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NavegaciónInicio de sesión de usuarioCosas para pasar un buen ratoAutobombo: Bombo en general: Encuesta¿Eres genuinamente feliz? Sí 23% No 52% Pues no sabría decirlo 25% Total de votos: 79 |
ColaboracionesDestino versus optimismoHabría que saber sopesar lo que nos ofrece la vida. Cada uno de nosotros debería saber cuándo y cómo elegir. El problema llega cuando no lo conseguimos. En demasiados casos del día a día nos vemos sobre un alto acantilado observando el mar, el horizonte, el fin de la Tierra. Queda muy lejano, pero nos da la impresión de que una vez lleguemos allí seremos felices. Pero estamos sobre un acantilado. Detrás de nosotros vemos tierra firme, la seguridad a la que estamos acostumbrados. Quisiéramos ir hacia el horizonte prometido pero nos da miedo caer en las rocas donde rompen las olas del mar. Parece demasiado poético como para ser verdad. Pero piénsalo. Puede ser que no sepas si dejar tu trabajo. Te da dinero, te da seguridad. Sabes que hay algo mejor para ti en algún lugar. Pero pocas veces te atreves a ir a buscar un trabajo en el que te sientas realizado. También es posible que te sientas extrañamente mal en una relación. No sabes si tu pareja es lo mejor para ti, pero ya llevas con ella dos años. Piensas que hay algo mejor para ti. Sin embargo en la mayoría de los casos te das media vuelta por que la probabilidad de conseguir algo similar al final del horizonte parece demasiado escasa. Incluso si quieres me puedo poner más banal. Estás en el súper. No sabes si cambiar de marca de kepchup. La que usas hasta ahora es la misma que compraba mamá. Es barata y sabe bien. Pero quizás la otra sepa mejor o viene con un posible premio bajo la tapa. Incluso en esos momentos dudamos un instante. Es curioso que eso que llaman “pequeños detalles” y que se supone que es lo que conforma nuestra vida sea lo más fácil de cambiar. Pero sabes que no es suficiente. Por mucho que cambies a un kepchup mejor, tu trabajo te seguirá haciendo desgraciado y tu pareja seguirá ahí, ofreciéndote una seguridad que no sabes si quieres. Ya hace un año que yo me lancé al mar. Fui en busca del horizonte soñado. Sé que la mayoría no cree en el destino pero yo sí. Pero es por que yo no creo en el mismo concepto de destino. El destino es algo trazado místicamente sobre nosotros. “Yo forjo mi propio destino” dicen algunos. Sin embargo, si lo que piensas es que lo forjas siendo escritor mientras tus padres querían que fueras abogado, estás en un error. Al menos es lo que pienso yo. Tu destino era ser escritor, porque ya era tu destino. Ese destino hasta dirá si serás un escritor de éxito o no. Yo soy más de los que piensan aquello de “una vez que te has saltado el destino, te das cuenta de que el salto estaba en el destino”. Yo me tiré al mar. Lo hice yo, por que lo decidí yo. El destino sólo me permitió ver que el salto no era tan grande ni la caída tan dolorosa como yo me había imaginado. Ya llevo un año de travesía y he descubierto grandes cosas. He aprendido mucho, más de lo que me hubiera imaginado. He hecho lo que en el fondo quería y ha sido mucho mejor de cualquier cosa que me hubiera imaginado. Me siento la persona más feliz del mundo cuando comparo mi opción con la que yo me quería haber forjado. En el fondo, el destino puede que nos conozca mejor que nosotros mismos. Apenas tengo 18 años. Mi filosofía barata no llegará a ningún lugar. Siento que tengo mucha suerte y me da miedo aprovecharla. Asusta. Aquella vez que me tiré al mar fue sólo para cambiar de carrera. Aún no he trabajado ninguna vez; mi relación de pareja apenas llega a los seis meses; nunca he cambiado de kepchup, lo ha hecho mamá. No hablo desde la experiencia y eso es lo que resta a mi filosofía la escasa credibilidad