracha. No se me ocurrió pensar en si el violinista había cenado o no. Sin embargo entre aquel tipo y yo había algo.

Supongo que pensé que él podía ser yo.

Sin saber muy bien qué hacer, corté un trozo de salchicha y me lo llevé a la boca. Mientras masticaba intenté visualizar los siguientes pasos. Aquello no iba a ser fácil: yo soy tímido redomado y allí había muchísima gente. Podía hacerle una seña e indicarle que se acercara, pero eso llamaría la atención de todo el mundo y yo terminaría por pasarlo mal. El hombre seguía envuelto en el abrigo con la mirada perdida, a ratos en la nada, a ratos en las salchichas de las que yo estaba dando cuenta. Intenté no meterme demasiada presión; esto de ayudar a un vagabundo era nuevo para mí, y las primeras veces siempre son las peores. Decidí continuar con la cena confiando en que daría con la manera de aproximarme a aquel hombre. Me sentía como si entre él y yo hubiera una pista de baile y además él tuviera tetas, y yo no sabía si acercarme o no. Mis pesadillas más recursivas siempre encuentran cualquier excusa para saltar de nuevo al estrado.

Al cabo de diez minutos de comer salchichas con un nudo en el estómago y sin ser siquiera capaz de dar conversación, me decidí y salí caminando con paso firme hasta donde se encontraba aquel hombre.

—¿Habla inglés? —le pregunté cuando estuve frente a él.

Negó con la cabeza sin sacar las manos de los bolsillos. Decidí ir al grano:

—¿Comer? —le dije haciendo como que me llevaba algo a la boca.

—Yah yah yah! —respondió.

Yo no sabía si tenía mucha hambre o si había cenado ya. Me empecé a sentir fuera de lugar.

—¿Beber? —hice como que mi mano era una bota de vino y yo le daba un tiento.

—Yah yah yah! —volvió a decir con la misma convicción.

Intenté ponderar sus respuestas. A mí me pareció que acababa de comer y beber con el mismo Baco, pero por si acaso quise asegurarme. Miré por encima del hombro hacia los puestos de comida.

—Ahí —le indiqué—, ¿te vienes?

—Yah yah yah! —contestó, y echamos a andar.

Tras unos pasos me di cuenta de que dejábamos todas sus pertenencias descuidadas y traté de prevenirle, pero no pareció importarle demasiado y siguió caminando, así que nos llegamos hasta donde tenían las bandejas. Agité la mano como si mostrara lo que se oculta tras la puerta número dos.

—¿Qué te apetece?

Sus ojos saltaron por todos los platos antes de decidirse por un uno de verduras del que sobresalían alcachofas. A mí no me gustan, pero imagino que si estuviera en su situación también me las comería. Por fin podría hacer felices a mis padres comiendo de todo. Le pregunté qué más quería. Titubeó un poco y señaló al fin las salchichas. Le indique con la mano a la muchacha que nos atendía que le pusiera dos.

En apenas medio minuto la chica ya había preparado los platos. Preguntó si quería pan y le dije que todo lo que me diera sería bien recibido. Le alargué un billete de diez mil rupias húngaras y tomé un cuchillo y un tenedor de plástico y se los puse al hombre en el plato. Mientras le acompañaba hacia unas mesas vacías me empezó a hablar. Me preguntó de dónde venía, o al menos eso me pareció entender.

—De España, amigo.

Dijo algo de España y luego comentó algo de unas olimpiadas. Ahora entiendo que hablaba de Barcelona, pero en aquel momento carecía de todo sentido. Después se empezó a deshacer en agradecimientos.

—Danke, danke —decía.

—Es un placer. Danke a ti.

Cuando regresé a mi sitio me di cuenta de que no le había comprado nada de beber, así que volví a donde la chavala rechoncha y le pedí un vino caliente para hacer justicia en aquella noche de primavera fría como un carámbano.

—¿Qué tamaño? ¿Normal o grande? —preguntó ella.

Grande, claro. Le di unos cuantos miles de maravedíes húngaros más y me entregó un vaso de plástico enorme lleno hasta arriba de la sangre de Cristo recién muerto. Andando a trompicones, procurando no perder una gota del valioso líquido, conseguí llegar hasta donde se encontraba nuestro amigo, el cual a estas alturas ya se había abstraído del mundo y estaba cortando una salchicha como si aquello fuera lo único que existiera en el Universo.

—Se me había olvidado la bebida. Sorry.

Abrió los ojos como si acabara de ver a un nazi saltando la tapia de la plaza medio siglo antes. En un segundo se rehizo y volvió a dar las gracias:

—Danke, danke.

Depositó el vaso junto a los platos y yo me di media vuelta y me largué. En aquellos momentos me sentía la persona más bondadosa sobre la tierra, quizá en competencia con el ministro de exteriores de Andorra. Supe entonces que era en cosas así que quería gastar el dinero de ESDLV.

El "problema" es que casos así no se presentan todos los días, y sin embargo los ingresos de los que debo deshacerme van en aumento. Marzo ha cerrado con 257 dólares de TextLinkAds [2], y este mes se pone en marcha el Adsense [3], así que voy a necesitar más ideas para ir desprendiéndome de ese dinero.

Los sin techo de Regensperry editan todos los meses una revista que venden por las calles; los fines de semana suele haber músicos callejeros; hay un pobre que pasa las jornadas pidiendo de rodillas en las calles más angostas del casco antiguo. Ellos podrían ser los beneficiarios de generosas donaciones por mi parte (10 ó 20 euros por revista —compraría varias—, 10 euros en el sombrero de cada músico que vea, 50 euros para el zaparrastroso que pide de rodillas). Lo "complicado" de Regensperry es que no hay vagabundos, y los que hay parece que disfruten de su condición. La banda del Netto [4], más que una panda de vagabundos, parecen un grupo de pobres borrachos subvencionados por el ayuntamiento (que probablemente es lo que sean) e inspiran más envidia que compasión. Así no hay manera de echar una mano a nadie.

Podría apadrinar un niño o enviar ayuda a África, pero preferiría ahorrarme el papeleo e influir en situaciones más próximas, en cosas que encuentre a mi alrededor, en algo en lo que yo pueda intervenir directamente. En cualquier caso, eventualmente, terminaré haciéndolo todo, porque cada vez se junta más dinero y me tengo que deshacer de él igualmente

Así que, estimados lectores, les pido que propongan destinos para los ingresos que ha hecho esta página hasta ahora y los que hará hasta que yo deje el curro para dedicarme a esto. Pueden sugerir acciones genéricas o sugerir usos concretos. Yo veré lo que puedo ir haciendo por mi parte y lo iré contando aquí.






Historias relacionadas:

  • Kilómetro cero [5]
  • La banda del Netto [6]

Source URL: http://elsentidodelavida.net/una-cena-para-otro

Links:
[1] http://www.elsentidodelavida.net/node/402
[2] http://http://www.text-link-ads.com
[3] https://www.google.com/adsense
[4] http://www.elsentidodelavida.net/node/367
[5] http://www.elsentidodelavida.net/node/402
[6] http://www.elsentidodelavida.net/node/367