Published on El Sentido de la Vida (http://elsentidodelavida.net)
Mi primer coche (Los niños de hoy II)
By GonzoTBA
Creado 06/04/2003 - 01:16

La semana pasada hablábamos de que los niños de hoy lo quieren todo. Eso es normal: todos queremos todo. Lo especial de estos niños es que ellos lo exigen todo, y ya lo increíblemente espectacular es que los padres van y se lo compran. Uno de los ejemplos más claros de cómo han cambiado los tiempos es el primer coche, ese objeto al que se tiene tiene cuando uno cumple los 18 años y aprueba el carné de conducir; cuando por fin uno es un miembro productivo de la sociedad y puede votar, ir a la trena y conducir.

Mi primer coche fue un Seat Panda. Yo tenía 18 años y él 14 o así, como en las mejores novelas de folletín rosa. Era una lata de color crema y con menos curvas que una modelo de las de ahora. Quien diga que el "tuning" empezó hace unos pocos años miente, porque ya entonces aquella maravilla disponía de un techo descapotable pirata que mis padres le habían practicado hacía ya tiempo, con el objetivo de tostarse los cráneos bajo el sol del verano y poder decir que tenían un descapotable.

Hago aquí un inciso para aclarar que los descapotables, contra toda la mitología existente, son un coñazo: sólo se pueden usar en verano, si vas a toda leche se te vuela el peluquín, y si estás parado en un semáforo se te recalienta el colodrillo. Si esto tiene alguna ventaja aparte del posible vacile, que venga Dios y lo explique.

De vuelta a mi primer coche, el Panda no tenía radio ni posibilidad de ponérsela, a menos que uno fuera un cruce entre M.A. Barracus y el barbitas de Bricomanía. Aquello se solucionó cogiendo un radioca grande y usando pilas recargables. El loro lo encajaba en el "salpicadero" (no sé si alguien ha visto alguna vez un Panda por dentro), y desde luego se podía decir que aquella radio era más extraíble que ninguna otra: ni frontal ni leches, se extraía de una pieza y se camuflaba bajo el asiento. No es que pensara que nadie me fuera a quitar aquel prodigio de la alta fidelidad, pero el caso es que si me lo mangaban me jodían, así que mejor tomar precauciones.

Como el descapotado era pirata, al cabo de los años el cartón tapizado que hacía de techo empezó a venirse abajo en pequeños trozos peludos que provocaban la admiración de propios y extraños. Primero lo solucioné colocando trozos de rejilla encajada, y al final, cuando el desplome se hizo evidente, tuve que poner un cepillo de dientes haciendo palanca. Era tope bizarro, pero entre la radio "extraíble" y el cepillo de dientes, podías subir a una chati al coche y tener tema de conversación para al menos media hora.

Mecánicamente, el coche no iba nada mal. Superaba los 100 km/h con cierta soltura; y cuesta abajo, con 4 amigos a bordo y el viento a favor, yo creo que se puso una vez a 125, aunque bien podría traicionarme la memoria. El único "pero" era la marcha atrás: había que luchar con la palanca del cambio como si aquello fuera el mando de un avión en barrena en una película de sobremesa. Más de una vez tuve que sacarlo empujando de un aparcamiento porque la marcha atrás no entraba, y en otra ocasión protagonicé una simpática anécdota.

Corría el verando del 95 lo menos. Todo el mundo disfrutaba del sol y de la playa mientras yo acudía a freírme el cerebelo en una academia veraniega aprendiendo los misterios y secretos del dibujo diédrido. El dibujo diédrico consiste en saber cómo son las proyecciones de, por ejemplo, un cono cortado por un cilindro que lo atraviesa por la mitad a 60º. Todo ello en sábanas A3 sobre las que te tenías que recostar para trazar circunferencias con un compás de esos con una pata extralarga.

Decía yo que llegaba a la academia en mi flamante Panda color "beige", y tuve la suerte de encontrar un hueco para aparcar justo enfrente de la academia. Avancé el coche hasta pasado el hueco y quedé a la altura de un vehículo en el que 3 muchachas de buen ver, y presumible mejor palpar, parecían aguardar la salida de una cuarta amiga con la que irían a la playa. En aquel coche se notaba el cachondeo del grupo de amigas que se van a la playa a quemarse y engordar el culo mientras ponen a parir al resto de la humanidad. Con sus gafas de sol y sus pareos hacían tiempo mirando a su alrededor y comentando la jugada.

Yo me puse a la altura, me quedé con la copla y lancé una simpática mirada de esas de "Ay, si no tuviera que garrapatear sólidos en un A3, os ibais a enterar" y me dispuse a meter la marcha atrás para emplazar mi vehículo en su preceptivo lugar de estacionamiento, que diría un policía local entrevistado por la tele. En esas tiro a engranar y la marcha atrás que no entraba. Otra vez. Nada. Las nenas que se empiezan a descojonar al cabo del minuto, los coches detrás que se empiezan a impacientar, empiezo a sudar más si cabe. Después de dos minutos de riguroso reloj zarandeando la puñetera palanca, por fin consigo meter la marcha atrás. En aquellos momentos las nenas del coche de al lado ya se encontraban al borde del colapso por descojone. Ubico el coche y salgo todo lo solemnemente que se puede salir cuando uno carga con una carpeta en la que cabrían un poster de la Schiffer y un gato muerto. Ahí decidí que habría que ver lo de la marcha atrás. Al final resultó que una de las varillas estaba jodida y en el taller encontraron otra en un desguace. El coche volvió a nacer con la nueva posibilidad de cambiar el sentido del movimiento de manera sencilla, y su vida se alargó unos años más.