que pudiera haber tenido. Sólo puedo decir que el destino me ayudó a llegar donde estoy ahora. Y ahora estoy aquí, escribiendo esto. Puede que se llegue a un punto en el que se deba hablar de suerte. Pero la suerte es neutra. Sólo tú puedes decidir si es buena o mala. Y a mí me gusta ser optimista. Fdo: Spemad El BarrenderoMe pareció una persona estúpida. Decidí no ir a trabajar. Me bajé del camión. Mañana diré que estuve enfermo. Siempre hay enfermedades pequeñas que sirven como excusas. Estuve sentado en la plazoleta universidad. El centro de la ciudad se encuentra pasivo, casi no hay ruido, hasta se podría decir que la ciudad descansaba. Eran las seis y treinta de la mañana, muy temprano en mi opinión. El sol se notaba opaco y el frío era tenue. No había mucha gente caminando en las aceras. Pensé que realmente no me encontraba en esta ciudad que se llena de gente, ruido y humo, como todas las demás ciudades grandes. La fuente de la plazoleta no estaba funcionando. Cerca de mi, un barrendero comenzaba sus labores del día, barrer y barrer, no hacia otra cosa mas que eso. Despreocupado, sabe que al día siguiente la basura estará ahí nuevamente. Será nueva basura, pero para él debe significar lo mismo, basura, basura y más basura. Yo también estaba despreocupado, se que llegará el siguiente día, irremediablemente. Por qué preocuparse entonces. Habían pasado treinta minutos y la gente comenzó a brotar, salían por todas partes, como si de hormigas estuviera hablando; alborotadas, desorganizadas. El barrendero seguía avanzando, lentamente. Se le nota los años en sus hombros. Me pareció una persona estúpida. Qué habrá hecho en toda su vida sino barrer. Permanecí callado largo tiempo. La fuente aun sin funcionar. Imagine una persona caminando por ahí, aproximándose al interruptor que encendería los motores de la bomba para hacer brotar el agua. Una fuente es tan artificial, inocua, que necesita de alguien para funcionar. Todos necesitamos de alguien para funcionar, de otra manera, serviríamos para nada. Tuve la sensación de que el tiempo avanza lento. El tiempo, el tiempo que no espera a nadie; constantemente nos alcanza y nos rebasa, juega con nosotros. El barrendero continuó escrupulosamente, lento, avanzando como si no quisiera. Se le nota que no le gusta ese trabajo. Me dieron ganas de preguntarle cuánto tiempo había estado haciendo eso. Deben ser años, pues la paciencia con que observa el lugar, selecciona por dónde comenzará, y la lentitud con la que recoge cada trozo delata sus años en servicio. Primero pensé que parecía un estupido, ahora siento que lo es, se le nota en el rostro triste y decaído una cara de estupido. Cuántos sueños habrá tenido en su vida, y todos tirados en la calle, como pedazos de basura que jamás logrará juntar, por más esfuerzo que haga. Me sentí desesperado haciendo nada. Recordé cuando me baje del camión para llegar hasta el lugar donde estuve sentado. Recordé el camino para llegar a este lugar. Todo fue tan lento. Primero, estaba bañándome, luego tuve que tomar la toalla, secarme, lavarme los dientes, rasúrame, peinarme, ponerme la ropa, pieza por pieza, luego, el perfume, los zapatos, las agujetas, peinarme nuevamente, limpiarme los oídos, lavarme las manos, bajar, sacar el bote de leche del refrigerador, servirme un vaso, encender la televisión, buscar el canal de las noticias, ajustar el volumen, después, buscar un sartén, colocarlo en el quemador de la estufa, abrir el bote de aceite, vaciarlo un poco, esperar que el sartén se caliente lo necesario, mientras, lavar los tomates, el chile, los huevos, hacer el desayuno. Todo lo recordé en como si se tratara de una película que se repite diariamente, así en todo el mundo. Cocinar, desayunar, lavar los platos, lavarse los dientes, apagar la