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El sintoísmo

Últimas entradas - Dom, 11/05/2008 - 19:35

Hace un mes, cuando andaba recuperándome de mis revelaciones personales, un lector me escribía sus propias reflexiones:



"El mundo es una mierda, lo es. Es una mierda y punto. Yo reciclo, uso bombillas de bajo consumo y cierro el grifo mientras me cepillo los dientes. Nada de eso salvará el mundo."




En su momento me pareció brillante. No porque fuera algo que no se me hubiera ocurrido ya a mí, sino porque lo escribió con ese toque ácido del Club de la Lucha que me llegó al corazón. Sólo le faltó decir que quería poner una bala en la cabeza de cada panda que no follara para salvar la especie.

Me pareció brillante, y me pregunté qué coño nos pasa a algunos en nuestra generación que parece que tenemos una obsesión por salvar el puto mundo, una obsesión que nos impide dormir por las noches, que no nos deja sonreír plácidamente. Qué urgencia más extraña la nuestra. Como si el mundo hubiera hecho algo por nosotros.

A veces envidio a toda esa gente que, teniendo acceso a la misma información que yo sobre el estado del mundo, consigue vivir cándidamente en un estado de ensueño. Me pregunto cómo hace uno para mirar hacia otro lado todo el tiempo e ignorar el olor.

Los cargueros limpian sus depósitos en alta mar. Los coches siguen funcionando con petróleo usando una tecnología que tiene más de cien años, llenando la atmósfera de humo y consiguiendo que nos ahoguemos lentamente en nuestra propia mierda. Cada día quedan menos árboles en el planeta. Cada año se fabrica y se pone en las tiendas más y más basura inútil que nadie necesita pero que compra para justificar sus 40 horas semanales de explotación laboral. Poca gente cree que el trabajo que realiza tenga un impacto positivo en el mundo, sino todo lo contrario. Muchos siguen sin reciclar la basura, y los que la reciclamos rezamos para que no la vuelvan a juntar después y a enterrarla en el monte, lugar del que indefectiblemente un día volverá. Yo tiro las pilas de botón a los contenedores dispuestos al efecto, pero cada vez que lo hago pienso en todas aquellas personas que las echan a la basura común. Supongo que a ellos nunca les explicaron cómo funcionan los vertederos ni cómo se forman los lixiviados. Quizá mi problema es que sé demasiado. En cualquier caso no hace falta pensar mucho para saber que la mierda que se mete bajo la alfombra vuelve a salir después. Imagino que en el fondo les importa un carajo, que son conscientes de que la vida es corta y que no serán ellos los que sufran las consecuencias. O si las sufren, no será hoy. A ver qué ponen en la tele. Industrias farmacéuticas perpetuando los mismos problemas que dicen resolver, vendiendo a precio de oro el elixir de la falsa felicidad, y gilipollas como yo haciéndoles la rosca. Se siguen promoviendo guerras, se siguen fabricando armas, se siguen silenciando opiniones.

El país está hecho unos zorros. Creo que me largué por no verlo. No podía más. Políticos mangando. Políticos azuzando el fuego del nacionalismo tratando de sacar un rédito electoral, revolviendo el mar para ser luego ellos mismos los únicos que obtienen ganancia. Políticos trincando comisiones, permitiendo que se alicate hasta el último metro cuadrado de una costa de un país privilegiado. Políticos creando problemas para perpetuarse en el sillón, como si la existencia en sociedad generara ya de por sí pocos quebraderos de cabeza. Y los demás mirando hacia otro lado, comprando viviendas para especular y metiendo un BMW en la hipoteca a interés variable, no sólo consintiendo la corrupción política sino echando carbón a su caldera, admirando a aquellos que mangan lo que ellos no tienen la oportunidad de robar. Y ahora, después de diez años de alimentar el espejismo en el que todos atábamos los perros con longanizas y los llevábamos a pasear en coches caros y a comer langosta, viene la parte en la que el castillo de naipes se viene abajo, la parte en la que toca tragar heces, la parte en la que la mierda sale de debajo de la alfombra y hay que bregar con ella.

