Ocurrió hace ya un par de meses. Era una tarde de esas en las que Baviera nos ofrecía la promesa de un verano que nunca llegó a acariciarnos. Yo buscaba la manera de terminar de matar la jornada. De hecho ni sabía qué hacía allí todavía.
En esas llegó un mensaje al móvil. Eché un vistazo a mi pantalla monotono azul:
A que no sabes quién
está en el autobús. Tiki
tiki tiiiii...
Era Ratuza. Y claro que me imaginé quién iba en el autobús: la Osita.
La Osita fue la Diosa del Amor de Abril, o de Mayo, ya no sé. Ratuza cayó perdidamente enamorado de su estampa mientras comíamos en la Kantine. Uno de esos enamoramientos plutónicos, por la cantidad de radiación que uno despide en la mirada, una de esas miradas que ven a través de la ropa.
---¿De dónde ha salido? ---pregunté yo, que me consideraba bastante al tanto de todo lo que se cocía en la Kantina y que circulaba con sostén.
---No lo sé, lleva un par de días por aquí. Creo que es de PerryAG, pero de las oficinas de la ronda norte.
Desde luego yo nunca la había visto por allí anteriormente.
La Osita se convirtió en la obsesión de todas las comidas.
---¿Te sientas ahí? ---preguntaba Ratuza.
---Sí, claro, es que si tú te pones aquí nos van a quitar los otros dos sitios.
---Vale, vale, pringao ---se descojonaba.
Media hora más tarde me decía:
---¿A qué no sabes a quién has tenido a la espalda hasta los postres? ---se volvía a descojonar.
Mierda, a la Osita. El cabrón se había puesto morao de amor plutónico y yo ya me estaba terminando mis natillas radiactivas.
---Pero no te gires, coño, que pareces un depravado ---gritaba Gorrino.
Así, a lo tonto, terminé yo también enamorándome plutónicamente.
La verdad es que la chica era muy guapa. Podía haber salido perfectamente de un catálogo de Mango, con un pelo moreno liso cayéndole a ambos lados y unos labios carnosos que prometían noches de lujuria.
---¿Qué, ya eres socio del club de fans de la Osita? ---preguntaba Ratuza sardónicamente.
---Sí, sí, cómo me pone.
---Pero que sepas que yo soy el presidente ---respondía---. El viernes imprimo los carnés.
Lo que tienen que hacer los adultos para pasárselo bien en el trabajo.
Así pasaron las semanas, bajo el encantamiento de la Osita durante las comidas. Jamás supimos su nombre. Si se hubiera llamado Ramona, cosa que aquí puede suceder perfectamente, se habría ido el encantamiento a tomar por el culo. Hay cosas que es mejor dejarlas como están, porque sabes que si las tocas se te deshacen en las manos.
Al ver aquel mensaje en la pantalla del móvil, descolgué el teléfono. Los bromazos gratis desde PerryAG siempre tienen más gracia.
---¡La Osita! ---le grité al auricular---. ¡Dime qué lleva puesto!
---Ya no me gusta ---contestó como si tuviera una mierda bajo la naríz.
---¿Y eso?
---Lleva las sandalias cutres que lleva medio PerryAG.
Vaya por Dios. Tan fácil como vino se fue.
A pesar de todo, sigo pensando que la Osita podría figurar en un catálogo de Mango. Y sí, todavía conservo mi carné de socio. A veces le echo un vistazo por las noches.