televisión, abrir la puerta, salir a la calle, cerrar la puerta, caminar hasta el paradero del camión. Mientras, el tiempo transcurre, lento, y nosotros no nos damos cuenta. Nos parece tan normal, tan cotidiano, que nos hemos olvidado del tiempo perdido. Creo que no existimos en esos momentos. Uno se va muriendo lentamente. Los otros también esperan en el paradero del camión. El barrendero debió haber hecho lo mismo, pero él se notaba más lento, cansado. Estamos condenados al tiempo. Amanece y todos haciendo lo mismo. Bañarse, desayunar, caminar, trabajar, caminar, esperar. De pronto uno se debe sentir viejo. Los años nos harán pedazos. Eso estaba pensando, cuando repentinamente alguien encendió la bomba de la fuente, y el agua comenzó a brotar. Ahí estaba la persona encargada de la fuente. Debió haber estado esperando la hora exacta. Ahora tendrá que esperar para apagarla. Es una fuente circular, tiene un estanque muy grande, y en el centro se encuentra un motivo vertical de piedra con muchas hojas como adornos que termina en una media esfera, por ahí sale el agua. Primero comenzó a brotar lentamente, después, tomó su afluencia normal que llega como a unos dos metros de altura, no es mucho, es una fuente modesta. El estanque es muy grande y demoró en llenarse. Casi dos horas estuve sentado en la plazoleta, observando la fuente. Entonces ya había mucha gente en las calles, mucho ruido. Caminaban de un lado a otro, yo los notaba muy lentos, y llegue a pensar que no saben hacía dónde se dirigen. Me imaginé la ciudad vista desde arriba y toda la gente caminando, un montón de bolitas negras moviéndose sin dirección. Hay un Café apenas cruzando la calle, se llama “La biela”, Tiene un letrero grande que lo encienden por las noches y resalta el color de las letras. No he subido, pero me imagino que desde el largo balcón se puede ver, inclusive, la fuente y la mitad de la plazoleta. Creo es un buen lugar para morir; música alegre, cerveza y una vista mas o menos agradable, y en las calles, gente caminando hacia cualquier parte. No me queda más por decir. Estoy escribiendo repetidamente la palabra estupido y quiere decir que debo terminar aquí. Me siento un poco nervioso y confundido. Ahora todo me parece estupido, hasta esta estupida carta. Me queda esperar la muerte, sólo la muerte, igual que el barrendero. El tiempo ya se me hizo largo. Circunvalando el EtnaUn tren si aire acondicionado, verano tropical del cambio climático en la costa oriental de Sicilia. Las ventanas están bajadas y los viajeros, entre los que me encuentro, asoman las cabezas como si de vacas se tratase. No ha empezado aún el viaje y ya siento que he retrocedido en el tiempo unos cuantos años. Esto es más o menos lo que buscaba. Un pequeño viaje de dos días en busca de algún destino turístico que sea exótico, pero accesible. Me han contado que un tren circunvala el mítico volcán, uniendo pueblos perdidos en la montaña. Me ha parecido un plan óptimo para pasar dos días de viaje en solitario. Por lo que pueda pasar, me llevo el saco de dormir. La imagen de las losetas de la estación moviéndose hacia atrás produce una extraña sensación. Es una marca del principio de la idea perfecta de viaje. Si en una película vemos esa imagen, sabemos que el viaje ha comenzado. Y como no, el viaje es en tren. Harán falta muchas películas para que el avión llegue al carisma que ya se ha ganado el tren. Este primer tren me lleva por la costa oriental de Sicilia en dirección a Riposto, pueblo natal del cantante Franco Battiato, donde comienza el recorrido del Circumetnea. El tren se detiene en cada pueblo de la costa durante bastante rato. Siguiendo un patrón heredado del mediterráneo medieval, los pueblos se dividen en dos; el del valle y el de la playa. La mayoría de los que están en