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El arte de mear
By GonzoTBA
Creado 01/03/2003 - 04:26

Puede parecer que el acto de la micción es sencillo: uno entra en el baño, hace lo que ha venido a hacer y sale. Entre el principio y el desenlace de este tan sencillo proceso, especialmente si eres hombre, suceden una serie de episodios que hacen que conseguir una buena meada sea como una obra de arte.

Habrá quien diga que mear en la taza es algo trivial, pero nada más lejos de la realidad; es un acto que requiere de una gran destreza de ejecución. Si crees que eres un hacha y que todo va al sumidero, pregunta a tu madre o a la "queli" (a la que limpia). Te dirán que eres un guarro y que tienes la mira más torcida que el submarino de los Village People. Pasa el dedo por el borde, compruébalo y ríndete a la evidencia: no das una.

No sé por dónde empezar ante semejante tema. Con el rollo que tengo podría escribir páginas y páginas sobre el arte de mear, pero habrá que condensar un poco. Empecemos un buen día de buena mañana, y supongamos por un momento que somos todos tíos o que al menos disponemos de un apéndice que sirve, pongámonos en el peor de los casos, como mínimo para miccionar.

Por las mañanas uno se puede levantar en dos estados: normal y emancipado. Si uno se levanta normal, lo que sucede es que se acerca a la taza, saca el cacahuete arrugado y tira a ciegas. Digo tira a ciegas primero porque las legañas le nublan la vista, si es que ha conseguido despegar los párpados, y segundo porque hasta que no se derrama un chupito de pis mañanero sobre el suelo no se sabe en qué caprichosa dirección ha decidido salir el chorro. En mi dilatada experiencia como meador matutino he llegado a ver trayectorias con una desviación de hasta 60 grados. Quien sea capaz de predecir el punto de impacto del chorro sólo mirándose el cacahuete, que se apunte a la marina.

En cualquier caso, lo normal es que uno se levante emancipado. Todavía no se conocen bien los mecanismos por los cuales hay jura de bandera a primera hora de la mañana, pero ni siquiera los suplementos de bromuro que mi madre añade a la sopa consiguen calmar el ardor guerrero matinal. Si hay algún lector que jamás se haya levantado en estado de pletórica emancipación, por muy tierna que sea su edad, le recomiendo una urgente visita al urólogo.

Total, que si era difícil miccionar con un cacahuete, las frutas no lo ponen mucho más fácil. El estado frutal no permite proceder, por si alguien no lo sabía o si existe alguna lectora interesada por aquí y desconocedora de la mecánica animal. Es por ello que uno debe esperar a que rebaje la hinchazón, lo cual puede resultar realmente molesto. Una vez en estado normal, volvemos al momento cacahuete con los mismos desastrosos resultados, así que da igual como te levantes que la vas a cagar igual. Ya puestos, mejor levantarse soñando con las angelitas que de mala gana. ¡Levantémonos con el pie de enmedio!

Durante el día, uno puede acompañar la miccionada con una buena deposición (supongo que el lector agradecerá que evite palabras como "cagada" o "giñada"). De hecho, todo acto de defecación que se precie suele venir acompañado por una buena meada. Espero que me disculpen las madres lectoras, pero es obvio que el público demandaba algo intelectual desde hace tiempo. Además, todo el mundo caga, hasta los del Equipo A. Imaginad los truños del M.A. Con la Turmix y un remo de madera los tienen que hacer bajar por el canalón.

Cuando uno está sentado en la taza es difícil errar el blanco. Es por esto que las mujeres se burlan de la falta de tino masculina, porque ellas tiran a quemarropa. Ellas no saben lo que es ser alto y apuntar desde un metro de altura. Pura precisión suiza. Pero bueno, cuando uno está sentado en la taza no tiene problemas, siempre y cuando se asegure de que el pinganillo no ha quedado reposando gracilmente sobre el borde de la tapa al sentarnos. Si uno procede sin cercionarse de este pequeño detalle, las consecuencias son dramáticas.

Pero no todo se limita a si la bola entró o no entró, como recordaran haber oído decir a McEnroe todos aquellos de mi generación y la anterior; hay mucho más detrás del proceso de micción. Por ejemplo, hay gente que necesita paz y tranquilidad para hacerlo, y personas que podrían mear en un autobús mirando al tendido. Desgraciadamente, me encuentro entre los primeros. Durante mucho tiempo pensé que era la única persona del mundo que no podía miccionar con alguien al lado en una taza colgante en un cuarto de baño anónimo. Afortunadamente, el tiempo me ha demostrado que somos muchos los que sufrimos en silencio.

Y es una gran putada. La semana pasada sufrí un dramático episodio que me dejó con mi cara de gilipollas (tm) de los Domingos. Acababa de llegar al aeropuerto de Orly en París, y esperando la maleta me di cuenta de que la urgencia me apremiaba. Tan pronto como llegaron mis pertenencias, las recogí y me dirigí raudo a los Toilettes que había localizado en la lontananza. A la entrada descubrí a una señora sentada en una mesa con un platito de monedas. Dejé la maleta a su vera, como me indicó, y entré en el baño.

El baño parecía el camarote de los Hermanos Marx en hora punta: la gente se disputaba las 3 tazas colgantes y hacía largas colas para poder mear en la intimidad o plantar un pino en una de las tazas compartimentadas. Como quiera que una de las tazas colgantes no tardó en quedar huérfana, allí me aupé. Pasaron varios personajes a mi alrededor, pero no conseguí desconectar y concentrarme lo suficiente como para culminar, así que hice como que recogía velas y salí del cuarto de baño con más urgencia y resignación si cabe que con la que entré.

A la salida me esperaba la señora con mi maleta, el platito y una sonrisa. Rasqué mis bolsillos y descubrí una moneda de 50 céntimos que deposité en la bandejita mientras recogía mis pertenencias con cara de limón amargo. "Adiós" me dijo la señora en español. Salí caminando del aeropuerto con la vejiga como un tambor, con 50 céntimos menos y sin saber cuántas horas iban a transcurrir hasta que tuviera una nueva oportunidad para descargar. "Menudo fenómeno estás hecho", pensé.

No es la primera vez que me sucede algo semejante. Aquellos que sufran de esta silenciosa dolencia sabrán qué situaciones son propicias para pasarlo mal en estas condiciones. Sin embargo, este tipo de molestia le permite a uno descubrir límites insospechados en su fisionomía. Por ejemplo, cuando uno cree que tiene que orinar YA porque si no va a reventar, no sabe que su cuerpo es capaz de aguantar al menos tres horas más antes de mojarle los pantalones. La capacidad del cuerpo humano es insondable y apasionante a la vez.

Si fuera mujer, añadiría el capítulo de por qué van en bandadas al cuarto de baño provocando embotellamientos monumentales. Como no lo soy (estos son mis planes a medio plazo), tendremos que quedarnos aquí. ¿Alguna colaboración para completar el informe?


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