Yo estoy en Alemania, con el riñón cubierto y sin deudas, y no por ello me siento especialmente bien. Me pregunto cómo hace la gente para mirar hacia otro lado y, no ya ser feliz sino parecerlo. Cuando miro hacia España siento vergüenza, y si intento mirar hacia otro lado sigo oliendo el tufo que destila. Y, sinceramente, se me hace un nudo en el estómago y me entran arcadas. Lo único que puedo hacer es mirar a mi alrededor y aguantar las ganas de echar la pota, y esperar que la gente aprenda la puta lección, que aprenda que ellos no son sus trabajos, que no son sus cuentas corrientes, que no son los coches que tienen, que no son el contenido de sus carteras ni los putos pantalones que llevan puestos. Son la mierda cantante y danzante del mundo. Quizá, después de la debacle, haya quien vuelva a ver El Club de la Lucha y realmente lo comprenda esta vez, entienda que no es un hermoso y único copo de nieve, sino que es la misma materia orgánica en descomposición que todo lo demás. Todos somos parte del mismo montón de mierda.

La mayoría de personas de mi generación nacieron en una sociedad libre y organizada. Siempre han tenido más de lo que han necesitado. No han conocido el hambre. Han tenido una educación decente. Lo hemos tenido todo hecho desde el principio, y en vez de aprovechar ese impulso para llegar más lejos, hemos dado un paso atrás.

Nos han hecho creer que la felicidad se esconde en el siguiente modelo de iPod, en un coche caro, en unas zapatillas, en unas tetas de silicona, en la final de un campeonato de fútbol. Algunos de nosotros hace tiempo que nos dimos cuenta de que la felicidad que esas cosas nos proporcionaban no duraba ni una semana, y nos empezamos a preguntar qué era lo que daba la felicidad realmente. Nadie tenía una respuesta satisfactoria para nosotros.

Como decía Tyler:

Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos, no hemos sufrido una gran guerra ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados

¿Qué podemos hacer? De entrada no mucho. El mismo lector del principio de la columna me contaba su camino personal hacia el final de su email:

Hace tiempo leí un libro de ciencia ficción de Neal Stephenson, "La Era del Diamante". En uno de los pasajes hacía referencia al sintoísmo: el conocimiento debe ir de dentro a fuera. Primero debemos conocernos, entendernos, aceptarnos y después proyectarnos hacia fuera; conocer, entender y aceptar a los demás y al mundo para que así el mundo pueda conocernos, entendernos y aceptarnos. Esa es la vía que sigo desde entonces: conocerme a mí mismo, conocer al resto y hacer que me conozcan.

Creo que eso ayudará al mundo, en algún plano. Lo único que le falta a este puto mundo es pararse a escuchar.

Yo también creo que esto ayudará al mundo en algún plano. Pienso que el mundo se parará a escuchar cuando tengamos algo interesante que decir.

De momento, a los que ya sabemos que no somos un hermoso y único copo de nieve, nos queda la responsabilidad de empezar a considerar nuestro papel en el mundo. Eso y seguir reciclando, usando bombillas de bajo consumo y cerrando el grifo mientras nos cepillamos los dientes.

Lo estamos haciendo muy bien.

¿Quién se ha llevado mi bola de mierda?

Últimas entradas - Mié, 07/05/2008 - 18:08

Mi esfuerzo por poner mis reflexiones en claro no está exenta de recompensa. Ésta la encuentro, entre otras, en forma del feedback que me llega desde los lectores a través del formulario de contacto. De alguna manera, mi transformación está atrayendo a mucha gente en mi situación que se toma en ocasiones mucho tiempo y me escribe sus propias reflexiones sobre el asunto. Se trata de personas inteligentes que a menudo conciben pequeñas joyas que me hacen pensar a mí mismo. Por algún motivo, creo que es mi responsabilidad condensar esas gotas de sabiduría y compartirlas con todos los visitantes. Esta vez es sobre la importancia de tener un objetivo en la vida.