la playa llevan en el nombre la palabra “Marina”. Existen curiosas aberraciones como una montaña de cemento con ventanas en el Adriático llamado Milano Marítima. De cualquier manera, el pueblo en el que me encuentro ahora se llama Alí Marina. El tren sigue circulando por una continuidad interminable de casas. Da todo el tiempo del mundo del mundo para ver la vida de estos lugares al mediodía de verano. La gente sube por las calles perpendiculares a la playa con sus sombrillas y toallas. Las terrazas están llenas de veraneantes a la búsqueda y captura de unas aceitunas con campari. Desde mi ventanilla localizo un pub irlandés. No creo que pueda haber nada más descontextualizado que un pub irlandés en un pueblo playero siciliano que, además, difícilmente tendrá turismo externo. Acabo de cruzar Taormina, primer enclave griego en Sicilia. El lugar es espectacular, con su teatro griego y todo. Eso sí, aquí sí que hay más turistas que en el Louvre con playa. Después de resolver un pequeño incidente con la revisora del tren me encuentro ya en Riposto. Que la máquina de billetes de la estación de Scaletta Zanclea no funcionase era algo con lo que contaba, pero no me esperaba que la máquina para convalidar el billete no tuviese tinta, así que mi billete estaba sin marcar. No le expliqué a la revisora que Trenitalia debería facilitar el pago a sus clientes, no dificultarlo para luego poner más multas. En vez de eso me hice un poco el loco. Como decía, ya he llegado a Riposto. Lo primero que descubro es que en verano la primera mitad del trayecto se hace en autobús. Por un lado es un poco decepcionante, pero bien pensado, demuestra la poca vocación turística del trayecto. Me gusta. Así que ahora estoy a las 3 del mediodía bajo un sol de justicia en un pueblo donde hasta las lagartijas están echando la siesta, esperando a un autobús. Calor, las calles vacías, y mucho silencio. La información también brilla por su ausencia. La estación de tren parecía abandonada, y un papel pegado con cinta adhesiva indicaba la calle en la que pararía el autobús. Preguntando se llega a Roma, al cuarto de baño, y a la parada del Circumetnea, así que ahora estoy a la sombra de un poste que sostiene una chapa de metal oxidada e ilegible que esperemos indique que por aquí parará algún autobús. Al final hemos tenido suerte. Ya estoy montado en el autobús. Un FIAT de los años 50 que no tiene más carisma porque no le cabe. La carretera es un camino de cabras asfaltado. Parece que esté montado en una atracción de la feria. No solo por las curvas, sino porque a cada giro el conductor toca la bocina. O sea, que a veces no toca la bocina. La subida transcurre entre bancales imposibles de olivos y frutales. Acabo de llegar a Randazzo, pueblo medieval muy bonito del interior de Sicilia. La chica de la oficina de turismo (a mi también me sorprendió que hubiera) tenía espíritu de funcionaria. A pesar de su ineptitud conseguí la dirección de un lugar para dormir. El sitio costaba un poco más de lo que quería pagar, pero desde luego lo valía. Desayuno a la carta servido en terraza vistas al Etna, baño para mi solo… El propietario, Matteo, parecía tener acuerdo con todos los restauradores del lugar, porque diciendo que ibas de su parte te hacía descuento en todas partes. Di un buen paseo por entre sus calles medievales y visité el museo arqueológico donde, gracias a ser el único visitante, tuve una guía para mi solo. Me enseñaron unos aperos de labranza oxidados, unos tiestos griegos y una marionetas sicilianas (puppi) que, sabe Dios por qué historia de dominación, servían para representar la Canción de Roland. Después de un maravilloso baño me encuentro sentado en una trattoria, esperando a ser servido. Se encuentra en una plaza escondida y muy bonita. La temperatura es