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Acción Albóndiga en el Caribe: Mosquitos y vendedores
By GonzoTBA
Creado 28/11/2005 - 00:09

Como turista albóndiga en la República Dominicana, hay dos cosas extraordinariamente molestas y que no te dicen que vienen en el all inclusive: los mosquitos y los vendedores ambulantes.

Los mosquitos allí también se pegan unas vacaciones del carajo, a mesa puesta. Tienen barra libre en bebidas y buffé internacional, desde españolitos enclenques hasta polacos sobredimensionados.

Los mosquitos dominicanos son extraordinariamente diminutos y silenciosos. En una semana me picaron unas treinta veces y yo sólo causé dos bajas. No entiendo cómo lo hacen para conservar esa esbelta figura, porque los hijos de puta se ponen morados. Yo creo que se lo montan en plan festín romano: poniéndose hasta las cejas, yendo al baño a vomitar y volviendo a seguir con la bacanal. En serio que no sé dónde se metían todo lo que tragaban. Y eso que no hacían nada de ejercicio, todo el día en la habitación esperando a que cayera la noche.

Llegabas a la madriguera, te sentabas a la cama, abrías el folleto de las excursiones y empezabas a notar un dolor sordo en el dedo. "Dios, no, otra vez no" decías, pero sabías que ya era demasiado tarde. A continuación te comenzaba a picar la mano y a los cinco minutos te la querías cortar.

Las picaduras en manos y pies son bien jodidas. Una mañana me levanté con un dedo anular como una morcilla. Ni siquiera podía doblarlo. En la base del pulgar de la misma mano me picaron dos veces. Llegué a pensar que si me daban otra en el mismo sitio iba a terminar perdiendo el dedo.

Los venderores ambulantes no se quedaban a la zaga. Llegabas a la playa, te agenciabas una tumbona y en menos de dos minutos de reloj ya tenías uno encima. Al principio del viaje nos comentaron que teníamos mucha suerte allí puesto que teníamos la ventaja del idioma. Esa semana hubiera deseado ser ruso.

"¡Hooola España! ¿Cómo va España? ¡España va bien!" decían a voces. Acertaban siempre en la nacionalidad, pero no sabían que España iba de puta pena.

Generalmente vendían figuras en madera, colgantes y cuadros. Vamos, cosillas típicas del arte dominicano. Mientras las veían moradas para endosarle algo a alguien, pasaba por detrás otro gritando:

¡¡Aaaaiiiii got de monki, aaaaaiiiii got de monki!!

El Monkey era un peluche de colores alucinógenos, y con la cola en completa erección, que el tío llevaba colgado en la espalda. Se los quitaban de las manos. Cuándo aprenderán que la cultura no vende, sino las tonterías. El hombre doblaba los billetes y se alejaba dando voces por la orilla:

¡¡Aaaaiiiii got de monki, aaaaaiiiii got de monki!!

Conocimos a nuestro vendedor favorito, Wilson, el primer día de estancia.

---Lo que sí que me gustaría pedirles ---dijo mientras dejaba la mercancía a los pies--- es un cigarrito.

Mientras se lo fumaba nos desgranó la historia de la República Dominicana empezando por España.

---España tiene 50 provincias. Es un país muy grande ---sentaba cátedra. ---Y Corte Inglés, y Mercadona, y Carrefour...

---¿Y cuántas comunidades autónomas? ---pregunté yo haciéndome el gracioso, habiendo perdido ya la paciencia después del tercer vendeor.

---Aay, eso ya no lo sé. Pero yo les voy a contar una cosa...

A partir de ahí se sumergió en la clase de historia. Todo había comenzado con nosotros, que les habíamos cambiado el oro por espejitos y cepillos de dientes. Describió la colonización con detalle, cómo los nativos habían sido convertidos al catolicismo a hostias y toda la historia del mestizaje forzado.

---Y entonces se llevaron a la gente de aquí a trabajar África.

Nos miramos anonadados. Yo conocía otra versión de la historia, pero Wilson hablaba de manera tan solemne que no me atreví a contradecirle. Si dices una estupidez muy serio la gente se la traga.

Por si acaso luego le pregunté a Alberto en la intimidad:

---Sí, no te jode, el puente aéreo intercontinental echaba humo.

Wilson proseguía su historia y al final llegábamos al presente, concretamente al día anterior, en el que unos madrileños le habían comprado todo el lote. Ahora nos tocaba a nosotros. Nadie tenía especial interés en los curiosos regalos "para las suegras".

En veinte minutos dijo tres veces la frase "Yo sé que ustedes han venido a descansar, pero..." antes de por fin recoger los trastos y largarse. Por lo menos Wilson era consciente de que habíamos venido a descansar.

Las tardes al borde de la piscina eran el único momento de auténtica paz. Luego volvíamos a los mosquitos.

Eins, Zwei, voto, paja, zumo... [1]


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