Así, me escribía un lector el otro día:


Mi gran revelación respecto a un posible "Sentido de la Vida" llegó medio adormilado viendo un documental de la 2. No se si te lo conté: se trataba del "escarabajo pelotero". Básicamente, su función en la vida es hacer una gran bola de mierda de elefante para atraer a las hembras y poder tener descendencia. Cuanto más grande y olorosa sea, mejor le va en la vida. Hay escarabajos que no trabajan y les roban la bola a otros en una lucha encarnizada. Al final, si son los mejores, los que tienen éxito, entierran la bola a una determinada profundidad, fertilizan a una hembra que deja los huevos dentro de la pelota para largarse después y se dejan morir bajo tierra junto a la bola de mierda.

El único consejo que me atrevo a darte: decide cuál es tu bola de mierda y disfrútala. No te preocupes por lo demás, porque no importa. Sé consciente de que no deja de ser una bola de mierda, y apestosa, de acuerdo, pero será la tuya.


Esta pequeña metáfora de siesta frente al televisor me hizo reflexionar sobre la importancia de fijarse una meta en la vida. Un destino, una dirección, un rumbo; como se le quiera llamar. En el futuro escribiré más sobre el asunto. Mientras tanto, me quedo con el escarabajo empujando su bola de mierda. Es una metáfora guarra, que llama a las cosas por su nombre.

Y lo mejor es que nadie escribirá un libro que nos diga que si nos quitan la bola de mierda no nos debemos quejar sino que tenemos que buscar otra pelota en otro lugar. No puedo imaginar un best-seller en las estanterías de El Corte Inglés con el título:

"¿Quién se ha llevado mi bola de mierda?"

Renacido

Últimas entradas - Lun, 05/05/2008 - 07:34

En los últimos meses, la serie de experiencias que he ido viviendo y las reflexiones que he venido haciendo me han convertido en una persona, en gran medida, nueva. Mi manera de afrontar las cosas y de ver la vida ha sufrido un cambio radical, y ahora me siento mucho más cómodo con las cosas que hago, pienso y digo. Creo que todavía tardaré unos meses más en asimilar este cambio al que quizá he llegado demasiado rápido, pero de momento me encanta cómo me siento.

Muchas veces antes he cogido una máquina y me he cortado el pelo como un recluta. En aquellas ocasiones lo hice para arreglar desaguisados causados por mi afición a la peluquería, y en ningún caso me gustó antes el pelo tan corto. Es muy cómodo, se lava en un momento y se seca rápido, pero cuando me miraba en un espejo no me sentía favorecido.

Hace una semana volví a desempolvar la máquina. No me había hecho trasquilones y no acudía a ella para intentar salvar los muebles. Esta vez quería afeitarme la cocorota y no me importaba nada más. No me tembló el pulso.





Y me encanta el resultado. Me siento cojonudo.

Me siento cojonudo en todas partes, incluso en el trabajo. La oficina me aburre y sigo pensando que debería estar en cualquier otro lugar, pero incluso allí me puedo sentir bien. No me importan los colegas y jefes gilipollas, no me importan los gritos. De alguna manera he trascendido a todo eso; he conseguido darme cuenta de que me necesitan más a mí que yo a ellos, y sólo ese pequeño cambio de perspectiva crea un mundo nuevo y mejor en el que no hay miedo ni estrés.

Y así estás tan tranquilo, pensando en tus proyectos de futuro, cuando tu colega indio te llama la atención y te hace de improviso una foto con el móvil.





Un lector me escribió hace un mes:

"No puedo creer que haya encontrado a alguien que tiene esa sensación, la misma que me llevó hace unos dias a escribir en un papel "Reborn" con marcador naranja y a colgarlo en la pared.

