Allí estábamos todos de nuevo en la reunión de cada quince días que ahora, gracias a algún tipo de intervención divina, había mutado en mensual. El Payo Pork nos acababa de comunicar que el doce de Diciembre tendríamos otra de esas reuniones erotico-festivas en las que podríamos hablar de lo que tenemos en común. Tras casi treinta años dando tumbos por el mundo puedo decir que nunca he encontrado un grupo de seres con el que tuviera tan poco en común, y eso que pasé varios veranos en Inglaterra.
---¿De quién es esta manta que hay en el sofá? ---me interrumpe el Chano ahora mismo, a voces desde el comedor---. Está de puta madre.
---No te acostumbres porque es de mi ex, y tendré que devolvérsela.
---Pues está de cojones. Podíamos hacer como con las cosas de la Tanqueta.
---¿Ir rompiéndolas poco a poco?
---Juas. Oye, estoy graciosísimo con el tema de tu ruptura. Después de un año y medio viviendo contigo me he convertido en un insensible corrosivo.
---Estás hecho todo un cabronazo, felicidades.
---¡Y tú un blando!
El Payo Pork me pregunta a qué me estoy dedicando en estos tiempos. No es que tenga un interés especial, es que la última renovación de contrato caducó hace unos días y todavía no se explica cómo sigo teniendo trabajo a pesar de que él no haya negociado la siguiente.
Le describí lo que había hecho hoy y el resto me lo inventé. El Payo miró al que se sentaba a mi izquierda y dijo:
---Ahora usté.
Oh no, nos habíamos sumergido otra vez en uno de esos bucles en las que cada uno cuenta lo que hace y que en la tercera iteración, hace ya meses, dejaron de tener sentido. Cerré los ojos e imaginé que cabalgaba a pelo por la playa sobre un precioso caballo blanco.
Esta vez la ronda de intervenciones estúpidas duró noventa minutos. Hacía tiempo que no tenía esa sensación de que la tierra se me tragaba. A mí y a los controladores en C, los compiladores, las celdas de memoria, las "laibreris" y al Payo Pork.
Hoy se termina la temporada de moto por dos motivos: porque hace un frío del carajo y porque mañana me caduca el seguro. Ahora hay que buscar un sitio en donde cobijar el bicho durante el invierno (hmmm, curioso paralelismo). Por lo menos parece que no va a helar en las próximas semanas. Lo que me preocupa es la moto, porque al otro bicho me lo llevo de vacaciones al caribe en menos de una seis días, a que el viento del océano me seque las lágrimas mientras sorbo de una pajita.
Ahora que vuelvo a los circuitos de soltería y a los fines de semana en los que las mañanas no existen, no puedo evitar acordarme de Ratuza en la disco de moda hace algo más de un mes. Por lo visto venía del cuarto de baño con la copa convenientemente ajustada en la mano izquierda y, alumbrado a la luz del excusado, se había visto las ojeras de una semana de 60 horas de trabajo en verdadera magnitud.
---Me acabo de ver en el espejo. ¿Por qué no me habíais dicho nada? ¡Tengo un índice de mapachidad tremendo!
Señor, dame fuerzas.
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