Antes de entrar en harina, agradecer a Dios que nos haya concedido estos cuatro días de vacaciones de Semana Santa. ¡Viva Dios!
La Semana Santa y todas estas fiestas litúrgicas tienen para empezar y no acabar, y son una contundente explicación de por qué este país no va hacia adelante. Los funcionarios vagos y los políticos podridos (el 80 y el 99% respectivamente en cada uno de los grupos) casi que completan el abanico de razones, pero la religión sigue siendo un lastre en el mundo. Un día la cogeremos con cuidado, porque en un sitio que trata sobre el sentido de la vida habrá que tratar a la fuerza la religión y la muerte. Mientras tanto, podéis entreteneros con uno de mis hallazgos religiosos de este mes: Besando el culo de Hank [1], del original Kissing Hank's Ass [2]. La Guía de la Biblia para escépticos la dejaré para otro día.
Pero vamos con El niño en mí. El otro día lo comentaba con alguien: La única diferencia entre los niños y los adultos es el precio de sus juguetes. Esta corta y sencilla frase contiene la esencia de la vida (vaya, creo que todas las semanas digo lo mismo). Bueno, una de las esencias de la vida, que pongamos que tiene muchas.
Cuando yo era pequeño, los mayores parecían como de otra pasta. Cuando tenía 15 años pensaba que un día llegaría un hada con una varita mágica, me arrearía en toda la madre y por arte de magia sería mayor. Desgraciadamente, los años han pasado, soy mayor y todavía estoy esperando al hada. Empiezo a temer que sea un camelo.
Cuando uno tiene 15 años, los mayores son gente seria, poderosa, dueños de su tiempo y de sus vidas, gente capaz de aplastarte con un pulgar. Bueno, al menos así era antes. Ahora los nanos de 15 años son la gente poderosa, dueños de sus tiempos y de sus vidas, dueños de los tiempos y las vidas de sus padres, y capaces de aplastarlos con el chantaje emocional de un trauma infantil.
Sin embargo, cuando uno lo ve ahora con cierta perspectiva, sabiendo que sigue siendo el niño de antes sólo que con más marrones que lidiar, se da cuenta de que la vida se divide en responsabilidades y que uno no es más que el niño que fue pero más o menos amargado en función de cómo lo lleve.
Enfilado hacia el final de la veintena, a tumba abierta y sin frenos, me considero igual de inmaduro y risueño que hace diez años o más. Me gustan las mismas cosas, disfruto con las mismas gilipolleces: me pasaría el día haciendo tonterías y haciendo el cretino si no fuera porque a mi edad está mal visto, y porque tengo que emplear lo que se ha convertido en mi escaso tiempo de esparcimiento en otros quehaceres. Procuro llevar la ropa que me gusta y no la que mi edad recomienda, y mi pelo, mientras aguante, jamás verá una gota de gel fijador. Soy el mismo chaval de hace diez años pero atrapado en un cuerpo y en una vida de las de ahora, de porexpán.
Sin ir más lejos, hace unas semanas recuperé algunas canciones de pelis de la Disney que siempre me han gustado. Algunas de mis películas preferidas son El libro de la selva, El rey león y La sirenita. En estas películas, los secundarios siempre se meriendan al personaje principal con patatas, y acaban adueñándose del "flim" y partiendo la pana. Estos simpáticos personajillos, siempre con marcado acento andaluz, son unos auténticos vividores, unos verdaderos conocedores del buen vivir. Pasan la vida haciendo el cabra, sin dar un palo al agua y cogiendo de aquí y de allá cuando les viene en gana. Que sí, que sí; análisis:
Estas tres canciones deberían estar bajo la almohada de cualquier niño grande con ganas de vivir, para cuando la hipoteca pega duro o Dios aprieta y el cabrón ahoga. Las versiones en español no están nada mal, no en vano hay grandes dobladores en la piel de toro, pero ya se sabe que nada como el original. Yo las oigo y las disfruto como un loco de vez en cuando. ¿Soy o no soy un niño grande?
Por cierto, las películas de Disney ahora ya no son lo que eran antes. Las últimas creaciones son de lo peor, con historias tontas y personajes secundarios descafeinados, bobotes y nada vividores. Yo ya no sé adónde vamos a ir a parar.
Y los niños. Pues eso, que al fin y al cabo todos somos niños grandes. Uno no madura, sino que la vida se lo lleva por delante. Se madura a hostias, vamos. Todos somos niños en diferentes etapas de la vida.
Haciendo una clasificación somera, nos encontramos:
Y ahora os dejo, que voy a ver el Equipo A, me doy un baño con el barco pirata de los Clicks de Famobil y luego me meriendo un bocata de Nocilla. Aún quedan tres meses de verano.
Links:
[1] http://gorrister.no-ip.org/el_culo_de_hank.html
[2] http://www.jhuger.com/kisshank.mv