Así me siento, como si me hubiera caído del útero materno con 32 años. Renacido.

La reflexión de la semana

Últimas entradas - Mié, 30/04/2008 - 20:14



"Si veo el vaso medio vacío, quizá no sea porque soy pesimista. Quizá es simplemente que tengo mucha sed."




—Del tema "El puto vaso de agua"


Conócete a ti mismo

Últimas entradas - Dom, 27/04/2008 - 23:20

Una de las columnas más polémicas de la última serie, que las ha habido raras, fue la de Lo siento, pero alguien te lo tenía que decir. Mi intención con ese escrito era intentar describir al lector de ESDLV. El texto levantó ampollas.

En los comentarios, algunos reconocieron que había acertado. Otros no lo hicieron a la vista de todos, pero me escribieron por la puerta de atrás para confesarme que había dado de pleno. Los hubo quienes me dijeron que se habían asustado ante tanta clarividencia. Mientras tanto, en los comentarios, los había que se apresuraban a declarar que su vida distaba mucho de lo que yo describía. Algunos, incluso, necesitaban expresar su negación varias veces.

De lo que muy poca gente se apercibió es de que, en realidad, en aquella columna me describía a mí mismo. Esa es la magia de la comunicación escrita; cuando un único texto habla a miles de lectores diferentes de manera personal e intransferible y resulta que ni siquiera era para ellos.

Unas semanas antes había expuesto los resultados del Test de integridad y comentaba que me había sorprendido la precisión con la que la gente me había descrito. Algunos de los emails que me fueron enviados llegaron a asustarme, y en ocasiones me pregunté cómo era posible que gente que nunca había siquiera hablado conmigo fuera capaz de describirme de una manera tan certera y detallada. Al final concluí que, si tantos lectores eran capaces de describirme tan precisamente, de algún modo yo tenía que ser capaz de hacer lo mismo. Lo único que todos ellos tenían en común era yo, así que empecé por ahí y por algún motivo, de paso, decidí además meter el dedo en la llaga.

Aquella columna terminaba de la siguiente manera:

"Y mientras piensas en todo esto la vida te pasa por encima. No tienes ilusiones, no tienes ganas de nada, sólo das tumbos como el canto rodado que baja rebotando por el lecho del río esperando un día llegar al mar y que dejen de darle por culo. Hasta entonces tendrás que vivir con esa sensación en el fondo de tu alma de que hay algo más, de que mereces más, de que quieres más, de que esta vida tiene truco y que nadie sabe cómo funciona. O lo que es peor: que hay alguien que lo sabe y no lo va a contar."

En fin, ese era yo. Estaba realmente jodido. Después supe que había muchos lectores en mi situación, pero nunca he sido de los que se sienten mejor cuando hay más gente en la misma mierda. Todo lo contrario.

Esa columna forma parte de una serie de reflexiones sobre mi vida y milagros que vengo realizando desde principios de año. Diría que nunca había pensado tanto en mí, pero no sería cierto. Más correcto es decir que nunca había pensado tanto en mí de una manera tan constructiva.

Me quedan todavía muchas reflexiones por hacer, pero necesito tiempo y tranquilidad. Estoy confuso; siento que tengo que reconsiderar cosas que hasta hace nada eran pilares fundamentales de mi vida. Sé que tendré que destruir para volver a construir. Es difícil describir cómo me siento, pero podría decir que ahora mismo soy un cruce de adolescente con calentones y madurito en plena crisis de los cuarenta adelantada. Una mezcla de sorpresa y confusión a partes iguales.

