Al día siguiente, de madrugada, el sol se elevó sobre el horizonte. La mar estaba en calma. El aire era limpio. Recordé la tormenta de la noche anterior. Era probable que la llamada tuviera consecuencias. Me pregunté qué me depararía el día.
A media tarde descolgué el teléfono y marqué su número. Esperaba que se le hubiera pasado ya el ataque nuclear. Escuché el sonido de la llamada en la línea. Descolgó.
—¡Fulanita! —gritó alborozada.
—¡Hola! —contesté yo con tono aflautado—. Me ha cambiado un poco la voz.
No es la música lo que amansa a las fieras; es el humor. En cualquier caso, le cambió la cara para mal, y eso lo supe incluso sin vérsela.
—Ah, eres tú —dijo.
La llaga, el tumor, el azote, el ser del inframundo.
—Sí, soy yo.
—Te tengo que decir un par de cosas... —empezó.
Estaba claro que aún quedaban rescoldos en la caldera. Me puse el gorro impermeable.
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