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El niño en mí
By GonzoTBA
Creado 22/04/2003 - 02:06

Antes de entrar en harina, agradecer a Dios que nos haya concedido estos cuatro días de vacaciones de Semana Santa. ¡Viva Dios!

La Semana Santa y todas estas fiestas litúrgicas tienen para empezar y no acabar, y son una contundente explicación de por qué este país no va hacia adelante. Los funcionarios vagos y los políticos podridos (el 80 y el 99% respectivamente en cada uno de los grupos) casi que completan el abanico de razones, pero la religión sigue siendo un lastre en el mundo. Un día la cogeremos con cuidado, porque en un sitio que trata sobre el sentido de la vida habrá que tratar a la fuerza la religión y la muerte. Mientras tanto, podéis entreteneros con uno de mis hallazgos religiosos de este mes: Besando el culo de Hank [1], del original Kissing Hank's Ass [2]. La Guía de la Biblia para escépticos la dejaré para otro día.

Pero vamos con El niño en mí. El otro día lo comentaba con alguien: La única diferencia entre los niños y los adultos es el precio de sus juguetes. Esta corta y sencilla frase contiene la esencia de la vida (vaya, creo que todas las semanas digo lo mismo). Bueno, una de las esencias de la vida, que pongamos que tiene muchas.

Cuando yo era pequeño, los mayores parecían como de otra pasta. Cuando tenía 15 años pensaba que un día llegaría un hada con una varita mágica, me arrearía en toda la madre y por arte de magia sería mayor. Desgraciadamente, los años han pasado, soy mayor y todavía estoy esperando al hada. Empiezo a temer que sea un camelo.

Cuando uno tiene 15 años, los mayores son gente seria, poderosa, dueños de su tiempo y de sus vidas, gente capaz de aplastarte con un pulgar. Bueno, al menos así era antes. Ahora los nanos de 15 años son la gente poderosa, dueños de sus tiempos y de sus vidas, dueños de los tiempos y las vidas de sus padres, y capaces de aplastarlos con el chantaje emocional de un trauma infantil.

Sin embargo, cuando uno lo ve ahora con cierta perspectiva, sabiendo que sigue siendo el niño de antes sólo que con más marrones que lidiar, se da cuenta de que la vida se divide en responsabilidades y que uno no es más que el niño que fue pero más o menos amargado en función de cómo lo lleve.

Enfilado hacia el final de la veintena, a tumba abierta y sin frenos, me considero igual de inmaduro y risueño que hace diez años o más. Me gustan las mismas cosas, disfruto con las mismas gilipolleces: me pasaría el día haciendo tonterías y haciendo el cretino si no fuera porque a mi edad está mal visto, y porque tengo que emplear lo que se ha convertido en mi escaso tiempo de esparcimiento en otros quehaceres. Procuro llevar la ropa que me gusta y no la que mi edad recomienda, y mi pelo, mientras aguante, jamás verá una gota de gel fijador. Soy el mismo chaval de hace diez años pero atrapado en un cuerpo y en una vida de las de ahora, de porexpán.

Sin ir más lejos, hace unas semanas recuperé algunas canciones de pelis de la Disney que siempre me han gustado. Algunas de mis películas preferidas son El libro de la selva, El rey león y La sirenita. En estas películas, los secundarios siempre se meriendan al personaje principal con patatas, y acaban adueñándose del "flim" y partiendo la pana. Estos simpáticos personajillos, siempre con marcado acento andaluz, son unos auténticos vividores, unos verdaderos conocedores del buen vivir. Pasan la vida haciendo el cabra, sin dar un palo al agua y cogiendo de aquí y de allá cuando les viene en gana. Que sí, que sí; análisis:

