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La máquina de rebobinar
By GonzoTBA
Creado 07/05/2006 - 20:45

El Chano y yo nos conocimos hace quince años en el colegio. Luego terminamos estudiando la misma larga carrera. Nadie se hubiera imaginado que acabaríamos viviendo juntos a dos mil kilómetros del terruño que nos vio nacer. A mí no se me hubiera ocurrido que trabajaríamos en lo mismo y, en el caso de hacerlo, desde luego no pensaba que terminaríamos viéndonos la cara todo el puñetero día. El edificio de PerryAG tiene siete pisos y el tamaño de un campo de fútbol, pero resulta que nuestras mesas están apenas separadas por unos tres o cuatro metros. A estas alturas creo que ni pestañearía si me dijeran que en dos años estamos casados y tenemos un hijo tonto.

Las mesas están ordenadas en grupos de seis, siendo dos filas de tres enfrentadas entre sí. Yo estoy en el centro de una fila mirando a Gorrino; el Chano se sienta en el siguiente grupo de mesas mirando en mi dirección. Son nuestros veinte metros cuadrados de deber y esparcimiento diario. Allí pasan las jornadas mientras hacemos un esfuerzo por ser conscientes de la suerte que tenemos y tratando de atesorar estos pequeños momentos que un día se irán para no volver.

Ella estaba preguntando algo a Minglanillas, recostada sobre la mesa y con la cabeza apoyada en la mano derecha. Ella probablemente no se estaba dando cuenta, pero exhibía una de esas poses que vienen escritas en los genes, todo cuidadosamente codificado. Algo así como "Si quieres que la evolución cuente con nosotros, cuando vayas a preguntar algo a un compañero ponte así y asá. Y enseña pechuga, cojones". Si Darwin no estaba equivocado, en diez mil años todos los culos serían como ése, de piedra.

Y allí estaba ella, con el trasero en pompa y la camiseta rampando por una riñonera que se intuía marmórea. Los rizos rubios le caían sobre los hombros. Lo mejor del departamento después de la máquina de café: la levantapiedras.

La levantapiedras tiene más espaldas que el Chano y yo aparcados en batería. Está tan prieta que cuando se agacha parece que le vayan a saltar las costuras, y cuando se le sube la camiseta se observa que tiene menos grasa que un quesito de la vaca que ríe por no llorar. Al Chano no le gusta, dice que la ve demasiado hombruna. A mí sí, para que nos vamos a engañar, y más en primavera. Como dice Alberto, "En tiempos de guerra todo agujero es trinchera". Este agujero está excavado en roca y por dentro galvanizado.

Me rendí ante aquella visión de última hora de la tarde. Las gráficas de la pantalla se derritieron y mi escasa capacidad de concentración optó por concentrarse en aquel culo empaquetado al vacío en vaqueros. En Marte no hay ladillas porque no hay oxígeno; aquí regla de tres.

Mi imaginación aprovechó el sopor de los últimos coletazos de la jornada laboral y tomó las riendas. Visualicé.

Me levanté de mi silla. Lentamente, con pasos largos y elegantes, di la vuelta al grupo de mesas hasta llegar a su altura. Puse sus manos en su cintura y ejecuté uno de esos movimientos que hacía Elvis sobre el escenario gritando "¡Taca!". Ella cayó sobre la mesa con los ojos como platos y desde el fondo de la sala se pudieron oír algunos aplausos de aquellos que habían seguido la maniobra completa. "¡Olé!" gritaban. Más de uno se puso de pie. Al día siguiente estaba buscando otro trabajo.

Tengo una imaginación fecunda y extremadamente gráfica. Todo me viene a la mente rápido, como flashes, fotografías que aparecen y desaparecen tan rápidas e inexplicables como vinieron. Alguien formula una frase que incluya las palabras "Ratuza cagando" y me arruina la comida. Es como un flashback en una película de miedo.

A veces los fogonazos no son tales, sino que son secuencias completas, sucesiones de imágenes de una nitidez impresionante. Se me ocurre algo y lo visualizo de una manera tan real que más de una vez me sorprendo a punto de consumar. En ocasiones tengo miedo.

---¿Y dices que a veces te sorprendes a punto de hacer lo que estás imaginando? ---me decía Farruquito.

---Sí, sí, como te lo cuento.

---Eso no es nada; yo generalmente me doy cuenta cuando ya lo he hecho ---explicaba muy excitado, como si fuera la primera vez que encontraba a alguien a quien contarle el asunto---. Es por eso que se me ocurrió: La Máquina de Rebobinar.

La Máquina de Rebobinar sólo existe en la cabeza de Farruquito. Más bien comparte espacio con unas cuantas otras cosas que ni siquiera sería conveniente que existieran. Se trata de una de esas máquinas que alguien debería inventar, como la máquina del cambiazo o la pistola de alterar la voluntad.

De acuerdo con las descripciones de Farru, la Máquina de Rebobinar permitiría hacer lo que uno quisiera teniendo luego la oportunidad de volver al punto "A", lugar de inflexión temporal previo al punto B de no retorno. Esto permitiría ensayar nuevos efectos y consecuencias, imagino que para maximizar las risas o minimizar las consecuencias negativas del bromazo en cuestión.

Quien más y quien menos ha soñado con algo así. Todo el mundo ha querido alguna vez poder volar o ser invisible para entrar en los vestuarios de las chicas. La máquina de rebobinar se encuentra en esta dimensión de cosas que deberían existir.

Pues bien, esta es la semana de las buenas noticias: la máquina de rebobinar existe. Y no sólo rebobina, sino que avanza y además permite cambiar de cinta. Por si el asunto no resultara ya de por sí prodigioso, la máquina se fabrica con cosas que todo el mundo tiene por casa. Lo único que se necesita es paciencia, ganas y disciplina.

Permanezcan atentos a sus pantallas. Próximamente, en Bricomanía de la vida, la máquina de rebobinar.


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