Fui al colegio. Se esperaba que sacara buenas notas y así lo hice. Después elegí la ingeniería que menos me desagradaba. Si soy honesto conmigo mismo, debo admitir que escogí esa carrera para poder seguir viendo cada día a mis amigos de toda la vida. Después de casi diez años de penuria universitaria tuve la oportunidad de saborear el panorama laboral en España, que no era sino la versión "real" de la mierda de la que venía. Nueve meses me bastaron para convencerme de que me tenía que ir lejos. Buscaba un buen trabajo de ingeniero y un sueldo holgado. Pensaba que estas dos cosas me darían la vida que se suponía que debía vivir. Quería el respeto del mundo, quería el reconocimiento de la sociedad ante el esfuerzo que hice por convertirme en lo que se suponía que debía ser. Quería, en definitiva, y como siempre, que todo el mundo estuviera contento.

En algún punto del camino, me temo que casi al principio, se me olvidó que el que tenía que estar contento era yo.

Hoy, años después, tengo un trabajo que sólo hace feliz a mi jefe, y un montón de dinero que apenas tengo tiempo de gastar. Mi contribución al mundo es casi nula. Mi contribución a mi propia existencia es todavía inferior. Se puede decir que me lo he montado de puta madre.

En esta catarsis personal me he dado cuenta de que nunca he sabido lo que era la iniciativa propia. Lo que yo consideraba iniciativa consistía simplemente en elegir la mejor de las opciones que la vida me presentaba. En ocasiones sencillamente la menos mala. En ese sentido puedo considerar que siempre he tenido mucha suerte en la vida, ya que las opciones que se me han ido poniendo sobre la mesa han sido generalmente mejores que las que mucha gente de mi entorno ha sabido crearse. Esa suerte, cuando vuelvo la vista atrás, me resulta sorprendente buena. Pero eso será madera para otro fuego.

Habrá quien diga que estudiar ingeniería industrial, aprender alemán y marcharse a otro país a buscarse la vida es algo admirable, una odisea al alcance de pocos. Habiendo recorrido ya ese camino, me permito disentir. Nunca he tenido la sensación de estar haciendo un esfuerzo especialmente grande. Eso es precisamente lo que más rabia me da, el sentimiento de ser capaz de mucho más y haber pasado por la vida siempre a medio gas.

Esa falta de convicción con la que he pasado por todo se une al descubrimiento de que he basado mis ambiciones en base a una serie de creencias limitantes que ahora mismo estoy terminando de derribar, con lo que me doy cuenta de que no he venido viviendo de acuerdo a mis verdaderas posibilidades. Es como si hubiera hecho un modelo de la realidad hace quince años y no lo hubiera revisado desde entonces. Ahora, al levantar de nuevo la vista y mirar a mi alrededor, me doy cuenta de que la realidad ha cambiado mucho y sin embargo yo he seguido corriendo en línea recta todo ese tiempo. El resultado es que, a día de hoy, no tengo ni puta idea de dónde estoy.

Me levanto como un zombie por la mañana. Da igual cómo lo haga, nunca tengo la sensación de haber dormido lo suficiente. Desayuno y me largo a un trabajo al que soy incapaz de encontrarle el sentido. Los coches me producen como poco indiferencia, y llevo más de tres años trabajando en el corazón de la industria automovilística. La jornada se me hace eterna. Llego a casa, pongo una lavadora y disfruto de un rato en el que existo como yo mismo. Se me hace lamentablemente corto. A un lado queda todo lo que de verdad me importa, cosas que dibujar, textos que escribir, música que hacer, habilidades que desarrollar, música que escuchar, películas que ver, libros que leer... Tengo unas ganas enormes de crecer pero no tengo tiempo. Mis listas son de cosas que me gustaría hacer y que nunca haré. Me encerraría en casa un mes con cien libros, pero no tengo ni el tiempo ni los huevos. Paso los días pensando qué haría con mi vida si pudiera disponer de ella.

Siempre que oía a alguien decir "Conócete a ti mismo" creía que yo era de los que se conocían. Ahora me doy cuenta de que, como siempre, no tenía ni puta idea. Menudo gilipollas.