  • El libro de la selva: Balú, el oso, es el puto amo. Pasa por la vida sin dar un palo al agua, rascándose la espalda contra las palmeras y comiéndo los plátanos que la madre naturaleza le ofrece. Así lo canta en "The bare necessities", un alegato a la alegría de vivir a ritmo del mejor jazz. Una canción para levantarse por las mañanas, y una escena para recordar en el mundo de la cinematografía. ¡Qué grande eres, Balú!
  • La sirenita: Aquí la pareja secundaria la forman el pez amarillo y el cangrejo, Sebastián (Sebahtiánh). Sebastián es el puto amo, y al final es él quien le resuelve la papeleta a la sirenita, que es una inepta. Digamos, para no faltar, que se encuentra incapacitada por el shock del enamoramiento. El simpático cangrejo se come la película y se marca un calipso submarino sin parangón, "Under the Sea", con un número musical digno de Broadway. Sebastián dirigie a medio reino de Poseidón en una coreografía magistral mientras canta las alabanzas del reino del mar y, básicamente, de lo bien que se vive sin pegar ni chapa. Soberbio. Hasta los Simpson recrean la escena en uno de los episodios, ahí es nada. A ver si alguien encuentra en qué capítulo es.
  • El rey león: Aquí el tándem Pumba y Simón se vuelve a adueñar de la película. Estos entrañables personajillos pacen tranquilamente sin dar un palo al agua y bajo una filosofía radical: cuando les pasa algo y se encuentran deprimidos, dicen Hakuna-Matata y a otra cosa. No hay lugar para el aburrido y sólo hay cabida para la diversión de sol a sol. Pumba y Timón, con el rey león como mero comparsa, se marcan una melodía pop de las buenas en "Hakuna-Matata", con breves monólogos en los que Pumba cuenta sus problemas gaseosos. Sencillamente magistral.

Estas tres canciones deberían estar bajo la almohada de cualquier niño grande con ganas de vivir, para cuando la hipoteca pega duro o Dios aprieta y el cabrón ahoga. Las versiones en español no están nada mal, no en vano hay grandes dobladores en la piel de toro, pero ya se sabe que nada como el original. Yo las oigo y las disfruto como un loco de vez en cuando. ¿Soy o no soy un niño grande?

Por cierto, las películas de Disney ahora ya no son lo que eran antes. Las últimas creaciones son de lo peor, con historias tontas y personajes secundarios descafeinados, bobotes y nada vividores. Yo ya no sé adónde vamos a ir a parar.

Y los niños. Pues eso, que al fin y al cabo todos somos niños grandes. Uno no madura, sino que la vida se lo lleva por delante. Se madura a hostias, vamos. Todos somos niños en diferentes etapas de la vida.

Haciendo una clasificación somera, nos encontramos:

  • Joven joven: Es un niño que acaba de sacarse el carnet de conducir. Puede llevar un buga, provocar accidentes de tráfico e ir a la trena. Evidentemente, todo esto ya lo podía hacer antes, pero ahora lo hace al amparo de la ley. Es un niño libre, con alas (como una compresa), con una libertad recién estrenada y sin apenas cargas.
  • Joven menos joven: Es un niño que acaba de terminar la carrera. Ve desesperado como su tiempo ya no le pertenece y ha adquirido de repente una serie de responsabilidades que le empiezan a desbordar. No sabe lo que le espera.
  • Joven en declive: El niño más amargado de toda la vida. Se mete en la hipoteca de la casa, la novia se le quiere casar y quiere que le haga un churumbel, las letras del coche, le aprietan en el tajo... Evidentemente, se le amarga el caracter, los chistes no le hacen gracia, deja de salir por las noches o al cine, porque no le apetece o porque no le llega la pasta, etc... Un dramón, vamos.
  • Niño maduro: Se ha hecho ya cargo de que a este mundo se viene a sufrir. Ha conseguido llevar con dignidad los pagos de la casa, se ha casado y cría al churumbel con diligencia. Tiene hasta un perro y veranea en la costa. Empieza a sonreír.
  • Niño madurito madurito: Termina de pagar la hipoteca: la casa es suya. Ve la jubilación como unas vacaciones ya próximas y el churumbel ya hace su marcha. La mujer también hace sus cosas y las hormonas han dejado de aporrear la puerta. Es un niño feliz, dueño de nuevo de su tiempo y de su existencia. La vida le sonríe. Pasa sus días cebándose, durmiendo la siesta y desafiando al médico.
  • Niño de nuevo: Ejem... pues eso. Cuando llegue allí lo contaré, si es que eso sucede. Me veo en la residencia jugando en red y escribiendo columna diaria. La verdad es que no suena nada mal. Con una sonda no tendré ni que ir al baño, y como los abuelos casi no pegan ojo, las partidas en red pueden ser la monda. Espero juntar pasta para poder pillar la Pleisteison 127.

Y ahora os dejo, que voy a ver el Equipo A, me doy un baño con el barco pirata de los Clicks de Famobil y luego me meriendo un bocata de Nocilla. Aún quedan tres meses de verano.


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