Hoy, mientras recibía la noticia de que acabo de recibir una estación de trabajo Silicon Graphics Indigo 2 para mi colección, me puse a meditar en lo mucho que ha avanzado la computación desde que se introdujo la primera computadora personal, allá por el año 1971. Que yo recuerde, el juguete se llamaba Kenbak 1, costaba 750 dólares, tenía 256 bytes de memoria, y se fabricaron apenas 40 de ellos. Si contamos a la Programma 101 de Olivetti, que era una calculadora programable con impresora y tarjetas magnéticas para almacenar datos, la computadora personal data de 1965. Pero si por cantidad hablamos, la primera fue la Altair 8800.
Claro está que yo no vine a escribir sobre la historia de la computación: escribo sobre la nostalgia de ver tantas y tantas computadoras que hacen exactamente lo mismo que las máquinas originales que se convirtieron en los estándares actuales. Me refiero a lo que me gusta llamar las Dos Corrientes: la IBM PC y la Apple Macintosh. Cada una, a su manera, diseñaron estándares que se convirtieron en punto de referencia para todas las demás computadoras; y sin embargo, al ver hacia el pasado, creo que a pesar de haver caminado mucho, hemos avanzado casi nada.
Hoy mismo desempolvé de mi bodega el chasis de una vieja Gama 88. Cuando la compré, allá por 1990, solía contener una tarjeta madre compatible con la IBM PC XT, con un procesador Intel 8088 de 4.77 Mhz, 256 kilobytes de memoria, y una sola unidad de disco flexible de 5.25" acompañando a la tarjeta gráfica Hércules monocromática y al monitor ámbar correspondiente de 9 pulgadas. A esa máquina luego le agregué un disco duro de 20 megas (VEINTE MEGAS) y 384 kilobytes de memoria, para obtener 640 K de ram. Luego le agregué un módem de 2400 bits por segundo, un disco flexible de 3.5" y alta densidad, y para acompañar, una impresora Star Micronics NX1000-II de matriz de puntos de 9 pines. Hoy de esa máquina sólo me queda el chasis.
¿Para qué usaba esa máquina? Fundamentalmente, para lo mismo que la uso hoy en día. Escribo texos, llevo mi contabilidad, tengo mi base de datos de recetas de cocina (pocas, pero recetas al fin y al cabo), mi directorio, mi agenda, y, obvio es, correo electrónico. Todo lo hacía yo en modo de texto, y sólo una tarea a la vez, pro yo era feliz conectado a internet en modo de caracteres e imprimiento todo en una fea tipografía gris clarito de 80 caracteres de ancho en papel continuo tamaño carta. Catorce años en el futuro (¡cómo pasa el tiempo! Sin darme cuenta pasé de la pasión a la pensión...) y mi máquina es ahora un espeluznante monstruo de 3.33 Gigahertz, con 2048 megabytes de memoria, una quemadora de DVD, un disco ZIP de 750 MB, un LS-240, 360 gigabytes de disco duro, tarjeta de red de 1 gigabit por segundo, puertos USB y Firewire hasta para regalar, monitor de 22 pulgadas con serolución de 3200 por 2400 puntos, ratón y teclado inalámbricos, y para rematar, una impresora láser a color de Okidata. ¿Y para qué la uso? Escribo texos, llevo mi contabilidad, tengo mi base de datos de recetas de cocina (pocas, pero recetas al fin y al cabo), mi directorio, mi agenda, correo electrónico, navegar en internet y, obvio es, porno gratis. ¿Tanto han cambiado mis necesidades de hace 14 años para requerir lo que uso hoy?
Me pongo a meditar, y llego a una conclusión: no es que las personas de ahora no quieran aprender a usar las cosas: es simplemente que no pueden. Cuando a mí se me descomponía la computadora, había personas capaces de repararla y cambiar piezas con cautín y soldadora: hoy nos limitamos a cambiarlas porque no podemos hacer más. Antes, una computadora costaba cuatro mil dólares; hoy, cuatro cientos. Antes, el color era un lujo. Ahora, sale más barato cambiar las impresoras que los cartuchos. Antes, el papel se compraba en ajas par aun año; hoy, cada semana compramos un paquetito. Antes, cuando encendías una computadora era para trabajar con ella; hoy, puedes jugar, trabajar, mirarla, ver porno, llamar a alguien en Maui, espiar a la vecina de enfrente que está como un millón de euros, rascarte las pelotas y dejarla encendida.
Incluso veo ahora el esqueleto de una Newton Messagepad y la comparo contra una Dell Axim, y me entran ganas de llorar. Sí, la tecnología avanza, inexorablemente. Pero ¿en realidad necesiamos tanto poder al alcance de la mano?
Entonces le hecho una última mirada a la vecina, y me respondo: No, no lo necesitamos... pero ya que lo tenemos, hay qué aprovecharlo.