¿Quién soy? ¿Adónde voy? Parecen preguntas realmente evidentes, pero cuando de verdad tienes interés en resolverlas entras en terrenos que no sabías ni que existían, desconocidos y aterradores. Espero que un psicoterapeuta, a modo de sherpa en tierras tan inhóspitas, sea capaz de echarme una mano a partir de Julio y me ayude a aclarar las ideas. Me niego a dar un paso más sin tener una dirección clara. No quiero volver a escribir esto de aquí quince años.

No me resulta fácil poner reflexiones tan profundas y viscerales a la vista de tanta gente, y menos en un lugar tan transitado como este. Si hago este enorme esfuerzo es con la esperanza de que estas notas puedan ayudar a alguien. Espero que estos pensamientos en negro sobre blanco, y la narración de lo que tiene que venir, sirvan de apoyo a todos aquellos que ahora mismo se encuentran en este lugar tan desconcertante, así como a las personas que todavía pasarán por aquí en un futuro. Porque, si hay algo de lo que a día de hoy esté seguro, es de que me importa la gente.

A todos aquellos que consideran que la frase "Hay que ser feliz pase lo que pase" es una soberana gilipollez, un abrazo muy fuerte. No estáis solos.

Mi cruzada personal (II/II)

Últimas entradas - Lun, 21/04/2008 - 11:31

Viene del Mi cruzada personal (I/II)




Así estuve durante años. Una nochebuena, cuando tenía 27 años, cenando con mis padres y mi hermana, debí de explotar. Entre lágrimas expliqué a mis padres cómo me sentía desde que me levantaba por las mañanas hasta que me iba a la cama a dar vueltas. Conté cómo veía el mundo en toda su miseria. Imagino que fui el único en la casa que aquella noche durmió bien.

Mis padres, alarmados y compasivos, sin saber exactamente qué podían hacer, pidieron hora en una reputada clínica mental de Madrid. La idea de acudir a un sanatorio, a un lugar en el que la gente en la sala de espera habla sola, me espeluznaba. Aunque empezaba a pensar que bien me podría faltar un tornillo, todavía era capaz de llevar conversaciones conmigo mismo en los lindes de mi propia cabeza. En cualquier caso, estaba resuelto a hacer lo que fuera posible por terminar con aquello por las buenas. Las malas, por irreversibles, las dejaba para más adelante.

Recuerdo la excursión con cariño. Mis padres, mi hermana, un día soleado, algunas personas realmente tronadas... Mientras bromeábamos sobre todo aquello esperando a que nos llamaran, una señora a nuestro lado hablaba sólo dios sabe con quién. Si ella estaba en lo cierto, los demás nos estábamos perdiendo un montón de cosas.

Al final me llamaron y me sentaron en una silla de barbero. Allí me colocaron una redecilla llena de electrodos sobre la cocorota. Desconozco el propósito exacto, pero me hicieron una especie de mapa del cerebro. Luego retorné a la sala de espera hasta que me volvieron a llamar.

En la siguiente habitación me hicieron el famoso test de las manchas. Aunque mi intención no era falsear la prueba, siempre que una mancha me sugería dos cosas diferentes optaba por la más optimista. Un zorro bebiendo de un río en el bosque, la famosa mariposa... y luego algunas borrones realmente macabros los cogieras por donde los cogieras: un murciélago, una araña... Me hubiera gustado encontrar algo más estimulante en aquellas manchas, pero lo cierto es que no pude.

Pasamos la mayor parte de aquel día en la sala de espera. Para cuando el reputado doctor me llamó a su despacho, el sol había tomado el aspecto dorado de las últimas horas de la tarde. O quizá no, qué sé yo.

El doctor me hizo una serie de preguntas en presencia de mis padres. Luego me despachó y se quedó a solas con ellos. Yo me encontré de nuevo con mi hermana en la sala de espera.

