Ponga un cerrajero en su vida

En ocasiones la vida nos da pequeñas pistas para modificar nuestra conducta. Eso es lo que realmente me pasó la vez que me quedé sin llaves de casa. Yo pensaba "Es una putada", pero estaba equivocado. Lo que realmente debería haber pensado es "Es una advertencia. Como puedo hacer para que esto no me pase otra vez?".

Realmente si pensé en como evitar que me volviera a pasar, y la solución (obviamente) fue "Deja unas llaves fuera de casa". Y, haciendo caso a mi parte racional, lo hice. Dejé unas llaves en la oficina. Otro día me volví a quedar sin llaves, un par de horas y tenía las llaves de mi casa en la mano. Que bien sienta ser previsor, sobre todo cuando te das cuenta de que te ha valido para algo.

Pero la vida no se puede quedar viendo como la gente poco a poco tiene éxito, la muy pérfida tiene que ponerte trabas una y otra vez. Yo, rebozándome en mi propio regocijo, me salté un paso fundamental en mi lucha contra la puerta. Este paso es: "por si te vuelve a pasar, vuelve a dejar las mismas llaves en tu oficina!". Se que puede parecer evidente, pero es muy difícil pensar en eso cuando te sientes superior al mirar a tu indefensa cerradura.

Pues bien, no dejé las llaves en la oficina. Y como la cerradura es uno de los objetos más sabios que hay en el planeta, de alguna manera se enteró, y decidió volver a cerrarse dejandome una vez más en la calle. Pero esta vez yo me sentía preparado. Recordando todavía el dolor de los 40 napos que me cobró el cerrajero la vez anterior, busqué un pedazo de cartón para emular al profesional que me realizó el trabajo la otra vez. Encuentro un trozo de cartón en mi cartera (si, en mi cartera hay esas cosas), y me pongo manos a la obra.

Resulta evidente que el cartón, de alguna manera, tiene que presionar el 'cosito' (pongá aquí la palabra técnica adecuada) que se encaja en el marco, para así someter a la cerradura y poder abrir la puerta. Y dado que la única manera de acceder al susodicho cachivache es entre el hueco que existe entre puerta y marco, era obvio que había que introducir por ahí el cartón. Primer fallo, el cartón entra demasiado holgado. Lo doblo y descubro el siguiente fallo, ahora ya no entra. Parece que la cosa se está complicando. Tras combinar varios cartoncitos, logro un revuelto de cartones que más o menos entra bien, y no se dobla. Empiezo a hacer presión por todos los lados a los que mis dedos pueden acceder, mientras aporreo la puerta en un amplio espectro de lugares. Pruebo a patearla fuerte, despacio, más arriba, más abajo, más hacia un lado, empujar con el hombro... pero la puerta resiste todos mis intentos. Cáspita, parece que esto es algo más complicado de lo que parecía.

Decido tomar un descanso y bajo al bar de siempre a comentar la jugada con los allí presentes. Una vez en el bar, los más habituales se dedican a putearme un ratito. Esto de putearme ya se está convirtiendo en parte del folklore de la Coruña, tengo entendido que para el 2005 incluso querían ponerlo en el programa de fiestas y todo. Después de estos momentos jocosos todos empiezan a soltar su pequeña versión de "que-hiciste-mal". Que si hay que empujar más fuerte, que si hay que meter el cartoncito desde arriba, que si hay que meterlo de frente, que otro cartón más duro, que patee más fuerte, que solo el cartón vale... Mil y una versiones. Despues de tomar fuerzas con una caña, decido subir a casa a poner en práctica (otra vez) esas pequeñas perlas de sabiduría. Como es inevitable, al rato vuelvo a bajar al bar con otro fracaso bajo el brazo.

Viendo que la llamada al cerrajero se torna inevitable (y el desembolso de otros 40 eurazos), el camarero (gran amigo) en un arranque de entusiasmo se ofrece a ayudarme seguro de que la puerta se va a abrir con solo mirarla. Volvemos a subir, y más de lo mismo. Nos pasamos más de media ahora entre patadas, cartones, tarjetas, empujones, sudores, maldiciones, risas, y una puerta que sigue erre que erre. En ese momento, decidimos pasar al plan B: llamar a un cerrajero amigo que vive cerca. Vamos a casa del cerrajero, y viene con nosotros un poco de mala gana, dado que estaba en casa semi-desnudo con su churri (ejem). Él, todo un profesional, se lleva una radiografía para intentar por cuarta vez atacar a la puerta con cartoncitos, tarjetas y similares. Debe ser que la radigrafía era de un hueso muy débil, porque es incapaz de hacerle mella en la cerradura.

Con los ánimos en el bolsillo, decidimos rendirnos a la tecnología, ir a buscar un taladro y enseñarle a la cerradura el poder que nos ha dado miles de años de civilización. Vuelta a bajar las escaleras, subir las de su casa, bajarlas otra vez y subir las mías de nuevo (nota técnica: vivo en un quinto sin ascensor, dejo al lector el cálculo de los peldaños que me tragué ese día). El rugido del taladro nos hace saborear la victoria que se aproxima. Mientras taladreamos a la cerradura sin piedad me entras ganas de gritar "te vas a enterar !! te lo voy a clavar hasta el fondo!!" Menos mal que me contuve, porque lo mismo alguien se piensa lo que no es. Al final, como no podía ser de otra manera, la cerradura se rinde ante el tremendo poder de un trozo de metal girando rápido. Gritamos victoria, tras dos horas de dura batalla.

Peeeeero, la cerradura tenía una sorpresa reservada. Una vez en casa, decidimos bajar al bar a regar este triunfo con cerveza. Hasta que alguien dice: "si cierras... te vas a quedar dentro encerrado" Todo esto cuando quedaban dos centímetros para que la puerta se cerrara tras nosotros. Menos mal que mis reflejos impiden lo que sería, sin duda alguna, otra gran historia de este blog. Desmontamos la cerradura y la rematamos a patadas por hacernos sufrir tanto. Ahora ya podemos bajar al bar a crear una nueva leyenda sobre mis movidas en esta ciudad :)

Char.-

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Ponga un cerrajero en su vida

Yo la pondría sobre un marco de madera y la colgaría de una pared del comedor, como trofeo de caza xD

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