perfecta, ya que la altura refresca el aire por la noche. Mientras espero escribo todo esto en una libreta. Con un poco de suerte me tomarán por un crítico gastronómico o un agente de una guía de viajes. Comer, comer, comer… Acabo de comer como una boa. Estoy a punto de explotar. A la llegada de los postres se ve que la libreta ha hecho su efecto, ya que me han ofrecido un plato enorme con muestras de todos los postres posibles. Vale, puede ser que lo hagan con todo el mundo, pero a mi me hace ilusión pensar que me han tomado por un crítico culinario. Pasa la noche. Resulta irónico viajar en pos de la tranquilidad del campo y que un maldito perro con un dueño aún más maldito esté ladrando toda la noche. De mañana, tras un desayuno admirando las coladas de lava de la cima del Etna, tomo por fin el tren. Efectivamente, es un viaje atrás en el tiempo. Un tren pequeño, de vía estrecha, que funciona a diesel. El tren suena como un autobús y se mueve como un burro. Hablando de burros, acabamos de cruzarnos con un lugareño montado en uno. Un viaje muy atrás en el tiempo. Acabo de aterrizar en Bronte. Al principio me ha parecido el lugar más feo de la tierra pero ahora que he encontrado el centro empieza a gustarme. Hay bastante tierra llana por la zona, solo que la mayoría se encuentra en posición vertical. Las casas están destartaladas y el lugar está habitado por auténticos garrulos de coches tuneados y tatuajes. Me encanta. Uno de estos garrulos me ha saludado. Al parecer me vió ayer cenando en Randazzo y me ha reconocido. Me ha invitado a un campari y el dueño del bar me ha regalado un par de rodajas de cantalupo. La hospitalidad de los sicilianos debe ser legendaria. El garrulo y su novia parece que se han tomado como un asunto personal que esté a gusto. Me han llevado por todo el pueblo, me han invitado a especialidades locales y por último hemos comido en un restaurante de unos amigos suyos. Creo que todo lo que he comido llevaba pistachos, que al parecer son la especialidad de la localidad. Al principio tanta amabilidad me ha hecho sospechar, pero cuando he visto que el tío llevaba unos 200 euros encima he sabido que lo que querían no era robarme el dinero, sino mis órganos. En el caso del tío seguro que le había venido bien mi hígado. En cuestión de 4 horas se ha bebido lo que yo podría haber bebido en una boda. Lo más increíble de todo es que no me han dejado pagar nada, ni el aperitivo, ni la comida, ni el helado (de pistacho, con trozos de pistacho) de después. Por último, el viaje de vuelta a la estación también ha tenido su qué. Nos ha subido un colega suyo en lo que parecía un Fiat Uno. Cuando hemos empezado a subir a ritmo de rally he empezado a sospechar que el coche llevaba algunos arreglillos. Según me dijo el dueño en coche venía así de fábrica, pero que le había hecho unos apaños, que supongo que consistían en un motor de avión y un reactor nuclear CANDU. Ya con el pelo blanco continúo mi viaje en dirección a Catania, última parada. Me despido de la impresionando vista del Etna, que en este momento expulsa fumarolas. Recién llegado a Catania busco algo de información. Ni la estación central ni la plaza del Duomo tienen nada que se parezca a una oficina de información. A base de vagar llego a un hostal juvenil donde me informan de que, no solo son las 20:00, sino que no hay sitio para dormir en toda la ciudad. Apiadándose de mí, me dejó conectarme a Internet, donde comprobé que en 20 minutos salía un autobús que me llevaría de vuelta a donde me esperaban un colchón y un techo. Por supuesto la estación de autobús estaba a media hora andando. Recuerdo los tiempos del instituto donde nos hacían correr 13 minutos. Se llamaba Test de Cooper, que debía ser un cazador de brujas del s. XVII. Chorreando sudor logré montarme