Como podéis imaginar, aquello no tenía aire acondicionado. En esa época la mayoría de coches no disponían de aquel complemento, y aquel por supuesto no iba a ser menos. Los viajes desde mi casa a la ciudad en pleno Agosto eran épicos; era como ir sentado sobre un barreño de sudor. Creo que un verano cultivé setas en el culo, de la humedad cavernosa que allí reinaba. Alguno dirá que no me queje tanto, que el Panda era un buen coche para la época. Y una mieeeerda. El Panda era ya un cacharro para los estándares de entonces.

Ahora, cuando un niño se saca el carné, pide coche. Y no pide un coche cualquiera. No entiendo mucho de vehículos en general, pero tiene que ser un Polo, un Fiesta con todas las pijadas o un 206 mínimo. Dales un "chinquechento" o un Twingo y verás dónde te mandan. Y eso el que no pasa directamente a un Golf o el clásico Clio Williams con más válvulas que una instalación de calefacción.

De mi pandilla de amigos, todos como yo de familias bastante desahogadas económicamente, yo heredé un Panda, un amigo un Seat 127, otro un Peugeot 505 que consumía gasolina y aceite a partes iguales, y el resto tenían suerte si de vez en cuando podían disponer del coche familiar. Imagino que en familias con menos suerte en el plano económico, o para gente con varios hermanos, la cosa sería bastante peor.

¿Que cómo le fue a mi hermana? Bueno, como he comentado el Panda duró 5 años, justo los que me llevo con mi hermana. Cuando ella se sacó el carné, mi padre propuso que "rompiera mano" con el Panda, expresión ésta que ahora ya debe de ser desconocida para los niños de hoy, y que consiste en foguearse en primeras lides con un coche chungo hasta que se adquiere la suficiente experiencia para coger un coche normal sin romperlo demasiado. Por aquel entonces mi madre llevaba un Twingo que usaba poco, y la idea era que yo compartiera el Twingo con mi madre y que mi hermana dispusiera del Panda. Pero ella se negó en redondo a llevar aquella lata que yo había conducido 5 años, aludiendo veladamente algo así como que el Panda no era bastante coche para ella (supongo que es una variante de la vejativa frase "No eres bastante hombre para mí" que usan las mujeres en las películas y en los barrios bajos).

Se acordó entonces jubilar el Panda y comprar un Polo, pasando entonces a la jerarquía siguiente: mi hermana disponía del Twingo cuando no lo usaba mi madre (casi siempre) y yo disponía del Polo "full time". Así fue durante un año máximo, tiempo que tardó mi hermana en, sibilinamente, hacerse con el control del Polo mientras era yo el cretino que lo seguía llevando a las revisiones. Llegó un momento en el que terminó por apoderarse completamente de él al ir yo en moto a todas partes, echándolo a perder, llenándolo de peluches y mariconadas varias de tías, y sobre todo, llenando el cenicero de apestosas colillas haciendo caso omiso a la terminante prohibición de fumar en el coche. Y así seguimos ahora.

Cuando yo salté del Panda al Twingo, el Twingo me parecía lo más, lo último, el parangón de la tecnología. No tenía aire acondicionado ni dirección asistida, pero joder, tenía radio y el techo no se caía a pedazos. No podía imaginar nada más grande. Cuando llegué al Polo, creía que no podía haber coches mejores que aquel. Por supuesto el tiempo me ha abierto los ojos, pero lentamente. Ahora los nanos van directamente al Polo, en unos cinco años se compran otro coche, y lógicamente no va a ser de la misma categoría. A los 30 ya tienen el mejor carro que una suma de dinero no vergonzante puede comprar. ¿Y luego qué?

Parte del problema viene de la importancia social que tiene el coche ahora mismo. Es como el móvil pero a gran escala. Toda persona molona que se precie de serlo ha de tener un móvil de cojones y un carro de la muerte. Es como una extensión del ego, como lo de "mi polla es más grande que la tuya". La mayoría de esas personas viven en la ciudad y emplean el coche para engordar el tráfico matutino y recorrer el kilómetro que los separa del trabajo. Si uno hace cuentas de coste, gasolina, mantenimiento, parking, etc, es imposible que salga a cuenta tener un peazo de coche cuando el transporte urbano es tan efectivo o una patata de coche harían el mismo papel. La gente no llega a fin de mes, pero se compra un coche por encima de sus posibilidades para tenerlo en el garaje y pagar una letra encima de otra. Como decía un profesor mío, mal profesor pero buen orador, él tenía un Ferrari. Lo guardaba en el concesionario, y cuando le entraba morriña iba a verlo un rato. Más de uno debería hacer eso.

En fin, esa es la historia de mi primer coche. ¿Cómo fueron los vuestros? Por cierto, el Twingo es uno de los mejores coches que conozco, y aun hoy lo prefiero muchas veces antes que el Polo. No se rompe nunca, puedes poner los pies encima de la tapicería, es amplio de cojones, se hace cama (anda que no he dormido yo veces dentro, y estirado en mis 1.87m) y es pequeñito y cuco.

No me importaría nada que el nuevo Twingo fuera mi próximo coche.


Source URL: http://elsentidodelavida.net/mi-primer-coche-los-ni-os-de-hoy-ii