Cuando salieron mis padres me comunicaron la buena nueva: me iban a recetar un medicamento de nueva generación, el Seroxat, un inhibidor de serotonina, fuera lo que fuera que aquello significaba. El cambio iba a ser "radical", dijo mi padre citando palabras textuales del doctor. Pedimos un taxi y salimos de allí esperanzados, yo el que más.

El cambio nunca fue radical, al menos yo no lo recuerdo así. Digamos que las cosas siguieron más o menos como estaban. Yo había cambiado un medicamento por otro de nueva generación, y aunque tenía que haberme sentido como si me hubiera comprado una tele de plasma de alta definición, sentí como si me hubieran estafado con una solución más cara. Creo que es el eterno mal de la sociedad moderna reproduciéndose una y otra vez en todos los escenarios de la vida. Las noches seguían siendo largas y las mañanas muy jodidas. Aún así, me largué a Alemania. El médico amigo de mis padres por aquel entonces había dejado de fumar. Me preguntó si realmente pensaba que salir del país era una buena idea. Probablemente no lo era, pero no estaba dispuesto a que se me escapara la vida. Quizá un poco de aire fresco era lo que necesitaba después de todo.

Creo que el medicamento de nueva generación duró poco más de diez meses. Anteriormente, de manera cíclica una vez al año, animado por mi inconformismo y mis ganas de ponerme bien, yo ya había hecho intentos de dejar la medicación. Cesar un tratamiento con ansiolíticos no es tarea fácil, y los foros de internet están llenos de historias contando fracasos. Lo intenté de la manera más progresiva que conseguí encontrar. Lo intenté dejar de golpe. Lo intenté por todos los medios posibles, y por todos los medios fracasé. Las primeras semanas mantenía el ánimo, pero al poco, de manera irremediable, los síntomas originales volvían a salir a la superficie como cagallón en alta mar. Yo me sumergía en periodos especialmente depresivos, me terminaba resignando a mi suerte, y todo volvía a comenzar. Debe de ser lo que en El Rey León llaman el Círculo de la Vida.

Después de aproximadamente un año en Alemania, mis provisiones de Seroxat se terminaron. En realidad las dejé agotarse deliberadamente. Faltaba un mes para volver a casa en navidades y decidí hacer un intento de dejar la nueva medicación. Fue una gran cagada, pero a la vez fue una gran revelación. Supongo que las grandes cagadas van siempre acompañadas de grandes revelaciones para aquellos que las quieren ver.

Poco sabía yo que la nueva medicación, al ser suspendida, no sólo devolvía los síntomas iniciales sino que ofrecía una amplia gama de efectos secundarios de lo más colorida. Cuando salía a correr, e incluso cuando caminaba por la calle, al dar un paso, a menudo sentía un latigazo eléctrico que comenzaba en el talón y se extendía hasta la base del cráneo. Era una sensación realmente desagradable. A veces me pillaba de imprevisto y me asustaba. Después vinieron los sudores fríos, las náuseas, los escalofríos. Recuerdo un par de tardes metido en la cama, tapado con el edredón, sudando y temblando sin tener ni idea de por qué. Imagino que la privación de heroína y otro tipo de drogas tiene que ser un temazo, pero aquello no estuvo nada mal. En aquel momento decidí que me quedaba con la medicación de vieja generación, decidí que tenía que dejar de tomar todo tipo de drogas farmacéuticas y decidí que me iba a poner bien de una puta vez. No sabía cuándo ni cómo, pero decidí que lo iba a hacer. Como siempre, primero se decide adónde se va a ir y luego se busca el camino. Pasaron un par de años más hasta que supe que había llegado el momento.

Estas navidades dejé de tomar medicación. Al poco tiempo volvieron los síntomas de toda la vida, pero me importó un pimiento. Por algún sitio tenía que romper el círculo de la vida.

Y aquí estoy ahora. Por primera vez en mucho tiempo tengo la sensación de ser yo mismo. Si últimamente me he comportado de una manera extraña, ruego se me disculpe. Estoy un poco entumecido después de diez años drogado.

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