en autobús, bloqueando la puerta que se cerraba con el pié. Un breve viaje de una hora me dejó a 10 km de casa. Estos últimos kilómetros hubo que hacerlos a pié por el arcén de la carretera. Esta parte del viaje también tuvo su aventura, pero fue sobre todo fatigosa. Llegué a casa, comí lo que me permitió el cansancio y me eché a dormir como una piedra. Cuando pienso que fueron apenas dos días de viaje me sorprendo. Para mí fue una semana, más o menos. VolarEstoy sentado en la plaza. La humanidad me rodea. Gritos de vendedores en los puestos a mi espalda, niños jugando a la pelota delante de mi. Yo tambien fui niño una vez, sin problemas, sin responsabilidades. Para cuando supe apreciar lo que eso significa ya lo había perdido. Dos niños de unos 7 años se lanzan una pelota el uno al otro. Junto a ellos, uno mas pequeño les pide jugar. Ellos se burlan de el, pasan la pelota por encima de el o en trayectoria cercana al mismo, pero nunca llega atocarla. El pequeño se echa a llorar, uno de los mayores, presumiblemente su hermano por su parecido físico, se cansa del juego y le ofrece el balón. El pequeño sonrie de nuevo. Giro mi vista a la derecha. Una pareja comparte unos cafés cogidos de la mano en la terraza cercana. Tienen la mano cogida, no dicen nada, solo sonrien con cara de bobos. Por delante de mi cruza un anciano, con una joven sobre la que se apoya al caminar. Debe ser su nieta, a juzgar por el ansia con la que habla el anciano, no debe verla a menudo. Llevo treinta minutos aqui sentado, rodeado de gente y me ha empapado el buen humor. Esta gente parece feliz en su escena cotidiana. Parecen felices. Por eso mi ultimo pensamiento es que quizás debí elegir otro lugar para Volar. Por eso me cuesta mucho apretar el detonador de mi chaleco. Hechos dramatizadosLa gente conoce a gente, yo también, contactos producto de la socialización y el small talk, Mira, te presento a Fulanito, Encantado, yo soy Menganito, y como decían los romanos, Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que lo sabe. Por eso, por gente que conozco que a su vez conoce a otra gente, y por otras razones más complicadas de exponer, fui a ver un conjunto de piezas de danza contemporánea en el Tacheless, la casa okupa más turística de Europa. Entonces empezó todo. Y así comienza: Llego el primero y me pongo a hacer cola. No llevo un duro. No me darán las tres entradas. Llega mi contacto justo a tiempo, con dinero, y acompañado de una bailarina que además es modelo de piernas. Me atraganto del susto. Me da la tos. Después de todo eso, oigo que dicen, Mira, te presento a Fulanita. Encantado, yo soy Menganito, digo. Me hago el sueco, recojo las entradas pagando con el dinero de otro y Fulanita ronda en mi cabeza. Fulanita. Fulanita. Fulanita. Me habla en castellano. Dice que le encanta España y olé. Melena rubia al viento, cabello lacio, piernas modélicas. Fulanita. Fulanita. Fulanita. Me hago el interesante y acabo haciendo el tonto. A veces me mira, me habla, me toca. Cuando habla en inglés con mi contacto no entiendo ni jota de lo que dice. Empieza la danza. Acaba la danza. Varias constataciones. Todas las bailarinas son tremendamente atractivas. Algunas son hasta modelos de piernas. La pieza del tío del mono blanco con una flor en la boca no ha gustado a nadie. Mi contacto me presenta a más gente, todos de la farándula, y me llevan a un bar lleno de fotos de Sharon Stone. Fulanita. Fulanita. Fulanita. Melena rubia al viento, conillet de vellut, melocoton en almíbar, escote, piernas modélicas, Alfredo Landa. Dos bailarinas más, de mi tierra, de la vuestra, atractivas, solas en esta ciudad, pobrecitas. Me hacen un par de ofertas, correo comercial en realidad, pero yo Fulanita, Fulanita, Fulanita. Melena rubia al viento, ojos azules, labios, dos, fresones. Y me canso y todo se vuelve lento y todo el mundo quiere irse a casa. Nos vamos a casa. Yo a la mía y Dios a la de los demás. Abro la puerta de mi casa, al ritmo de Fulanita, Fulanita, Fulanita, y me digo, Qué cojones. Llamo a mi contacto, Piticlínpiticlín, Hola, Está Fulanita, Sí, un momento que se pone. Cuando la tengo pegada a mi oreja le digo, con un cigarrillo en la boca, Mira muñeca, qué haces mañana, y ella contesta, Si todos los hombres fueran tan hombres, rediós, que me pones bruta, Ya lo sé, conillet meu, pero no es fácil ser un tío duro con los huevos grandes como yo, Me lo imagino, chuloplayas, llámame mañana y dejaré de imaginar. Al día siguiente no la llamo. Mi contacto esta vez me ha fallado, tengo el teléfono del que sabe pero el cabrón no contesta, y llorando por las esquinas acabo viendo un concierto de música clásica. Esa misma noche duermo en posición fetal, chupándome el dedo, soñando con brujas malas que me quieren hacer daño. Despierto entre sudores: Fulanita, Fulanita, Fulanita. Cojones ya con la tipa. El lunes llamo a la artillería y les digo que disparen, Adónde, me preguntan, Adónde sea, respondo. Por casualidad dan en la diana, en el fondo fue una buena idea, y me hago el cool invitando a no sé cuantas personas a comer Bacalao con Tomate en mi casa. Llega el día y, ya ves, yo en la cocina, cocinando, mientras Fulanita departe con lo mejor de cada casa. Cuando nadie dice nada se oye el eco de los pensamientos de los machos alfa allí presentes, Fulanita, Fulanita, Fulanita. Pues qué poco original que soy, pienso. Y qué bueno está el bacalao, me dicen. Nos bebemos siete botellas de vino. La cena se pasa de frenada en una curva, descarrila, y acaba en una juerga de tres pares de cojones. A las doce descubro que en el piso de debajo vive una chica de unos treinta años muy simpática. Me pide, muy educadamente, que dejemos de saltar, cantar, hacer zapateados, tirarnos por el suelo y que bajemos la música también.La panda de zumbados que tengo en casa se pasan los ruegos por el forro, yo el primero, Fulanita también, y seguimos a lo nuestro, que la noche, de miércoles, es joven. En la cocina alguien se arranca por bulerías y nos marcamos unos pasos de danza contemporánea. A las tres descubro que la vecina de debajo está casada y que su marido acaba de entrar en mi cocina. Por dónde coño habrá entrado en casa. Pensaba que eras un buen vecino, me espeta, y yo le digo, No conoce usté acaso el Carpe Diem, el libre albedrío, Mira chavalote, yo mañana he de trabajar, no como otros, y no miro a nadie. Y nos mira a todos aunque todos, menos Fulanita, tenemos que trabajar al día siguiente. Pues si ha de trabajar no debería andar por estas fiestas, que las carga el diablo, además, su mujer estuvo aquí hace un rato, Sí, ya lo sé, Pues venía pidiendo que la dejáramos estar en la fiesta, que con sus ronquidos no podía dormir, así que aquí, quién más quién menos, va haciendo más ruido del que debiera y ahora, hale, váyase a casa, déjenos con nuestras cosas, que nosotros somos gente seria, por lo general, de países diferentes además, un respeto, y no podemos ir perdiendo el tiempo con charlas que no nos llevarán a ningún otro sitio que no sea la cárcel. El vecino se va y nosotros nos ponemos a lavar los platos en silencio. Algo se muere en el alma, cuando un vecino se va. Oye, que nos vamos yendo. Frente a la puerta de mi apartamento, voy pasando revista a los despojos que van desfilando a sus casas. La última es Fulanita y cuando pasa delante mío Jack Nicholson se apodera de mí. Y es Jack y no yo el que le dice, Mira, preciosa, si sales por esta puerta no sabrás lo bueno que está el café que hace mi cafetera para desayunar. Y Fulanita, Fulanita, Fulanita. |
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